Los Danieles. La RTVC de palacio

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Irrumpe un frenesí de violines y se escucha un lejano: “Petro, Presidente”. Aparece el reloj que cuenta los cien primeros días del “gobierno del cambio”. Se trata de la serie documental que lanzó la Presidencia de la República, titulada Colombia, potencia mundial de la vida. Serán diez capítulos, que esta semana llamaron la atención porque el sexto está dedicado a elogiar a la primera dama, Verónica Alcocer, quien, según el mismo Palacio de Nariño, “rompe esquemas”. 

La serie es un clásico ejemplo de propaganda política bien ejecutada. Dirigida y conceptualizada por Germán Gómez, el sigiloso jefe de prensa de Palacio, y la curtida experta en comunicación política, María Elena Romero Rocha.

Los videos le sirven a Petro para celebrar las promesas que ya cuenta como logros. En especial que la gente lo quiere; que se le ve cómodo desparramado sobre una chalupa, al saborearse un sancocho; que es el hombre del pueblo. Porque este es el gobierno del cambio y de los mensajes. Consignas y grandilocuencia para todo. También contesta a la prensa crítica, recoge su presencia en redes sociales y pretende disipar rumores. Aviva todo lo emotivo y trascendente de su mandato.

Además del jefe, los protagonistas son los parlamentarios consentidos, los ministros predilectos, la incandescente primera dama. Sumado a lo de siempre en estos productos de convencimiento masivo: niños, indígenas y negros. Estos últimos elegante y justamente reivindicados en la poderosa, aunque un poco desaparecida, figura de la vicepresidenta, Francia Márquez. Y, por supuesto, siempre tras bastidores la jefe de gabinete y sombra del presidente, Laura Sarabia. Buena fotografía, edición eficaz y musicalización atinada. Y cierra con la frase que puso a temblar a la Plaza de Bolívar el 7 de agosto: “me llamo Gustavo Petro y soy su Presidente”.    

Pero suena un poco absurdo celebrar apenas empezando la carrera. Claro, su triunfo es histórico, pero esa ronda de aplausos ya pasó. Es muy pronto para prender tantos reflectores sobre apenas gestas discursivas, anuncios y promesas. Aunque nada de eso importa a un Presidente que entiende perfectamente la importancia de comunicar y además se ampara en su reclamo de antaño: los medios del establecimiento lo miran desde hace décadas con ojeriza.  

El problema es el despilfarro de nuestros recursos. En Colombia ya es un lugar común criticar el abuso del ejecutivo cuando se vende con plata pública. Lo hacen todos los gobiernos, aunque ese atropello nos ha dejado piezas icónicas del humor accidental, como el programa Prevención y acción de Iván Duque. 

Un reto para el ágora moderna. Los mandatarios tienen el deber de comunicar sus programas y de entablar conversaciones con la opinión pública. Es el pilar de la rendición de cuentas y transparencia con el electorado. Con mayor razón en la era de la información en esteroides. Pero de ahí a utilizar los medios estatales para cultivar su personalidad; para hacer un programa sobre la primera dama, que ni siquiera es funcionaria, hay un largo trecho. 

Es propio de repúblicas bananeras −o aguacateras, como diría Petro− usar el periodismo público para aplaudir a los gobiernos de turno; despilfarrar dinero y montar campañas de publicidad política, incluso engañosas y malintencionadas. En los sistemas democráticos esas empresas están ideadas para mejorar el acceso de la ciudadanía a la información plural y veraz. Para los presidentes colombianos un gran bla bla bla que se pasan por la faja. Y como lo hacen los de arriba, ya es común que muchas instituciones abusen de la pauta pública para imponer censura: acariciar a los medios amigos y castigar a los críticos. 

Cuando la comunicación de un gobierno se convierte en fin y no en medio, la democracia está en problemas. Y la nuestra lo está desde hace rato. Ese no puede seguir siendo el destino de un buen pedazo de los 301 mil millones que nos cuesta RTVC. Porque lejos de ampliar el panorama informativo, lo confunde e instrumentaliza para consentir el ego de los señores importantes.    
  
Tal vez por eso es que aún no se ha nombrado un gerente: porque le sirve más a Petro tener línea directa con la entidad, como si fuera una dependencia de Palacio. Y claro que es un sofisma, porque el nombramiento de directivos no ha evitado en el pasado que RTVC se emplee al gusto arbitrario del mandatario. No olvidemos las pilatunas ilegales de Juan Pablo Bieri cuando ocupó rastreramente el puesto. 

Señor presidente, le propongo otro cambio: nombre a un periodista independiente, alguien que no le deba nada y se dedique a poner la información al servicio de la gente. ¡Ja! Eso sí sería una gesta digna de documentar, incluso antes de los primeros cien días. 

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