Los Danieles. Las dueñas del aplauso

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Rugió la hinchada colombiana ante el gol de la delantera Linda Caicedo contra Argentina, que le valió a la selección colombiana de fútbol su lugar en la final de la Copa América Femenina. Y ayer un honroso segundo lugar en el torneo ante Brasil. El país entero celebró. 

Aplaudió también Ramón Jesurún, el presidente y mandamás del fútbol colombiano. Al salir del camerino en Bucaramanga concedió una entrevista a su medio de comunicación consentido, WinSports, y explicó: “Me llenaron de agua, la verdad es que tengo una relación con ellas muy linda, las adoro, las tengo a todas como mis hijas, de pronto a algunas como mis nietas”. Semejante despliegue de cinismo, descaro e irrespeto. Cuál es la necesidad de ponerse en la posición de padre y abuelo, de infantilizarlas, especialmente porque si de paternidad se trata, Jesurún adeuda alimentos con creces a las mujeres del fútbol.

Estas y todas las futbolistas colombianas solo han recibido rechazo e indolencia de la dirigencia de esa poderosa industria. Señores que se han negado a darles una liga profesional digna y que han insistido sin pausa en denigrarlas, invisibilizarlas y discriminarlas. Trece de las 22 mujeres que nos representan se irán al exterior a continuar con sus carreras y las nueve que se quedan no tendrán un escenario profesional en el cual desplegar su talento. 

Como todo lo que tiene que ver con plata en el fútbol criollo es oscuro y turbio, no se conocen aún las diferencias abismales que en todo sentido existen entre las selecciones masculina y femenina. Aun así, el triunfo del pasado lunes sí destapó que, por ejemplo, mientras que a los jugadores les garantizan dos millones de pesos diarios en viáticos, las mujeres solo cuentan con 100.000. 

Y ese abandono decidido es el resultado de unas organizaciones caducas y corruptas, sumidas en la ignorancia. Tan solo hace cuatro años en una rueda de prensa el accionista mayoritario del Tolima, Gabriel Camargo, diagnosticó así el fútbol femenino en Colombia: “Eso anda mal. Eso no da nada ni económicamente ni nada de esas cosas. Aparte de los problemas que dan las mujeres. Son más tomatragos que los hombres. Pregúntele a los del Huila cómo están de arrepentidos de haber sacado el título y haberle invertido tanta plata al equipo. Y fuera de eso, les recuerdo, es un caldo de cultivo del lesbianismo tremendo”. Después de semejante despliegue de oscurantismo, Camargo pidió excusas, que en todo caso no evitaron el regaño de la Corte Constitucional tres años después.

Comentó el cuestionado campeón Michel Platiní al diario francés L’equipe: “Un equipo de fútbol representa una manera de ser, una cultura”. Y la lucha por la consolidación del fútbol femenino es una perfecta representación de una sociedad que hiede a machismo en cada esquina. Porque las jugadoras no solo han enfrentado con dignidad a la pandilla de la Federación Colombiana de Fútbol, sino en muchas ocasiones a sus propias familias y amistades, que le apostaron a que no alcanzarían éxito alguno; es que el fútbol no es para “niñas”. 

Han cerrado la boca de tanta crítica infundada de quienes no soportan que las mujeres ocupemos los lugares que creen reservados para los hombres. La misma hinchada es oportunista y desagradecida: tardó mucho tiempo en aplaudirlas de verdad, en acompañarlas a los estadios y lo empiezan a hacer ahora porque ellas lo han vuelto imprescindible. 

Esta pintura perfecta del sexismo se traza sobre un lienzo más amplio, pues a nivel mundial pasa algo parecido. En 2015, la emblemática jugadora gringa Abby Wambach denunció que la FIFA organizó el Mundial Femenino sobre canchas sintéticas. ¿Qué dirían los astros del fútbol masculino si los tuvieran disputándose la Copa del mundo sobre campos de plástico? Y así, las diferencias en salarios, entrenamiento, patrocinios y hasta garantías de derechos mínimos son estructurales entre hombres y mujeres en el balompié.   

Esa brecha tiene efectos devastadores para la igualdad de género a nivel social. Empezando porque es otra puerta que las mujeres encontramos cerrada con candado. Otro lugar inalcanzable. El fútbol es un poderoso factor de transformación social, y lo ha sido predominantemente para los hombres.  

La verdad es que el triunfo de la selección colombiana de fútbol —sin el femenino, porque ellas son las únicas que actualmente nos representan a nivel internacional— es solo atribuible a ellas mismas. Y a las que vinieron antes. No deben nada a nadie, ni a Jesurún, ni a la cuadrilla del fútbol colombiano, ni a la hinchada hipócrita e inconstante. Son ellas y nadie más quienes revientan a balonazos el techo de cristal. 

Y mientras las mujeres sacan la cara, los señores siguen haciendo lo de siempre. El mismo Iván Duque ya empleó a su mensajero de confianza, Andrés Barreto, superintendente de Industria y Comercio, para enterrar las investigaciones contra los corruptos del fútbol con la apariencia de unas garantías supuestamente confiables para silenciar lo que todos sabemos a voces y es que el fútbol en Colombia es un vehículo para que algunos se hinchen los bolsillos mientras todo el resto de la industria sufre injustificablemente. A pesar de la persistente presencia de los locos incansables como el Puche González, quien ha dedicado  su vida a detener los abusos de los que se creen dueños de la pasión futbolera. Mientras estos señores hacen de las suyas, las futbolistas han persistido.     

En febrero de este año, tras la derrota de Brasil frente a Francia en la final mundialista, la icónica Marta Viera Da Silva envió un mensaje a las niñas futbolistas: «No va a haber siempre una Marta, el fútbol femenino depende de vosotras para sobrevivir«. Un mensaje elocuente porque el fútbol femenino, al contrario de la poderosa industria que sostiene al de los hombres, se para solamente en los hombros de las mujeres que lo juegan, con terquedad y resiliencia. Y es cierto que eso está empezando a cambiar, pero solo ellas son las dueñas de ese aplauso. Los demás son apenas unos aparecidos oportunistas. 

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