Los Danieles. Homenaje a los pintamonas

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

La primera persona que utilizó en Colombia el dibujo humorístico para formular una crítica fue, a principios del siglo XIX, José María Espinosa, soldado, artista y más tarde autor de una deliciosa biografía: Memorias de un abanderado. No llegaba aún a los veinte años cuando lo apresaron las autoridades virreinales y estando en la mazmorra pintó unos dibujos que hacían burla del alcaide de la prisión. “Quedó tan parecido y tan ridículo —comenta Espinosa— que fue motivo de larga chacota y risa”.

La maestra Beatriz González, curadora de una célebre exposición de ilustraciones cómicas y su respectiva biblia (La caricatura en Colombia a partir de la independencia, 2010), señala a Espinosa como pionero nacional del oficio. “Caricaturizó a ricos y pordioseros, a poderosos y humildes, a intelectuales y a locos, quienes se suceden unos a otros en una vasta galería de tipos”. Pero si Espinosa fue el primero en aparecer, el último desaparecido es Antonio Caballero, columnista de medios nacionales e internacionales, que falleció hace un año tras una sobresaliente trayectoria de comentarista, novelista y dibujante. Como él, muchos otros pintamonas internacionales han sido también escritores: Rius, Guareschi, Fontanarrosa, Millôr, Mingote, Sempé, Pfeiffer…

Ignoro si Caballero tenía parentesco con Espinosa. Es probable que sí, porque Antonio era un rebelde que descendía de estatuas y pinacotecas: al menos tres presidentes de la república, quizás un arzobispo, numerosos ministros, congresistas, embajadores y políticos. Sus primeros dibujos aparecieron en la revista escolar El Aguilucho y en El Tiempo, y cerró su ciclo de creador de ilustraciones bufas con un monumental fresco que acompaña al texto de su último libro: Historia de Colombia y sus oligarquías (2018). 

Este lamentado colega de Los Danieles forma parte del escuadrón de caricaturistas colombianos que lleva dos siglos revolviendo el avispero. Muchos de ellos simpatizaban con algún líder o partido y repartían garrotazos de manera selectiva. Desde hace unos cincuenta años los ironistas de lápiz y pincel golpean sin reparar en banderas. Puyan y pullan donde los dejan. 

En abril de 1985 el estamento liberal atacó duramente al maestro Héctor Osuna, de El Espectador, por haber publicado un dibujo burlón sobre la esposa del candidato de ese partido, Virgilio Barco. Osuna respondió como corresponde: duplicó la dosis. Yo metí la cucharada en su apoyo para decir algo que volvería a firmar ahora: “La prensa y la sociedad han extendido al caricaturista, por la misma razón de su arte, una especie de licencia tácita especial para exagerar rasgos, simplificar verdades y disparar contra lo sagrado y lo divino”. Y añadía: “Juzgar a un caricaturista con el código de la solemnidad en la mano es como intentar medir un terreno por litros. Todos sabemos cuán indispensables son los caricaturistas políticos en las sociedades herméticas, en las sociedades intolerantes, en las sociedades adormecidas”. 

Lo que anoté entonces habría que extenderlo ahora a otras formas de caricatura que no emplean papel y tinta: el monólogo, el meme, el video, el cine, el programa mamagallista de radio o televisión… Al final, todo procede del mismo origen: las comedias punzantes de los griegos contra las costumbres adocenadas y los poderosos. Su papel es casi siempre de riesgo y en ocasiones, mortal. Que lo digan el crimen de Jaime Garzón y la matanza religiosa de doce personas en el semanario francés Charlie Hebdó en 2015.

Si el ensayo es la ciencia de los matices, la caricatura es el arte del brochazo. El autor se expresa en pocas líneas y con escasas palabras, o ninguna. Siempre anda al ataque espada en mano; sus víctimas preferidas son el poder y cuanta fuerza restrinja o amarre: el statu quo, la religión, las armas, la censura, la falta de libertad, los ricos, la solemnidad, la gazmoñería… Toda caricatura es en contra. No existe la caricatura a favor: existen las relaciones públicas

El humor, con ilustraciones o sin ellas, ha sido mordaz instrumento de lucha. Dice Beatriz González que en los tiempos de La Bagatela, de don Antonio Nariño, ya eran recursos frecuentes “la alegoría, la parodia y la presencia de animales que prepararon la llegada de la risa”.

En homenaje a los caricaturistas colombianos escogí quince nombres notables a los que es preciso sumar unos cuantos extranjeros, como el húngaro Peter Aldor, el francés Miguel LeMoyne y el español Carlos Casar de Molina. 
Son ellos: J.M. Espinosa (1796-1883), Alberto Urdaneta (1845-1887), Alfredo. Greñas (1857-1949), Pepe Gómez (1892-1936), Ricardo Rendón (1894-1931), Adolfo Samper (1900-1991), Chapete (1923-1997), Consuelo Lago (1930), Héctor Osuna (1936), Pepón (1939-2016), Antonio Caballero (1945-2021), Naide (1949), Mico (1959), Vladdo (1963) y Matador (1969).

A los anteriores y a todos lo demás hay que agradecerles su indomable espíritu crítico y su humor detergente, que barre, purga, sacude y limpia.

Juan Gustavo Cobo-Borda

Y murió Cobo-Borda, lector pantagruélico, ensayista, poeta, promotor cultural, diplomático y mamagallista incomparable. Estoy pensando en su mujer, Griselda, sin la cual no habría podido sobrevivir, y en su hija Paloma, sin la cual no habría valido la pena hacerlo.

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