Los Danieles: La política de la guerra

Antonio Caballero

Por Antonio Caballero

Casi como inauguración oficial de su gobierno, el flamante presidente de los Estados Unidos Joe Biden bombardea Siria. Más exactamente, los campamentos de las milicias de Hezbollah en Siria, en represalias por sus ataques contra las tropas norteamericanas de ocupación en Irak. Pero ¿acaso no iba Biden a cambiar de cabo a rabo las políticas del gobierno de su predecesor Donald Trump?

No. Protesta Bernie Sanders, uno de los precandidatos que compitió con Biden por la designación del partido demócrata para reemplazar a Trump. Dice que es “el mismo camino en el que hemos estado durante casi dos décadas”.  Tampoco: son dos siglos. Porque la de los bombardeos no es una política de gobierno, sino una política de Estado. Bombardea Joe Biden como bombardeaba Donald Trump, como bombardeaba Barack Obama, como bombardeaba George W. Bush, como bombardeaba Bill Clinton… Y así de para atrás, hasta llegar al presidente Thomas Jefferson, que fue secretario de Estado de George Washington y que no bombardeaba porque no tenía bombarderos, que hace doscientos años no existían;  pero sí cañoneaba. Desde su nacimiento, la política exterior de los Estados Unidos ha consistido en estar en guerra contra los países extranjeros; a veces contra unos, a veces contra otros, pero siempre en guerra. Salvo el propio Trump, cuya única propuesta sensata —y en consecuencia impopular— fue su anuncio —no cumplido— de retirarse de las guerras “inútiles” del Oriente Medio.

No lo hizo. No podía hacerlo. Era el presidente de los Estados Unidos, cuyo destino político implica, entre otras cosas, la guerra. Salvo por la breve interrupción de la presidencia de Abraham Lincoln, a quien su doméstica Guerra Civil entre norteamericanos del Norte y norteamericanos del Sur le impidió distraerse en guerras externas, los Estados Unidos han sido siempre un Estado en guerra. No en balde son los herederos, los hijos de Inglaterra, que fue también su primer enemigo. Inglaterra lleva en guerra, incesantemente, por lo menos mil años: desde su conquista por los normandos en l066. Hay una muy manoseada frase famosa de un estratega alemán: “La guerra es la continuación de la política por otros medios”. Para los Estados Unidos, la única política exterior ha sido la guerra.

George Orwell la describió en su novela distópica y futurista “1984”: la guerra perpetua. Que, la verdad sea dicha, no era tan futurista como parecía: la guerra perpetua ya la había usado el imperio romano bajo el nombre de “pax romana” dos mil años antes, “en defensa propia”, para conquistar el mundo. Así la justifica ahora el Pentágono norteamericano diciendo que estos bombardeos de Biden son “un mensaje inequívoco de protección de los soldados estadounidenses y de la coalición contra el Estado Islámico”. Los Estados Unidos no son los herederos del imperio británico, sino de Roma.

Pero ¿de quién es la culpa?

Por supuesto no de los Estados Unidos: no lo quiera Dios. Sino de Irán, que respalda a las milicias chiitas de Hezbollah y del hasta ahora desconocido Kataeb Sayyid al-Shuhada que operan en Siria y en Irak, y en el Líbano, y tienen relaciones pecaminosas con el Estado Islámico, el Isis, o Daesh. Los Estados Unidos nunca tienen la culpa.

Y además Irán acumula las culpas propias. No se contenta con apoyar esas milicias antiestadounidenses en los países vecinos —Siria, Irak, el Líbano, la Palestina militarmente ocupada por Israel— sino que además tiene la pretensión, por lo visto intolerable, de buscar la fabricación de armas nucleares. Como las que tiene su enemigo declarado, Israel. Como las que tienen media docena de países más: los Estados Unidos, por supuesto, y para empezar: es decir, los que las inventaron, y los únicos que las han usado. Y luego Rusia, y el Reino Unido, y Francia, y Pakistán, y la India, y la China, y Corea del Norte. Y también, repito, Israel. Pero ¿por qué diablos se le va a prohibir a Irán su derecho a fabricar las mismas armas que tienen todos sus vecinos, amigos y enemigos? ¿O a otros países lejanos que también podrían hacerlo, como la Argentina o Australia o el Brasil, como el Japón o Alemania? ¿Y quién se arroga el derecho a prohibirlo?

Los Estados Unidos.

Y es por eso que el flamante presidente Biden se niega a regresar al pacto multilateral (con Europa: Alemania, Francia y el Reino Unido, además de Rusia y la China) por el cual Irán renunciaba a sus desarrollos nucleares, pacto del cual renegó Donald Trump. Exige que primero sea Irán el que, de rodillas, pida perdón.

Ese pacto no fue de Donald Trump, que lo rompió. Ni de Barack Obama, que lo firmó. Sino de los Estados Unidos.

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