Los Danieles. Cuando Bogotá tenga metro

Daniel Samper Ospina

Daniel Samper Ospina

Madrugué el sábado para llevar a mis hijas al plan más trascendental al que podían asistir en su breve vida de niñas bogotanas: 

—¡A despertarse! —les ordené—. ¡Hoy es un gran día!

—¡Son las seis de la mañana! —se quejó la mayor.

—Pónganse el vestido más elegante que tengan: nos vamos a conocer el metro de Bogotá —elevé la voz con emoción.

En lugar de celebrar la noticia con gratitud y alborozo, como esperaba, se dieron vuelta en las cobijas y se entregaron a una profundidad de ronquido y boca abierta como solo se observa en el Congreso, del que fueron emergiendo poco a poco en la medida en que escuchaban el conmovedor discurso que improvisé. 

Sí. Porque justo ahí, mientras ambas se revolcaban en las últimas hilachas de sueño, les comenté que el primer recuerdo que guardo del metro de Bogotá data de 1987 y que perdura vívido en mi memoria porque por entonces tuve que hacer una exposición para la clase de Sociales en el colegio. Recuerdo la cartelera, el artículo de primera plana que recorté de El Tiempo, el título a ocho columnas de “Bogotá tendrá metro en tres años”. Lo firmaba —lo puedo ver- Germán Castro Caicedo. El presidente Barco había pactado entonces con el alcalde Julio César Sánchez la construcción de la primera línea para zanjar, de una vez y para siempre, la promesa incumplida de la firma Apron, una constructora que inició estudios para hacer lo mismo en 1967, contratada a su vez para adelantar las obras nunca ejecutadas de otra empresa de los años cincuenta. Y así sucesivamente, hasta el comienzo de los tiempos, porque los primeros estudios del metro de Bogotá son de la era paleozoica y los encargó Jaime Castro en sus años mozos. 

En los noventa Ernesto Samper dejó de construir el metro y Andrés Pastrana dio continuidad a esa medida en el primer y único trabajo mancomunado de aquellos dos gobiernos. A Uribe el metro le importó tres huevitos. Posteriormente Santos entregó a Petro un cheque simbólico y Petro entregó a Peñalosa un metro simbólico, y Peñalosa decidió simbólicamente que el riel debía ser elevado, como el dólar, y no subterráneo, como el peso, y Petro pidió a Claudia López que de nuevo fuera subterráneo, como quería Hollman, que suele posar a la cámara con la ceja elevada. Como el metro.

Pero la misma Claudia López había logrado aterrizar al fin el primer vagón real y yo podría compartir el privilegio de conocerlo con mi esposa y mis hijas: con las mujeres que dan sentido a mis esfuerzos y en cuyo futuro, snif, viajan desde ya mis nietas y toda la descendencia que podrá vivir, al fin, en una ciudad digna, en una ciudad con metro, rematé con la voz temblorosa mientras mis hijas, ya despiertas del todo, me abrazaban con ternura y llorábamos en familia.

Las escenas de la solemne inauguración del primer vagón, instalado por orden de la alcaldesa en el Museo de los Niños, resultaban emocionantes, y queríamos vivir juntos aquella misma experiencia.  

Ya era mediodía cuando, tras las dos horas de trancón, y el largo ingreso al museo, pudimos verlo: al fin, sí, ahí estaba. Los sueños se cumplen. Ante nuestra mirada se abría como un amanecer aquel vagón hermosamente verde y hermosamente amarillo como si, más que una máquina del futuro, se tratara de un jugador del Deportes Quindío. Aunque menos rápido. 

Recosté entonces el brazo sobre el hombro de mi esposa y les dije a mis hijas que fueran libres, que corrieran plenas, y observé conmovido cómo se lanzaban a recorrer el vagón. 

Tardaron, exactamente, 47 segundos.

—¿Y? —dijo la menor—. ¿Esto es todo?

—¿Te parece poco? —le respondí.

—¿No se mueve? —protestó la mayor. 

—En Bogotá los carros tampoco se mueven y nadie se queja de ellos: deja de molestar por los detalles —la corregí.

—¿Y por qué no lo pusieron en Divercity? —preguntó la menor.

—Pues porque seguramente el secretario de Movilidad hizo un estudio y concluyó que este era el mejor lugar.

—¿Y por qué no lo usan para vender perros calientes y así la alcaldesa gana plata? —sugirió la mayor.

Resultaba evidente que la emoción con que yo asumía el momento histórico contrastaba con su decepción. Sobre todo de la menor. Y entonces me acerqué a ellas y senté a la menor en las rodillas, mirando a la ventana, y comencé un nuevo viaje.

—Cierra los ojos y que la imaginación nos guíe —le pedí. 

Y así, mágicamente, bajo la narración de mi propia voz, los entornos se difuminaron, y el carruaje entero se arrancó pesadamente del piso y voló hasta encajar en un reluciente riel aéreo, un riel real sobre el cual lo observábamos todo:

—Miren esas personas que hacen esa fila para pasar ordenadamente por el torniquete — señalé mientras observaban maravilladas.

—¿Qué sucede allá? —preguntó la mayor.

—Es la estación “Mi muñeca”: detrás de los tulipanes del andén, una banda de jazz ameniza la espera, que jamás se prolonga…

El sol brillaba en las montañas y por el parlante una amable voz de rola nos advertía que tuviéramos cuidado con las manos, porque ingresaríamos en un túnel.

—¿Por qué se vuelve subterráneo en esta parte, papi? —preguntó la menor.

—Porque así lo quiso el presidente —le respondí—, y aportó para cumplir su deseo cinco billones de pesos.

—¿Y eso es mucho?

— En dólares muy poco, pero miren lo que va a suceder dentro de dos cuadras porque el metro sale de nuevo a la luz, desde la calle 72, y podremos ver los venados que dejó Peñalosa.

Un arcoíris se abría reluciente sobre la Avenida Chile y justo cuando una familia de ardillas nos decía adiós desde un árbol del ordenado separador, el vigilante nos pidió desalojar para que más bogotanos pudieran conocer su metro, el primer metro real, el primer metro que no era un render, y regresamos al estrellón de la realidad.

En el trancón de camino a casa les hice un llamado a la fe: seguro cuando el alcalde de Bogotá sea Nicolás o el otro Nicolás conseguirán estrenar los demás vagones del metro. Siempre y cuando el hijo de Miguelito Uribe no lo eche para atrás una vez se posesione con la idea de que regresen de nuevo a los planos fosilizados que dejó Jaime Castro. 

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