Los Danieles. Gracias, Robledo

Ana Bejarano Ricaurte

Ana Bejarano Ricaurte

Qué cansancio. No sé cómo, pero por fin llegamos al día D. Y no se acaba ni empieza nada, pues no se curarán las heridas, ni se enmendarán las relaciones quebrantadas por la incapacidad de entender al otro, de comprender sus razones para apoyar a quien no soportamos. Esta campaña acabó con todo y desnudó a este país descompuesto, lleno de odio. 

Los candidatos y sus correspondientes gavillas hicieron lo suyo. Gustavo Petro no supo desactivar el miedo y desconfianza que despierta entre un sector del electorado, tal vez porque no tiene cómo hacerlo. Rodolfo Hernández reveló que está absolutamente incapacitado para ejercer la Presidencia, siquiera para leer en público un comunicado. El temor al uno o al otro es un sentimiento que pesará en las urnas. 

Petro ofrece una nueva institucionalidad, un país maravilloso y mágico, parado en la fe ciega de su fanaticada, en sus deseos apremiantes de que todo cambie inmediatamente. Hernández promete burlarse de lo que hay; hacer lo que se le dé la gana. ¡Bah! Cuánta tinta regada para que ambos candidatos antiestablecimiento lleguen al poder rodeados por los mismos de siempre. Entonces nos encontramos en el cálculo de los miedos y nos preguntamos cuál es menos peor, quién es el mejor mentiroso.  

Tal vez este día histórico sea mejor una oportunidad para celebrar a otros. Políticos enteros, que poco o nada han negociado en su vida. Es el caso del senador Jorge Enrique Robledo, quien a los 72 años y tras veinte como parlamentario deja el Congreso. Aunque nació en Ibagué, vivió gran parte de su vida en Manizales, donde por más de 25 años alternó sus labores como profesor de arquitectura de la Universidad Nacional y la dirigencia social. Un profundo conocedor del agro colombiano, fue fundador y promotor de diversos movimientos de defensa de los derechos del campesinado. 

Uno de los congresistas más respetados y exitosos en la historia reciente colombiana. Elegido con altísimas votaciones y una de las figuras más agudas de la oposición. Porque la ejerció contra Álvaro Uribe, Juan Manuel Santos e Iván Duque. Comprometido con un control político férreo, documentado y leal. Son históricos sus debates en el Congreso, en los cuales sobresalen los que le hizo a Andrés Felipe Arias o los que esculcaban los múltiples y provechosos negocios de la familia Uribe mientras estaban en la Presidencia. Se ha enfrentado a cuanto poderoso hay en este país, a los de verdad, esos que se sienten intocables y persiguen cuando alguien se atreve.  

Tildado de radical, tal vez porque lo es. Sus orígenes en el MOIR marcaron su trayectoria política, expresada en una severa oposición al Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos y a muchas otras iniciativas que acusó de imperialistas. Claro que no suscribo todas las posiciones de Robledo, pero sí su forma de defenderlas, de apegarse a ellas. Su carácter inquebrantable.    `

Por razones profesionales soy testigo de su gesta democrática y ello no me inhabilita para dar cuenta de esa proeza. Al contrario, me ha permitido conocerlo y apreciarlo. Robledo es un tipo serio, de esos que saben reírse y sacar sonrisas. No ha perdido el siseo propio de los manizalitas y ostenta la ternura de los abuelos consagrados. Confiesa, un poco sonrojado, que estudió Arquitectura en Los Andes y conserva de esa disciplina la estructura, en el fondo y en la forma.  

Robledo conoce y domina el poder y mística de la oratoria. Fue un verdadero parlamentario en todo lo que ese concepto debe expresar. Por eso también supo entender el valor de la comunicación y de las redes sociales. Hasta bailó reguetón con Daniel Samper Ospina. Entiende la importancia de traducirse para las nuevas generaciones. 

Lo criticaron recientemente por sus alianzas con el centro y todo lo que ello implicaba; incluso por cuestionar el lugar de nacimiento de Petro. Creo que hasta en los errores de cálculo político Robledo ha actuado en la vida pública con decoro y dignidad. Como atinadamente bautizó a su partido. 

Un hombre que persigue sus ideas con disciplina y rectitud. Anunció su voto porque constató que un acuerdo programático con el incontrolable ingeniero Hernández era un despropósito y por su antigua rencilla y desconfianza a Petro. La independencia: otro de los postulados a los que nunca renunció.  

No se enriqueció como funcionario, ni hizo negocios para los suyos, y eso en Colombia es una rareza. Ojalá no abandone la esfera política, aunque tiene derecho a descansar tras tantos años de servicio público bien servidos. No quedan muchos Robledos en esta polis. Su ausencia resonará en las paredes del Capitolio y en las de esta democracia agrietada. Tras tanto desconsuelo que producen estas elecciones, tal vez encontremos algo de regocijo en decir ¡Gracias, Robledo!

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