Los Danieles. El twitter de Petro

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

A veces imagino —sueño, en realidad, porque es una suerte de deseo, de anhelo patriótico— que una persona valerosa del círculo íntimo del presidente Petro (por decir algo su secretaria privada, Laura Sarabia) le quita el celular:  
 
—No más, presidente: decomisado el teléfono —sueño que le ordena mientras rapa el aparato de la primera mano de la nación—. A gobernar se dijo, no más Twitter por este año.
 
—Laura —le dice el mandatario—: dame ya mismo el celular que quiero comentar una cosa del dólar…   

—Mire, presidente, le voy a leer el trino que acaba de escribir, por si no se ha dado cuenta: “Alexis, es un colombiano que ha muerto en el Donbás; sus ideas revolucionarias, quizás equivocadas, quizás no, lo llevaron a esta guerra con los ojos abiertos. Ha muerto un joven que quizo ser revolucionario. La revolución es la Paz. Esto no saldrá en nuestros medios”.

—¿Y? —pregunta el presidente con desdén.  

—¿Cómo que “y”?   

—Es mi libre expresión, Laurita…  

—Presidente: ¿Donbás? ¿Ojos abiertos? ¿Quién diablos es Alexis? 

—Lo digo en el trino: un joven que quiso ser revolucionario… 

—Y lo quiso ser con zeta. Mire las notificaciones de mi celular: me buscan el canciller, el ministro Prada, el embajador en Estados Unidos, incluso apareció nuestro embajador en Rusia… 
 
—Tenemos que poner a alguien allá —piensa en voz alta.

—Me está llamando todo el mundo, presidente.

—Son mis ideas, Laurita: quizás equivocadas, quizás no —remata el presidente.  

Pero entonces la valiente Laura, consciente, pese a su juventud, de que un mal gobierno de Petro nos conduciría al horror de un mandato de, como mínimo, María Fernanda Cabal, no se amilana: inspirada en las escenas callejeras que se viven en la Bogotá de Claudia López, saca la espada de Bolívar de su cofre, obliga al presidente a que entregue el teléfono y encierra el aparato en la misma urna de vidrio, bajo llave, para que lo vean las futuras generaciones.   

“Nadie lo puede tocar”, advierte a los soldados que la custodian. 

—Si mi celular contribuye a que cesen las peleas y se consolide la unión, yo dejaré bloqueado mi Twitter —afirma entonces el líder, con serena grandeza.

Sin embargo, dos horas después ruega a Laura que se lo devuelva.
 
—Te juro que es para pedir un Rappi, Laurita —le implora.

Pero ella se muestra impasible: 

—Usted ya no es un tuitero, presidente, y cada trino que escribe tiene repercusiones muy serias. Mire —le dice mientras le muestra el teléfono—: ahora me buscan también de la Academia de la Lengua… eso fue por escribir “quiso” con zeta. 

—Déjame apenas un trinito, Laurita, por caridat: quiero contestarle algo a Luis Carlos Vélez, siquiera participar en el numeral de La W.… 

—¿Quién diablos es Luis Carlos Vélez? ¿Otro que vive en Donbás?  

Las primeras cien horas de abstinencia son difíciles: el presidente se encierra de mala gana en su despacho; se tumba en el sofá, tiembla. Falta a los eventos sin siquiera cancelar. En las noches, dormido, frunce el ceño mientras musita entre dientes palabras como “dale retuit”, “sígueme y te sigo”, “¿cuál es el ht de ellos?”. 

Una semana más tarde luce devastado: se nota que no duerme, que vive nervioso. Pide entonces hablar en persona con Gustavo Bolívar, a quien recibe en privado:   

—Tocayito —le dice—, ayúdame: déjame trinar desde tu cuenta, siquiera un trinito corto, sin que nadie me vea… 

Los dos compadres echan seguro a la puerta del despacho; toma el presidente el celular de su amigo y redacta con euforia bocanadas de trinos que, a la vez que lo calman, lo alborotan, le piden más. En apenas instantes se da like a sí mismo, se da RT a sí mismo y comienza a escribir una proclama para convocar una marcha cuando ingresa súbitamente Laura, única persona en todo palacio con copia de la llave de su despacho: 

—¿Se puede saber ustedes dos qué hacen? —confronta a los Gustavos, mientras ambos disimulan y sonríen con falsedad.  

—Ejem —dice el líder humano—. Nada… estábamos hablando.   

—¿Y se puede saber de qué?  

—Acá mi tocayo dice que se quiere retirar del Senado para escribir una telenovela porque la plata no le alcanza…  

—Sin plata no hay paraíso, Laurita —disimula Bolívar.

La señorita Laura es joven, pero no nació ayer y sabe que aquellos dos amigos algo se traen entre manos: nada menos que un I Phone 14, de los que todavía no venden en Circombia. Deduce sin esfuerzo que el propietario es Bolívar y lo compró en Miami.

Entonces se pone seria:

—¡Deje de alcahuetearle esas cosas, senador, que por eso es que el presidente no logra salir adelante! —lo increpa.

Pero el propio presidente es un aluvión de ansiedad que en ese momento revienta a presión, como una presa: 


—¡No puedo más! ¡Esto supera mi voluntat, mis tranquilidat, esétera! —solloza.  

Y por segunda vez en noventa días ordena a la Casa Militar que traigan la urna de Bolívar —“la de Simón”, aclara— para tomar su celular y lanzarse al vacío de unos trinos convulsivos, algunos de ellos escritos incluso con buena ortografía: confronta medios; da RT a tuiteros sin escrúpulos; torea opositores; avala cuentas de propaganda rusa. 

A la astuta Laura Sarabia se le ocurre entonces contactar a Elon Musk e inducirlo, con tacto, a que cobre veinte dólares mensuales por el chulo azul de las cuentas verificadas.  Sagaz, como ninguna, sabe que el precio del dólar seguirá por las nubes. Y que pagar por el uso de la insignia de verificación, con la moneda americana a cinco mil, obligaría al Gobierno a organizar una nueva reforma tributaria.  

También sabe que, sin el chulo celeste en la cuenta de su jefe, nadie —ni los ministros, ni los analistas de mercado, ni el embajador gringo— podrá saber si el autor de los trinos es el auténtico presidente de Circombia o si es cualquiera de sus imitadores. Por decir algo, Gustavo Bolívar.  

Imagino —o sueño, porque es un anhelo patriótico— que, liberado ya de la esclavitud del Twitter, el presidente invierte entonces el tiempo que dilapidaba en la pantalla de su celular concentrándose en su agenda: la cumple sin retrasos ni cancelaciones y recibe a todo aquel que lo necesite: incluyendo al embajador en Rusia, cuando recuerde si lo nombraron.

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Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: williamgiraldo@revistacorrientes.com