Los Danieles. Las dueñas de la historia

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Por más de tres décadas en las pantallas del cine gringo, y por tanto en buena parte del mundo, reinaba un depredador sexual. Produjo las más célebres películas de Quentin Tarantino, también de Martin Scorsese, lanzó al estrellato a Matt Damon y Ben Affleck con Good Will Hunting, y en su reparto se cuentan astros como Angelina Jolie, Meryl Streep o Leonardo Di Caprio. Uno de los productores más nominados al Óscar en el mundo. Y al inicio de cada de una de esas piezas icónicas aparecía la leyenda Miramax, nombre de su empresa y resultado del matrimonio entre los nombres de sus padres: Miriam y Max. 

Era Harvey Weinstein el dueño de las historias, de las pantallas, de la industria del entretenimiento. Notable donante demócrata que apoyó a Hillary Clinton y a Barack Obama en sus campañas por la Presidencia. Y un cruel acosador y abusador sexual que se explayó en todo tipo de violencias basadas en género, que sometió por décadas a sus subordinadas a palabras soeces, tocamientos, sexo oral, violaciones. 
   
Como era el dueño de la ficción, pensó que también podía serlo de la realidad. Por eso se dedicó a silenciar a los periodistas que empezaron a hurgar la historia, en especial a Ronan Farrow, hijo de Mia Farrow y otro abusador del cine: Woody Allen. Farrow escribió un libro donde cuenta los obstáculos que enfrentó su investigación para ver la luz. En especial la censura que sufrió inicialmente en la cadena NBC donde empezó su reportaje, y que lo llevó a tocar las puertas de The New Yorker, la prestigiosa revista intelectualoide, en donde por fin acusó a Weinstein de sus crímenes sexuales, gracias la voz de trece mujeres que compartieron su historia. La investigación ganó el Pulitzer y marcó el inicio de los juicios contra Weinstein.    

Catch and Kill (atrapar y matar) es el título de su novela y se refiere a la práctica de comprar los derechos de una historia para después sepultarla: una sofisticada y costosa forma de censura. Y da cuenta además de todo el complejo entramado de relaciones públicas, acoso judicial y espionaje que montó para silenciar lo que era inocultable.   

Como dueño de las cámaras, Weinstein intentó apagarlas por años, pero la verdad lo persiguió incesantemente. Semejante poderío del establecimiento liberal gringo concentrado en una sola persona y, a pesar de todo, cayó. Hoy paga una condena de 23 años de prisión.

El caso de Weinstein —maravillosamente relatado por su detective— reveló al mundo dos verdades incontrovertibles sobre la develación y persecución de la violencia sexual perpetrada por hombres poderosos: no hay imperio suficiente que logre silenciar la fuerza de las víctimas que quieren hablar. Y esa es la segunda: las dueñas de la historia son ellas, las víctimas, nadie más.  

Por eso los llamados de un sector de la opinión pública en contra de las últimas revelaciones sobre abuso y acoso sexual de hombres poderosos en Colombia son miopes e injustos. Que por qué no dicen los nombres así como así, por qué no denunciaron en la Fiscalía, por qué tardaron tanto tiempo en contar su historia, que es mentira, que es un complot, cómo pudieron permitirlo. Todas dudas y preguntas paradas en el privilegio de no entender cómo funciona el poder en esta sociedad misógina. 

Las mujeres que soportan este abuso porque temen las consecuencias de negarse, de perder su trabajo, de arruinar sus carreras, de ser perseguidas. Suelen ser además chicas jóvenes cuya posibilidad de quejarse implica un acto de valentía casi suicida. Se demoran en hacerlo, si es que lo hacen, porque esto es normal y aceptado, porque están traumatizadas, porque el acoso desnaturaliza y destruye. Prefieren las redes sociales o los medios de comunicación que la Fiscalía porque allá no pasa nada y existe un índice de impunidad mayor al 90 %. Las víctimas y periodistas que hablan públicamente de este tema temen hacerlo sin pruebas porque esos poderosos acosadores sexuales también persiguen ante los jueces.  

Pero ahora, con el tema en cartelera, es momento de hablar, de gritar. Los tiempos han cambiado desde Weinstein y muchas otras valientes han abierto la puerta, pero las tuercas dejarán de girar si no develamos lo que pasa en el Congreso, en el gobierno, en las Cortes, en las empresas, en las universidades, en cualquier estructura de poder por cuyos pasillos corra este virus. 

Hay que parar a los señores poderosos que andan angustiados amedrentando a sus víctimas para que le cierren la puerta a la prensa, para que les sigan temiendo, para que recuerden que las tienen vigiladas. Vigilémoslos a ellos también y contemos la historia real. Es indetenible, como dice Farrow: “Al final, el coraje de las mujeres no se puede anular. Y las historias —las grandes, las verdaderas— se pueden atrapar pero nunca matar”. 

Que los medios de comunicación hablen con las víctimas, verifiquen sus historias y las doten de fuerza. Y les recuerden que sin ellas los Weinstein del mundo seguirán libres acabando la vida, seguridad y bienestar de otras chicas. Y claro que es injusto, porque encima de que les toca soportar la violencia deben tener después el valor para denunciarla públicamente. Pero es la única forma de derrocar a los reyes déspotas, especialmente a los que creyeron que iban a escribir esta historia. 

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