Los Danieles: La trampa es lo de menos

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Pocas dudas caben de que el incidente de la cárcel de La Picota, donde Juan Fernando Petro visitó a algunos presos corruptos o criminales, fue una trampa. Solo así se explica que lo hubiera grabado una cámara espía desde cuando hacía cola para entrar al penal. Y, existiendo una trampa, hasta Perogrullo es capaz de deducir quiénes la tendieron: los enemigos políticos de Gustavo Petro y los que pretenden sacar tajada de este resbalón.

El tropiezo más gordo, sin embargo, no es el señuelo. El problema es la reacción del entrampado ante la jugadita. Las campañas electorales son sucias: de hecho, con pocas y honrosas excepciones, la política es cada vez más sucia, y en Colombia la traición, la celada, la puñalada trapera, la mentira contumaz y el destrozo inesperado son elementos cada vez más frecuentes en la receta para triunfar. Para colmo, a los desleales nadie los descalifica y al pícaro todo se le perdona.

Trampas y deslealtades son males que acechan al gobernante. Obstáculos agazapados ponen a prueba la capacidad de respuesta inmediata, análisis y recuperación del poderoso. De su comportamiento ante ellos dependerán en buena medida los logros y fracasos de la gestión del Estado. Zancadillas como la de La Picota son casi obvias en el revuelto mundo de la politiquería, la corrupción, los narcos, la violencia y el paramilitarismo, que se ha apoderado de casi todo en el país, y en particular de la derecha colombiana. Basta con mirar a sus próceres, muchos de ellos entre rejas o —esperamos— camino al cadalso.

Es preciso señalar que la respuesta del sector de Petro a la trampa lo llena a uno de inquietud y temores. La confusión inicial abonó un semillero de mentiras, silencios ocultadores y contradicciones sin fin. El bosque de trinos de esas primeras horas fue una cacofonía de mensajes que se desdecían en cuestión de minutos y explicaciones que no convencían a nadie. No digo que todas eran embustes, pero se parecían muchísimo. Para máximo embrollo, se multiplicaban los voceros que, más que aclarar, enredaban lo que ahora llaman el relato.

Respondieron los Petro, y respondieron mal. En principio, todo hermano de un gobernante es un peligro (Sí lo sabré yo…). Mientras menos aparezca y menos ayude, mejor; el ideal es que a la Casa de Nariño solo accedan hijos únicos. La campaña de Petro o tal vez Juan Fernando Petro (aún no sabemos) fallaron al calcular la carga de dinamita que significa un hermano del candidato reunido con hampones, por bellas intenciones que dijera tener. Al reventar la bomba, no solo las palabras de los dos fueron trémulas: también sus presentaciones. La puesta en escena, lamentable: el uno, con escotado batín de enfermo en un hospital por culpa de… un pérfido alacrán (lo siento, pero produce risa). El otro, el candidato, desaliñado como si lo hubieran vestido los mismos enemigos que le tendieron la trampa, respondió preguntas independientes (eso tiene un mérito que reconozco) en un entorno tan alucinado como su discurso. El lenguaje corporal, penoso. Juan Fernando, sonriente desde el supuesto lecho de dolor; Gustavo, medio echado en un sofá. ¿No tienen un jefe de imagen, un cuate perspicaz, una amiga con buen gusto?

Era todo tan lamentable que en pocas horas la estrategia dio un vuelco. La atmósfera exculpatoria con que el estado mayor de Gustavo rodeaba al hermano se volvió en contra suya, y Roy Barreras acabó exigiéndole en público que pidiera perdón a la campaña. Terminarán demandándolo. 

Tanto lo que pasó como la reacción de los cuarteles de Petro ante lo sucedido ofrecen pésima impresión: ¡cómo no se iban a beneficiar del papayazo los rivales! Pero la falla de los unos no significa la gloria de los otros. Cualquiera adivina el origen de la trastada. Resultan sospechosas la alegría y precipitación con que celebraron el resbalón ciertos adversarios del Pacto Histórico. Inolvidables los comentarios de matón callejero que hizo Fico Gutiérrez, tan parecidos a su aspecto personal. Habría podido lucirse con unas pocas frases de estadista, pero optó por dejar que hablara su verdadero yo: el man, el ñero, el paisa berriondo, el sujeto elemental que lo habita y que —la Virgen nos proteja—aspira a gobernarnos.

El alacrán cran, cran

El orden de mis preocupaciones en el oscuro episodio de Juan Fernando Petro, su visita a la cárcel, las acusaciones de los rivales y las explicaciones sobre la picadura de alacrán es el siguiente: 1) La salud de la patria. 2) La salud del doctor Petro. 3) La salud del alacrán.

Me parece incomprensible el escaso interés de la prensa por las circunstancias en que el artrópodo inoculó a su víctima. No todos los días hospitalizan a un profesional urbano atacado por aguijón de bicho milenario. El biólogo Víctor Mallarino sabe que en la sabana de Bogotá hay alacranes, porque uno lo picó en Chía. No es lo que se espera de la fauna paramuna, ni fue lo que ocurrió en este caso, pues se culpa del incidente a un escorpión de Cacarica, martirizado municipio chocoano de chocante nombre. 

Las preguntas se multiplican: ¿Estamos seguros de que no lo sorprendió en la cárcel, donde me aseguran que “hay de todo”? ¿Quién atacó primero, Petro o el alacrán? ¿Capturaron al agresor? ¿Lo dieron de baja? ¿Fue neutralizado con chancleta, rayos de electrochoque o ametralladora? 

En esta confusa historia el más sincero, el más noble y el menos ponzoñoso ha sido el pobre alacrán.

ESQUIRLA. Los once civiles abaleados por el Ejército en Puerto Leguízamo y los seis soldados casi adolescentes asesinados en Antioquia por explosivos del Clan del Golfo revelan las consecuencias lamentables de hacer trizas la paz.

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