Los Danieles: El olor de la calabaza

Daniel Samper Pizano

Conviene meditar acerca de la incontenible propensión latinoamericana a bautizar a los niños con nombres raros o de personajes siniestros que los propios padres desconocen.

Por Daniel Samper Pizano

Una de las grandes noticias del 2020 en Rusia fue la llegada de Marx Lenin. Este hecho parece mentira en un país que nació bajo los principios del primero y el ejercicio político del segundo. Hay una explicación. Y es que Marx Lenin dos Santos Gonçalves es un joven futbolista brasileño a quien contrató un modesto equipo de la provincia de Oblast pensando más en el impacto del nombre que en su habilidad con el balón. Dos Santos confesó a la prensa que no tiene ni idea de quiénes son los señores Marx y Lenin, ni podría decir qué es el comunismo. Tampoco lo saben sus padres. El nombre fue sugerido por el obstetra que lo recibió hace veinte años no lejos de Brasilia.

A lo mejor Dos Santos logra superar la excentricidad de su gracia y se gana un lugar en la cancha por su talento. Así ocurrió con Stalin Rivas, uno de los mejores futbolistas venezolanos, y con nuestros compatriotas Stalin Motta, goleador, y Stalin Ortiz, alta figura del baloncesto. Todos superaron el inri que les clavaron en la pila bautismal. Pero ¿saben ellos quién fue el tenebroso genocida soviético? ¿Lo sabían sus padres? ¿Lo sabía el obstetra?

Shakespeare sugería que un nombre tiene tan formidable importancia que la rosa olería distinto si no se llamara rosa. ¿Triunfará Marx Lenin en Rusia, donde fracasó el marxismo-leninismo? ¿Habría acompañado la suerte en la Alemania nazi al colombiano Hitler Gómez o al peruano Hitler Pérez Rodríguez? En el trópico no los asistió. En 2019, Gómez murió arrollado por un bus de Transmilenio y Pérez cayó preso en Lima por tráfico ilegal de madera. Tampoco le fue bien a Rommel Fernández, estrella del fútbol panameño, fallecido años atrás en un accidente en España. Mucho mejor ha sido el destino de mi amigo y colega Goering Fernando Barrero, brillante periodista y gestor pese a cargar el nombre de uno de los más crueles comandantes del Reich hitleriano.

No soy agüerista, pero me pregunto a menudo si el dramático cambio onomástico que han sufrido Latinoamérica y Colombia en el último medio siglo es consecuencia de la insatisfacción social u obedece más bien al imperio de la imitación y la moda. Hitler, Goering, Rommel, Stalin… ¿Conocían los progenitores la trayectoria criminal de los personajes que sus hijos acarrean entre burlas y risas ajenas? Los taitas del deportista peruano Osama Binladen Jiménez sí lo sabían, pues llamaron a su hermano Sadam Hussein Jiménez. ¿Será que quienes adjudican a sus hijos nombres extranjeros de la televisión, en vez de confiar en tradicionales apelativos castellanos, imaginan que multiplicarán así las posibilidades de éxito de los chinos?

Estamos ante una forma de maltrato infantil. En Colombia se dirá que los padres que obran de tan cruel manera lo hacen en uso del “libre desarrollo de la personalidad” consagrado por la Constitución nacional. Pues que la desarrollen en su propio pellejo y se encasqueten el nombre que les venga en gana: Iscariote, Jezabel, Herodes, Nerón, Popea, Atila, Idi Amin… Pero que se abstengan de castigar así a los indefensos menores. ¿Dónde está el Instituto de Bienestar Familiar, que no combate semejante sambenito? Aceptar o cambiarse el nombre propio es potestativo de la víctima. Cosa distinta es rendir homenajes o lucir ingeniosos en cabeza del niño, pues será este quien pague luego la irresponsabilidad. Al buscar puesto, una Mercedes o un Pablo tendrán ventaja sobre una Dayana Macbeth o un Stalin. Además, una Jenniffery o un Willhemburg correrán constante peligro de extraviarse en las selvas informáticas, donde la falta o exceso de una letra condenan al limbo. El tema –influencia del nombre en una sociedad– merece ser materia de ensayos y tesis de grado. Apuesto a que es mucho más trascendental que lo que se cree.

Probemos.

¿Ustedes creen que tiene futuro un continente como el latinoamericano, donde los presidentes se llaman Lenin, Jimmy, Jeannine, Michelle, Nayib…?

¿O un gobierno como el colombiano, en cuyo gabinete han tenido asiento Nancy, Holmes, Jonathan, Gisela y Wilson…?

¿O una Selección Colombia donde brillan Stefan, William, John, Davidson, Wilmar, Edwin, James, Mateus, Jefferson, Duvan, Radamel Falcao y Roger...?

No digo que un Freddy no pueda triunfar: ahí están los ejemplos de Freddy Rincón y Freddy Guarín. Tampoco digo que una Caterine no pueda ser campeona mundial: ahí está Caterine Ibargüen. Ni que un nombre galés como Egan no nos llene de orgullo: ahí está Egan Bernal. Lo que digo es que si César Rincón se hubiera llamado Yohan Willington le habría costado más trabajo salir cuatro veces seguidas en hombros de la plaza de toros de Madrid. Igual ocurre con la rosa cuando alguien la llama calabaza.

Leve consuelo: los nombres raros o foráneos pululan en Colombia, pero a la cabeza continúan, según las autoridades, algunos tradicionales: Luciana, Fernanda, Santiago, Emanuel… Pasó la cosecha de Valentinas, Valerias, Sebastianes y Federicos. Finalmente, un consuelo mayor: es noticia falsa que en la costa hayan bautizado Pfizer a un bebé. En cambio, ya debe de existir alguna niña llamada Féik Nius.

ESQUIRLA1. Grandes sorpresas de la semana. El sol salió por el oriente y se ocultó por el poniente; el agua contenía dos átomos de H y uno de O; un fiscal de bolsillo pide precluir el proceso contra Álvaro Uribe; Duque hablará de la independencia de la Fiscalía. 2.Onomástica bochornosa. Nombre compuesto que acabaría con el decoro de cualquier bebé: Álvaro Iván Francisco Gabriel Ramón.

De nuestro decimero
“Ni más faltaba que reírse de un nombre sea delito”: Ramiro Bejarano.

Si en verdad fuera delito
reírse de nombres como
Tressor, Usnavy o Palomo,
Lindermán o Proculito,
Giselle, Wílber, Margarito,
Yobaiden, Email o Cilio,
ya estuviera en el exilio
medio país o en prisión
por el delito mayor
de reírse de Pompilio.

Pompilio Iriarte.
Decimero de Los Danieles

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