Los Danieles: La ley y el orden

Antonio Caballero

Por Antonio Caballero

“No se les olvide que nosotros somos el partido de la ley y el orden”, les recordó el todavía presidente Donald Trump a sus miles de fanáticos seguidores que acababan de invadir, siguiendo sus propias incitaciones, y con el resultado de cinco muertos, el edificio del Capitolio en Washington mientras las dos Cámaras sesionaban conjuntamente para confirmar la victoria del demócrata Joe Biden —y la derrota de Trump— en las elecciones. Pero no es que estuviera arrepentido de sus instrucciones de acción directa a sus bases de la extrema derecha. Es simplemente que le habían recordado a él que su llamado a la insurrección podría traerle desagradables consecuencias judiciales: porque, técnicamente hablando, eso se denomina traición a la patria. Así que en un tuit, su modo de expresión habitual, llamó “a la reconciliación”, y dijo que los responsables del bochinche tendrían que “pagar” por ello.

De todos modos, a continuación Trump borró con la mano la condena que acababa de escribir con el codo añadiendo que sí, que entendía su cólera porque les habían “robado las elecciones”, y que ellos seguían siendo “personas muy especiales”. Pero ya unos cuantos senadores y congresistas republicanos, empezando por sus jefes de bancada y por el mismo vicepresidente Mike Pence (según Trump, un traidor y un cobarde), lo habían abandonado. Y se hablaba incluso de que su propio gabinete lo destituyera de la presidencia siguiendo un artículo jamás usado de una enmienda constitucional.

Lo más inquietante de lo ocurrido es que muestra que los seguidores de Trump (la extrema derecha de la secta QAnon, de los supremacistas blancos llamados los Proud Boys, de los neonazis y de los cristianos evangélicos) están dispuestos a todo. Y los votos que recibió en las elecciones de noviembre fueron más de setenta millones: medio país.

De ahí la soberbia del derrotado presidente. Pese a haber obtenido el control demócrata del Senado, el nuevo presidente Biden no la tendrá fácil. En tono de advertencia, Trump anunció ya que no asistirá a su posesión el 20 de enero, sino que seguirá fomentando el enfrentamiento entre norteamericanos de los dos grandes partidos que bajo su gobierno se han convertido cada vez más en bandos enemigos, y no en meros adversarios políticos. No habían sido enemigos desde los días de la Guerra Civil, hace siglo y medio, cuando, curiosamente, sus respectivas posturas políticas estaban intercambiadas con las de hoy: los recién fundados republicanos de Abraham Lincoln representaban el progresismo del Norte y luchaban por la abolición de la esclavitud de los negros, mientras que los demócratas del Sur la defendían y eran los reaccionarios de la época. Trump mismo se sorprendió al descubrirlo, hace un par de años, cuando tuiteó que “tal vez mucha gente no sabe que Lincoln era republicano”. Porque para Donald Trump, que no conoce la historia ni la geografía, ni la economía ni la gastronomía (solo come hamburguesas y solo bebe Cocacola), la expresión “mucha gente” quiere decir “Donald Trump”. Y es esa plácida ignorancia la que le ha permitido compararse en varias ocasiones con Lincoln, incluida una en que se hizo entrevistar repantigado en un sillón a los pies de la descomunal estatua de su monumento en Washington, y otra en que le sugirió a la gobernadora de Dakota del Sur que ordenara la talla escultórica de su cabezota con todo y su estrambótico peinado en los riscos todavía desocupados de Mount Rushmore, donde están colosalmente retratados en la piedra Washington, Jefferson, el primer Roosevelt y Abraham Lincoln.

La gobernadora le dijo que mejor no.

Pero, bueno: si está ahí Teodoro Roosevelt, ¿por qué no Trump?

Tiros de pistola en el Congreso. Muertos en el edificio del Capitolio. Y el presidente atreviéndose a decir que en eso consisten “la ley y el orden” que él y los suyos defienden. Hace ya meses o años escribí sobre la conversión de los Estados Unidos en “república bananera” bajo el payaso siniestro de Donald Trump; y, por supuesto, no fui el único en darme cuenta de que eso estaba sucediendo. Tal vez tenía razón él cuando denunciaba el mal contagio latinoamericano que se estaba infiltrando en los Estados Unidos a través de la frontera con la América Latina sin que existiera un sanitario muro divisorio. Y el virus transmisor era él.

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