Los Danieles: La prórroga fallida

Antonio Caballero

Por Antonio Caballero

Esta vez no sería necesario para el Gobierno, como en los tiempos del primer Álvaro Uribe, comprar con notarías los votos de un par de parlamentarios como Teodolindo Avendaño y Yidis Medina. Porque de entrada estarían sobornados todos. El proyecto de ley que presentaron nada menos que 23 o tal vez 25 congresistas en patota, del partido conservador, del liberal, de Cambio Radical y del partido de la U, y de los cristianos, consistía en alargarle dos años su período al presidente Iván Duque. Pero a la vez a ellos mismos. Y a los jefes de las “ías”, con nombre propio: a Francisco Barbosa, de la Fiscalía, a Margarita Cabello, de la Procuraduría, a Felipe Córdoba, de la Contraloría, a Carlos Camargo, de la Defensoría, a Alexander Vega, de la Registraduría, y a los magistrados del Consejo Electoral. A los otros altos magistrados de las altas Cortes, la Suprema y la Constitucional, se les prolongaría su función de los ocho años actuales a diez. Y también entrarían en la propina de un año los alcaldes y los gobernadores. En resumen: los electores no podríamos con ellos: con los elegidos

En el proyecto de ley había, sin embargo, también un dulce para los electores: la propuesta de congelar por diez años los sueldos de los parlamentarios, en vez de aumentarlos cada año. Pero como son ellos, y no nosotros, quienes votan la ley, estaba yo seguro de que esa disposición sería la única que no iba a pasar adelante entre la turbamulta de la aprobación de todas las demás a pupitrazos.

Y faltaban por ver los inevitables “micos” de los proyectos de ley en este parlamento de tramposos que tenemos. Que elegimos. Que nos merecemos. A lo mejor, de pasada, aprovecharían uno para subirse una vez más los sueldos y las pensiones de retiro.

El proyecto de ley, que firmaba solo un congresista del Centro Democrático de Duque, uno solo, como por simular su desinterés, entre la muchedumbre de los demás partidos entreverados, pero que presentaba la Federación Nacional de Municipios (una de esas cosas nuevas que se han ido apareciendo en la selva burocrática), lo firmaba solo uno del CD, digo, para fingir que la iniciativa no es del interesado presidente Iván Duque ni de su partido, como se fingió en sus tiempos que la reelección del presidente Álvaro Uribe, gracias a la cual, y a pesar del fracaso de su siguiente segunda intentona, se convirtió en el “Presidente Eterno” de los suyos, como es Kim Il-Sung el de los coreanos.

Pero no resultó, por ahora.

A principios de marzo el senador liberal Luis Fernando Velasco denunció las intenciones del ejecutivo, que buscaba ambientar el proyecto en el Congreso. Y la idea empezó a despertar discusiones y protestas en todos los partidos, y a agitar todas las ambiciones personales, presidenciales por supuesto (hay más de cuarenta precandidatos a suceder a Duque), pero también parlamentarias, regionales, etcétera. Y por lo visto el proyecto de la ampliación de los períodos se hundió. Quince de los firmantes originales retiraron su apoyo. Sus jefes —César Gaviria el de los unos, Álvaro Uribe el de los otros; de Germán Vargas Lleras de Cambio Radical no sé, porque con él nunca se sabe; y en cuanto a los de la U ¿tiene algún jefe la U?— los habían desautorizado. El mismo presidente Duque, principal beneficiario de la reforma, se había mostrado reacio: le parecía prematura. Y luego la rechazó hablando de sí mismo en tercera persona, como si fuera un papa o el mismísimo Gustavo Petro: “Lo voy a decir así de claro: Iván Duque Márquez, presidente de Colombia, con cédula 79… , será presidente hasta el 7 de  agosto del año 2022. Punto”.

Pero ya veremos. Así sucedió también con la propuesta de reelección de Uribe: él mismo la rechazó al principio con pucheros pudorosos de virgen ofendida (y perdón si esta comparación ofende a algunas vírgenes). Y después la aceptó, resignándose magnánimo: si los intereses superiores de la patria lo exigen… Y se sacrificó: se dejó ser reelegido. Después lo intentó otra vez, y tuvo que contentarse con hacer elegir a su sucesor: Juan Manuel Santos, que después de traicionarlo lo imitó, y gobernó dos turnos.

Porque no importa lo que hayan dicho en su momento la Corte Constitucional o la Suprema: aquí lo político arrolla lo jurídico. Porque en el uribismo los intereses superiores de la patria dan para todo. Y Duque, como sabemos, es uribista.

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