Los Danieles: Le quedó grande

El poder lo ha cambiado, presidente. De ser un hombre moderado y amigo de las soluciones pacíficas ha mutado en guerrerista. Así como le gusta la guerra a los halcones colombianos: con la plata del Estado y los hijos de los pobres.

Por Daniel Coronell

Vivimos, señor presidente, en una dolorosa paradoja. Su administración se podría definir como “La tiranía del desgobierno”. Cada vez más dura y cruel con los que no tienen nada, y cada vez más débil y obtusa para buscar soluciones hasta para los problemas más sencillos. Nunca, en la larga historia de gobiernos mediocres de este país, habíamos visto a un mandatario tan superado por los hechos, tan desconectado de la realidad, tan empeñado en reclamar méritos ajenos, tan arrogante con los débiles y tan sumiso con los poderosos.

Y la verdad, señor presidente, es que no teníamos porque esperar mucho. Usted mismo sigue perplejo de haber llegado a un cargo que está muy lejos de merecer. En condiciones normales, usted debería estar feliz de haber llegado a ser viceministro a estas alturas de la vida.

Al solio de Bolívar, como pomposamente le dicen a la Presidencia de Colombia, no accedió usted por su carrera, ni por su inteligencia, que la tiene y muchos le reconocemos, ni por su temperamento aplicado, sino –única e innegablemente– por el poderoso dedo de quien hace unos años se convirtió en su jefe.

Era usted un burócrata medianito en el Banco Interamericano de Desarrollo en Washington. Uno más en medio de esas decenas de tipos vestidos igual que caminan por la plaza Lafayette, mirando a la Casa Blanca, con un vasito de cartón en la mano, que saludan con reverencia en los pasillos, que se toman un Blue Moon los viernes por la tarde, que no quitan ni ponen en las intrigas de la ciudad más poderosa del mundo. Su existencia gris de aquellos días, de pronto se vio interrumpida por una decisión del presidente del Banco.

Luis Alberto Moreno, ese otro jefe suyo que ha resultado tan útil en las sombras para buscar exagentes de la CIA que hagan lo que se necesite, lo sacó en 2010 de sus modestísimas funciones para encomendarle que fuera el ocasional asistente del expresidente de Colombia, Álvaro Uribe, recién salido del cargo. El astuto Morenito le hacía un favor a Uribe y, por ahí derecho, se enteraba de sus pasos.

Años antes de que lo pusieran en esa tarea secretarial había escrito usted sobre Álvaro Uribe. En 1998 el periódico Tolima 7 días publicó una columna suya titulada “Los pecados de Álvaro Uribe”. Allí además de definirlo como un oportunista, afirmó: “Uribe es identificado como un escudero de las Convivir, es decir, con una expresión clara de la extrema derecha colombiana”.

En Washington, tuvo bien guardaditas sus opiniones y se puso en la labor de redactar para Uribe un informe encargado por Naciones Unidas. También a ayudarle a hacer más llevadero su fugaz y amargo paso por la Universidad de Georgetown donde los estudiantes informados lo abucheaban cuando lo encontraban. Era usted también, señor presidente, quien le hacía las compras y trataba de enseñarle pacientemente la conjugación del verbo to get.

Esos días de cargamaleta fueron la cuota inicial de su carrera política. Siempre a la sombra de Uribe, llegó al Senado en 2014 y terminó ganando la carrera interna de su partido, el Centro Democrático, en 2018, por ser el más obediente de los precandidatos presidenciales.

Lo demás ya lo sabemos. Ha gobernado usted, con más pena que gloria, durante dos eternos años en los que sus mayores esfuerzos se han concentrado en el espejo retrovisor y en socavar el proceso de paz. No tanto porque piense que es lo mejor para el país sino porque sabe que esa postura halaga a su líder a quien usted -en aberrante extremo de adulación- ha llamado “presidente eterno”.

El poder lo ha cambiado, presidente. De ser un hombre moderado y amigo de las soluciones pacíficas ha mutado en guerrerista. Así como le gusta la guerra a los halcones colombianos: con la plata del Estado y los hijos de los pobres.

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