Los Danieles. El día que conocí a Petro

Daniel Coronell

Daniel Coronell

Hay muchas razones para estar en desacuerdo con Gustavo Petro. Hay buenos argumentos para discrepar de él. Lo que nadie sensato puede reprocharle es su condición de exguerrillero. Petro firmó la paz en 1990 y, pese a todo lo que ha pasado, incluyendo el asesinato de muchos de quienes fueron sus compañeros de armas –entre ellos el candidato presidencial Carlos Pizarro— jamás ha faltado a su palabra. Hizo la paz para siempre. Hoy les voy a contar cómo lo conocí cuando él estaba en la clandestinidad.

El martes 19 de abril de 1988 llegó a la redacción del Noticiero Nacional el periodista Raúl Benoit. Él trabajaba en el Noticiero Promec, que funcionaba en la casa del lado, y era un reportero de orden público muy reconocido. Semanas antes le había pedido que me ayudara a conseguir una entrevista con la guerrilla del M-19 porque sabía que estaban a punto de presentar una propuesta de paz al gobierno del entonces presidente Virgilio Barco.  Por aquella época yo tenía 23 años y por generosidad –y también algo de irresponsabilidad— de los directores Javier Ayala y Gabriel Ortiz era el jefe de redacción del Noticiero Nacional.

Benoit era un competidor feroz pero también un colega amable y quiso ayudarme. Un primer intento había fallado tres semanas antes. Me habían citado a las cinco de la mañana en el Desayunadero de la 42, un restaurante santandereano en la Avenida Caracas de Bogotá que permanecía abierto toda la noche a la espera de un borracho deseoso de revivir frente a un caldo de costilla y a una arepa cariseca.

Mi instrucción era llegar solo y con un periódico El Siglo debajo del brazo. Los camarógrafos no debían estar, los buscaríamos después. Llegué a las 4:50 de la mañana. Había otra mesa ocupada y pensé que eran mi contacto. Pedí un jugo de naranja. Cuarenta minutos después, los únicos otros clientes, un hombre y una mujer visiblemente amanecidos, se fueron. Esperé hasta las 7:10. En esas dos horas largas vi entrar y salir a decenas de personas pero nadie me dijo nada.

Ante la certeza de que el contacto no había aparecido, pagué la cuenta y me fui caminando hasta la sede del noticiero. Busqué a Benoit, quien aseguró que trataría de averiguar lo que había pasado. No supe de él hasta el 19 de abril –el mismo día que le daba nombre a esa guerrilla– cuando llegó a la redacción para decirme que, finalmente, los “del eme” me iban a dar la entrevista. Recuerdo que me comentó que efectivamente ese movimiento armado iba a entregar su propuesta de paz y que su fuente le informó que estaban considerando, como gesto de buena voluntad, devolver la espada de Bolívar que habían robado 14 años antes.

El contacto otra vez empezó como una carrera de observación. El sábado 23 a las 4:25 de la tarde –ni un minuto antes, ni uno después– debía buscar a una mujer joven de blusa blanca en la entrada del Teatro Palermo, no muy lejos del lugar de la fallida cita anterior. Sincronicé mi reloj con el 117 que daba la hora oficial y llegué a las 4:25 y cero segundos. En la entrada del teatro había al menos 10 personas, entre ellas no una sino dos muchachas con blusa blanca. Me dirigí con grandes zancadas a la que me pareció que podía ser, ella se asustó y empezó a caminar rápidamente hacia el otro lado. Volteé a mirar a la otra, que sonrió y me hizo una seña dando a entender que ella era la persona indicada.

En un Renault 9 del noticiero nos esperaban el camarógrafo Jaime Patrón, un sonidista y el conductor del carro. Ninguno de ellos sabía cuál era la historia que estábamos cubriendo. Y yo tampoco a ciencia cierta. Sin embargo, tenía claro que era 23 de abril y que cuatro días antes había sido 19 de abril, la fecha que le daba nombre al movimiento clandestino, y por eso pensé que el anuncio debía ser grande. Desconocía quién me iba a atender, pero creía que sería Carlos Pizarro, el jefe máximo de esa guerrilla. La muchacha no nos dijo nada, solo le daba instrucciones a quien manejaba.
Llegamos a un barrio de clase media en el norte de Bogotá a un edificio sin portero. Ella abrió la puerta y subimos en un ascensor diminuto hasta el tercer piso. Frente al 302 tocó con un ritmo especial y abrió otra mujer que tenía un bebé en brazos. No vi a nadie armado.

Nos hicieron sentar en una pequeña mesa de comedor sobre la cual había una caja de ponqué de cumpleaños, 34 años después me cuesta recordar si era de la Pastelería Toledo o de Cyrano pero seguro era una de las dos. La mujer del bebé me dijo que la entrevista la daría el miembro de la dirección nacional del M-19 Gustavo Petro. No usaron ningún alias para identificarlo.

Un minuto después, él salió de una de las habitaciones. Era un hombre de estatura media, pelo largo y extremadamente delgado. Traía un libro pequeño en la mano, creo recordar que era El Extranjero, de Albert Camus. Yo sabía que Petro había estado en la cárcel y     que denunció haber sido víctima de torturas a manos de los militares. Tuve la impresión de que era introvertido y no confiaba del todo en nadie. Hablaba en un tono de voz muy bajo. Me dijo que la entrevista no podía ser muy larga porque debía moverse rápido de ese sitio “por seguridad”.

Una de las mujeres trajo una gorra para que le ocultara a Petro parte de la cara cuando se encendiera la cámara. La cachucha tenía bordado el escudo de los Yankees de Nueva York, el equipo de beisbol de la ciudad, y él decidió cubrirlo con cinta de enmascarar. Después ella le pintó un bigote a Petro que no podía pasar por verdadero, mientras la otra muchacha armaba con tres pedazos de tela y un marcador una rústica bandera del M-19 que colgaron detrás de un sofá rosado, el mueble más grande del apartamento.

La situación, vista en la perspectiva de los años, era casi cómica pero en ese momento se podía sentir la tensión. Para romper el hielo pregunté quién estaba de cumpleaños, mientras señalaba la caja del pastel. Petro sonrió por única vez y contó que unos días antes habían cumplido “El eme y yo”. La guerrilla cumplió 18 años y él 28.

En la entrevista, Petro confirmó que el M-19 alistaba la presentación de una propuesta de paz. Reveló que el fin de semana anterior varios guerrilleros que trabajaban en la elaboración del documento habían sido detenidos en dos operaciones por el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, y que su arresto no estaba reportado judicialmente, por lo cual temía que fueran desaparecidos. 

Eran Jaime Bermeo, Fernando Erazo, Bertha de Erazo y Benjamín Muñoz. Cuando le pregunté sobre la entrega de la espada de Bolívar, Petro respondió con metáforas evasivas. Entendí que eso no iba a pasar.

El lunes siguiente, 25 de abril, contacté al general Miguel Maza Márquez, jefe del DAS, para incluir su versión sobre la afirmación de Petro en la entrevista. La respuesta de Maza fue breve “El DAS no tiene a ese gente”. Esa noche fue publicada la entrevista del guerrillero y la lacónica cita de Maza.

Consulté con una segunda fuente del DAS que nunca me decía una mentira pero tampoco la verdad completa. Recuerdo como si fuera hoy lo que me respondió: “Lo que mi general le dijo es cierto. El DAS ya no tiene esa gente”.

Tres semanas después el cuerpo de Jaime Bermeo fue encontrado en Tena, Cundinamarca. Tenía señales de tortura, una clavícula fracturada, el cráneo molido y 18 impactos de bala. Las otras tres personas jamás aparecieron. 

Volví a saber de Gustavo Petro con la firma de los acuerdos de paz en 1990 y como periodista he seguido su carrera política. A veces con admiración, como en los debates sobre la relación entre políticos y paramilitares. A veces con decepción, como cuando votó para elegir procurador general a Alejandro Ordóñez. Y a veces con franco escepticismo como cuando fue alcalde de Bogotá, con resultados que sigo considerando mediocres.
Muchas veces lo he criticado y debo decir que, pese a eso, nunca ha cortado la comunicación. He podido seguir hablando con Gustavo Petro a pesar de las discrepancias.

Tal vez hoy, 19 de junio, 19 otra vez, ese antiguo guerrillero sea elegido presidente de Colombia. Si así es, no la va a tener fácil. Arrancará con una buena parte del país en contra, empezando por la mayoría de los empresarios y los militares. También tendrá que convencer a la comunidad internacional de la bondad de sus planes. 

Confío en que, si es elegido, entenderá que debe gobernar para todos incluso para quienes lo detestan, crear confianza, reunificar al país y trabajar para mejorar las condiciones de vida de todos los colombianos.

Estos 34 años que han pasado desde que lo vi por primera vez, me han servido para entender que Petro, con sus altas y sus bajas, es ante todo un sobreviviente.

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Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo williamgiraldo@revistacorrientes.com

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