Los Danieles. Es la economía, estúpido

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

Cuando al final de la tarde Rodolfo reconoció el triunfo de Petro y le deseó suerte, y cuando poco después Álvaro Uribe dijo que había que respetar el veredicto de las urnas, se disipó un peligroso nubarrón que se cernía sobre Colombia. Y se confirmó de paso la solidez de su democracia.

Sin violencia alguna, sin un solo reclamo pese al estrecho resultado, se produjo un relevo sin precedentes del poder político. Un presidente y una vicepresidente que nada tienen que ver con la elite tradicional tendrán el mando. Un hecho que el mundo entero ha reconocido, aunque aquí algunos lo lamenten y otros se pregunten si el candidato vencedor hubiera reaccionado con similar nobleza. Actitudes inocuas porque lo pertinente hoy es preguntarse qué significa esta “nueva era” y hacia dónde se dirige un país que sigue partido por la mitad.

La primera semana transcurrió sin sobresaltos y con augurios positivos para el gobierno venidero: el dólar no se descarrió, la felicitación de Biden fue casi inmediata, aseguró mayorías en el Congreso, se reunió con Duque para iniciar lo que parece que será un empalme armónico de cara al país y —ojo a esto— Álvaro Uribe aceptó la invitación para sentarse a dialogar. Una sucesión de hechos cargados de significado que le quitan piso a los agoreros del desastre.

Estos seguirán ahí, resentidos y recalcitrantes, pero la mayoría de ciudadanos no le juega al despelote nacional. Desarmar los espíritus, calmar los miedos y propiciar un sentimiento de unidad nacional es prioridad para el presidente electo. A la que ya está dedicado como lo demuestra la gobernabilidad en construcción. Pero la tarea es enorme por los múltiples retos que conlleva y el primero es el económico. “Es la economía, estúpido” fue la célebre frase acuñada por un asesor de Bill Clinton cuando le preguntaron cuál era el tema principal en la campaña en la que derrotó a George Bush padre en 1992.  Y es aquí, en efecto, donde Petro debe enviar pronto mensajes claros y tranquilizantes. Hasta ahora gustan los nombres que suenan para su equipo económico.

En su favorito tema ambiental la pregunta es cómo financiará su política hacia una energía limpia si se reducen las divisas por exportación de petróleo y carbón, que representan más del quince por ciento de los ingresos de la nación. Según el Dane, de cada cien dólares que entran al país por una venta internacional, casi cincuenta se deben a algún tipo de industria extractiva. Aunque no nos guste, es un sector estratégico. Superarlo es buen propósito pero no será mañana. La posición del presidente electo sobre medio ambiente y cambio climático ha caído muy bien en los países ricos del norte y hay que preguntarse cómo piensan compensarnos por no tocar el bosque tropical y dejar enterrados minerales e hidrocarburos.

La transición a la energía limpia es por desgracia muy gradual y complicada y aquí conviene aterrizar la propuesta para apaciguar —o terminar de espantar— a los inversionistas. Inquietante signo es la caída de los bonos internacionales de Ecopetrol. También cabe esperar que Petro, que recibió una economía en buen estado y una situación social penosa, vaya precisando como desarrollará el “capitalismo productivo”, en qué consistirá el cambio de modelo económico y qué quieren decir “diálogos regionales vinculantes”.

El reto grande que tenía de obtener una mayoría en el Congreso parece hecho consumado (y después se quejan de Roy Barreras). Siguen llegando adhesiones de miembros de la clase política al nuevo poder y hay inclusive uribistas con ganas. “No alcanzará la mermelada petrista para tanta gente”, me comentó un observador mordaz de la escena política. Lo concreto es que se le facilitará una gobernabilidad que no ha logrado en tres meses su colega chileno Gabriel Boric. Petro se corrió al centro y prefirió el pragmatismo al ideologismo para  no darle munición a una derecha radical derrotada y consolidar una amplia coalición de gobierno. Será interesante ver cómo se arma este tablero político.

¿Y quién liderará la oposición al Pacto Histórico? No será Rodolfo Hernández, que no quiere ni conspira.  Ni Iván Duque, que tal vez quisiera pero no tiene con qué.  Tampoco “el que diga Uribe”, aunque este mantiene alfiles muy activos. De golpe resulta un personaje exótico y extremista como María Fernanda Cabal, que no demoraría en incitar a un golpe. O un joven inteligente pero un tanto insípido como Miguel Uribe Turbay.  Y no se puede descartar que dentro de su propio partido se incube una oposición de los descontentos (como los senadores Bolívar y López y la propia Francia Márquez) con la afluencia de tantos sectores de la política tradicional.

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Tema crucial son las relaciones con USA. Fueron dicientes la llamada de Biden y la identidad en temas de cambio climático e implementación plena del acuerdo de paz. La cooperación antinarcóticos puede ser otro cuento si los gringos insisten en el glifosato. Petro dijo que se sentía hablando “con un compañero político”, pero necesitará un eficaz equipo diplomático para reparar la animadversión al nuevo presidente que sembró en Washington el embajador Pinzón. Ya se vio la actitud nada amistosa de los republicanos trumpistas,  que dificultará la buena relación bipartidsita que hace años ha tenido el Congreso de USA con los gobiernos de Colombia.

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