Los Danieles. El principal problema del gobierno

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Son las seis de la tarde y un frío sabanero recorre los pasillos de la Hacienda Presidencial de Hato Grande, lugar donde, por elección del doctor Mauricio Lizcano, mano izquierda del señor presidente, se llevará a cabo el primer retiro espiritual del gabinete para solucionar la falta de comunicación, el principal problema del Gobierno. La reunión no ha iniciado porque algunos suponían que era a las seis de la mañana, y otros a las seis de la tarde, y la otrora finca del general Santander es un desorden de personas que aguardan que comience.
 
—¿Podemos empezar ya? —exige, impaciente, el ministro Ocampo.
—Todavía no, creo que falta que llegue el director de Inravisión —advierte la ministra de Cultura.
—¿Inravisión todavía existe? —se extraña Ocampo.
—Pero hay una propuesta para fusionarlo con el Idema —responde la misma ministra.
—¿Qué falta, entonces, para que llegue el señor de Inravisión? —pregunta de nuevo el ministro Ocampo.
—Que lo nombren —dice el ministro Prada—: ya el presidente recibió una terna enviada por el Partido Conservador: hay que estar pendiente de la cuenta de Twitter —añade.
—¿Él nombra por Twitter? —pregunta, con angustia, un joven que parece asesor del algún ministro.
—Sí —le responde la ministra Irene—: ¿cómo te llamas tú?
—Arturo Luna.
 
Irene toma el celular y lo revisa.
 
—¡Mira! Te nombró ministro hace dos días —le informa, mientras señala su teléfono celular—. Y de las TIC: ese ministerio tiene un presupuesto como de diez mil billones, ¡felicitaciones!
 
El estratega Antonio Gutiérrez-Rubí, quien llevará la batuta del encuentro, invita a los presentes a que tomen asiento o a que tomen café, lo que prefieran, porque todavía falta gente por llegar.
—¿Alguien tiene una ruana? Estoy acá desde las seis de la mañana, me vine en la sudadera con que paseo al perro en el Virrey, y estoy muerta del frío —refunfuña la ministra Cecilia López.
En medio del barullo, la tarde termina de caer y la doctora Laura Sarabia —segunda mano izquierda del presidente— anuncia el inicio del encuentro.
El primero que pide la palabra es el ministro de Defensa.
—Yo sí quisiera saber cómo nos vamos a organizar, porque no es sino que uno diga que no habrá cese al fuego para que el presidente diga que sí.
—Hablando de fuego —pide la ministra Cecilia—, ¿no podemos prender la chimenea?
—Prendámosla y traigo la guitarra —dice, bohemia, la ministra Susana Muhamad.
La ministra Ariza se pone de pie y entona La Maza; algunos directores de departamento comienzan a unirse al coro, pero el estratega Gutiérrez-Rubí los llama al orden y pide silencio.
—Necesitamos —les dice— estar coordinados. Es una orden del presidente, acá presente.
La silla del presidente está vacía, pero Laura Sarabia toma el micrófono para aclararlo.
—El señor presidente está retrasado cuarenta minutos.
El general de la Policía pide entonces la palabra y se levanta:
— En el nombre de la Policía Nacional y de la sangre de Jesucristo que nos baña de gloria, pongámonos de pie y pidamos al Padre que ningún acto satánico haga daño a este gobierno ni ahora ni el próximo 31 de octubre, día de Halloween, cuando, Dios mediante, nadie se disfrace (salvo el señor presidente, en caso de que visite alguna región y le coloquen un sombrero).
El estratega Gutiérrez-Rubí toma de nuevo la palabra.
—Lo importante —pide— es que todos abramos un grupo de WhatsApp para que estemos coordinados.
—¿Más grupos de WhatsApp? —protesta la ministra Velasco.
“¡No más grupos de Whatsapp!”, comienza a corear, detrás de ella, la doctora Corcho; la propia Susana Muhamad e Irene Vélez se suman a los cánticos.
—¡Por favor! —las llama al orden el doctor Lizcano—: ustedes ya no son activistas sino ministras: ¡dejen de gritar! Y abramos el grupo.
—Pero solo se pueden mandar cosas de trabajo, no memes —aclara el estratega Gutiérrez-Rubí.
—A menos de que los memes sean de cierto personaje que fue presidente en el pasado: el que lo entendió lo entendió —añade el ministro Prada
La propuesta del WhatsApp es polémica y desata un extenso y desordenado debate general.
—¡Silencio! —pide de nuevo el estratega Gutiérrez-Rubí—. El que no quiera estar en el grupo, se entiende entonces con el señor presidente —amenaza.
—El presidente se demora un poquito más porque tiene una afección en la garganta, una tos alérgica —lo excusa la doctora Laura Sarabia.
—Yo propongo desfinanciar ese grupo de WhatsApp —anota la ministra Corcho.
—La evidencia científica demuestra que esos grupos son un arma eficiente para comunicarse —la contradice Alejandro Gaviria.
Tras los ventanales, varios campesinos ingresan a los predios de Hato Grande y templan carpas para armar asentamientos.
Un sargento ingresa afanosamente al salón y secretea al ministro de Defensa.
—¡Los campesinos exigen hablar con Francia Márquez! —les informa a todos.
La doctora Laura nuevamente toma el micrófono:
—Mejor lo consultamos con doña Verónica ahora que venga a entregarles unos souvenirs de su gira como alta consejera para la Asistencia a Funerales Internacionales.
—¿Y si pedimos a los invasores que nos paguen la factura del celular? —propone el ministro de Justicia.
—Ponlo en el grupo, porque el comisionado Danilo ya se fue a hablar con ellos y quién sabe con qué se va a comprometer.
Son cerca de las once de la noche cuando ingresa el canciller Leyva.
—Casi no puedo entrar —se disculpa—: rodeé los dos millones doscientos mil kilómetros del muro de Hato Grande y por poco no encuentro la puerta. Estaba ocupado en una cita para pasaporte.
—¿El canciller no tiene pasaporte? —se sorprende el doctor Lizcano.
—Pasaporte, el caballo del senador Alirio Barrera. Se quiere ir del país porque fue al Congreso y la gente de la bancada le pidió que reemplazara al senador Alirio.
—¡Ah, bestia! —exclama la ministra de Agricultura.
—¿El senador Alirio? —pregunta el canciller.
Con la noche ya avanzada, la doctora Laura toma de nuevo la palabra:
—El presidente no alcanzará a venir porque la caravana de Joe Biden colapsó la autopista norte —informa.
Pero, tan pronto como lo dice, ingresa el propio presidente. Para entonces solo quedan algunas personas en las carpas del jardín y la doctora Cecilia López, que ronca enfundada en su sudadera, al lado de la chimenea.

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