Los Danieles. El plagio, un pasatiempo

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

En un lugar de Colombia, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que se reunieron varios políticos de los de Prozac en pastillero, jugaditas antiguas, moral flaca y pactos de corredor. Intentaban llegar a un acuerdo para elegir nuevo contralor. 

Era la primera gran batalla del nuevo ejecutivo. Las fuerzas estaban divididas. Apoyaba la mayoría a María Fernanda Rangel, abogada cucuteña de la Universidad Externado. Solo unos pocos respaldaban a Carlos Hernán Rodríguez, jurista valluno de la Universidad Libre cuya carta poderosa era el aval del Gobierno. El jueves 18 fue la fecha clave. ¡Primer día de grandes choques! ¡Se fueron como un sueño las semanas transcurridas desde las elecciones! Para su consuelo, la doctora Rangel se repetía: “¡Mañana, mañana se termina todo!”. 

Y llegó mañana y empezó la reunión. Los protagonistas llevaban un tiempo acostándose temprano a fin de prepararse para el momento. Al cabo de un rato se notó que el acuerdo era ya un despojo de antigua decisión y habría nuevos tratos. Antes de dos horas César Gaviria se había volteado tres veces y ahora apoyaba a Rodríguez, al que debería haber derrotado. Pensé entonces que a veces somos tan móviles, tan móviles, como las leves briznas al viento y al azar. 

Días antes de que esto ocurriera publicó El Espectador un informe donde denunciaba que la doctora Rangel acarreaba un grave pecado profesional: su tesis no era original, pues transcribía partes de cinco trabajos ajenos sin indicarlo. Un experto en transparencia de textos académicos sometió el trabajo de grado a cotejos informáticos. Se sintió, puro, explícito, invencible, en el momento de responder:

—Plagio.

Lo insólito es que la acusación de plagio poco influyó en la derrota de la candidata, que se consumó de manera aplastante el jueves. La mancha de la abogada, que debería haber bastado para que se retirara o la retiraran de la contienda, fue solo una anécdota menor. Misiá Rangel estuvo a pocos días de ser elegida contralora con su pecado a cuestas. Pero en más de una ocasión sale lo que no se espera, y ese factor inesperado fue la presión del Gobierno, cuyo candidato arrasó.

Yo soñaba con que la demostración del plagio fuese la guillotina moral que cortara cabezas. Habría sido una lección de ética al país, a las nuevas generaciones. Muchos años después, habríamos podido recordar aquella tarde remota en que los padres de la patria nos llevaron a reconocer la virtud. Pero no pudo ser: los sueños, sueños son.

Ni este ni otros abusos parecidos han mostrado el poder de demolición que se esperaría de semejante acto de latrocinio intelectual. La anterior presidenta de la Cámara de Representantes, Jennifer Arias, sobrevivió a una tesis declarada oficialmente plagio por la universidad que le dio el cartón de abogada. Cuando estalló el escándalo no tuvo el decoro de renunciar y disculparse antes el país: solo anunció que aportaría documentos para probar su inocencia. Nunca llegaron. ¿Se perdieron? ¿Los devoró la selva?

Otro personaje que ha sorteado con éxito las acusaciones de plagio es el nuevo ministro de Transportes, Guillermo Reyes, señalado por copiar textos del magistrado Juan Jaramillo (q.e.p.d.). Quienes lo sindican son sus propios colegas y Diego, el hijo del copiado (ver Los Danieles, agosto 14/2022). Pese a todo, el presidente Petro lo sentó en su gabinete. En 2012, un campesino caucano hurtó unos cubitos de caldo de gallina en un supermercado; fue detenido y pasó casi seis meses en prisión, aunque estuvieron a punto de encerrarlo durante varios años en la cárcel de Cali. Pero si un jurista calca el escrito de un colega, lo nombran ministro.

¿Qué ejemplo es este para los estudiantes que todos los días tienen la tentación de copiar y pegar? Hay más severidad con la copialina en una escuela que en las altas cumbres del Estado. Si plagiar se considera apenas un pasatiempo, ¿sobre qué cimientos se edifica la honestidad intelectual de los jóvenes colombianos? ¿Creerán que también son aceptables la piratería y el contrabando, conductas del mismo linaje del fraude académico? ¿Cómo luchar contra la evasión de impuestos mientras se mira con indiferencia el asalto lucrativo al talento ajeno? Vivimos el mejor de los tiempos y el peor de los tiempos; la edad de la sabiduría y de la locura; de las creencias y de la incredulidad; de la verdad y la mentira.

Este y otros delitos livianos miden la alarmante lenidad de las instituciones. Para empezar, aunque el Código Penal prohíbe plagiar, reproducir y copiar, el plagio no figura por su nombre como crimen. Por otra parte, el artículo 270 exige, para castigarlo, un interés económico directo o indirecto del autor. Es tan difícil configurar el delito, que solo pude encontrar un caso sentenciado: el de una profesora a quien condenaron por usar textos de otros autores sin citar el origen.

Como en nuestro país se tolera el hurto intelectual y artístico, pronto aparecerá el sinvergüenza que se sienta autorizado para utilizar como suyas frases de Cervantes, Amici, Dostoievsky, Proust, Quevedo, Barba Jacob, García Márquez, Marroquín, Rivera, Dickens, el Tuerto López, Rubén Darío…

Sí: estas cosas dan ganas de llorar. Pero sucede que cuando quiero llorar no lloro y a veces lloro sin querer.

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