Los Danieles: Avaricia moderna

Daniel Samper Pizano

Por Daniel Samper Pizano

Por intensa que haya sido, la pelea entre Residente y J Balvin no pasará a los libros de historia. En cambio, hay dos hechos ocurridos en el último medio siglo que ya lo hicieron: la llegada del hombre a la luna en 1969 y la pandemia del 2019. Estos dos acontecimientos de trascendencia incomparable han permitido medir el vigor ético de la humanidad. Se supone que la llegada a la Luna iba a inaugurar una nueva era de fraternidad y que la pandemia estaba llamada a excitar la solidaridad entre más de siete mil millones de terrícolas amenazados por un mal universal.

Los habitantes de este planeta en demolición fracasamos en ambas pruebas. Lejos de constituir una especie de nuevo bautizo ecuménico, el polvo lunar precedió a nuevas guerras y nuevos odios. Millones de muertos han quedado tendidos en campos y ciudades como productos de ataques, atentados terroristas y bombardeos en las últimas cinco décadas. Ahora se juntan nuevos y viejos modos de exterminar, como los aviones comerciales que derribaron las Torres Gemelas, los drones que alguien detona desde una oficina o armas de museo al estilo de las flechas que causaron cinco muertos en Noruega el jueves. La Luna no produjo, pues, ese “gran salto para la humanidad” que auguró Neil Armstrong el 20 de julio de 1969.

Tampoco la pandemia despertó la solidaridad entre sus víctimas. Por el contrario: desató el auge de la rapiña y el bazar de las desigualdades. Los países ricos demostraron el violento poder del dinero al acumular muchas más dosis de la vacuna que las necesarias para inmunizar por completo a su población. Mientras tanto, los habitantes de las naciones de escasos recursos han caído inermes en garras del virus, la pobreza que acentuó y el atraso que trajo. Hace más de dos meses la Unión Europea superó la cifra del 70 por ciento de ciudadanos vacunados y América del Norte la del 59 por ciento. En cambio, solo el diez por ciento de los africanos han recibido el pinchazo salvador. Covax, organismo plurinacional que iba a repartir los fármacos con pulso ecuánime, denuncia que los países ricos casi monopolizan las vacunas y se olvidan de sus semejantes.

El personal médico y paramédico ha sido extraordinario ejemplo de servicio y dedicación en tiempos de la pandemia y resultan admirables los científicos que produjeron una docena de vacunas en pocos meses. Pero es triste reconocer que ni la justicia ni la fraternidad han sido en algunos laboratorios los motores de lucha contra el enemigo común, sino el afán de lucro y el enriquecimiento veloz y desmedido. Tal es el caso de la vacuna Moderna, posiblemente la mejor contra el covid-19, que, según informe de The New York Times, vende su producto “casi exclusivamente a las naciones ricas mientras deja esperando a las pobres y se lleva miles de millones en utilidades”. De acuerdo con la ONG australiana Aftinet, producir una dosis cuesta al laboratorio US$1,20. Y como Moderna se las ingenia para pagar famélicos impuestos desde paraísos fiscales, sus beneficios oscilan entre el 43 y el 69 por ciento. El trimestre abril-junio de 2021 le dejó en caja 2.800 millones. Un analista financiero calcula que accionistas y socios de Moderna se embolsarán en un año US$ 14 mil millones.

Producida en Estados Unidos con ayuda financiera oficial, la empresa es ruin modelo de avaricia. “Se comporta como si no tuviera más responsabilidades que maximizar sus ganancias”, dice Tom Frieden, célebre físico gringo. Por eso casi todos sus clientes pagan sumas extraordinarias y sus precios se gradúan de acuerdo con la riqueza y las necesidades de clientes: el clásico índice SEM (Según el Marrano).

Colombia es el más explotado de esos marranos. Nuestro gobierno reconoce que Moderna ha sido la vacuna más cara que compró: 10 millones de dosis a razón de US$30 cada una. En contraste, cancelamos 12 a Pfizer y 6 a AstraZeneca. A ningún país le ha cobrado la empresa una tarifa más alta. Botsuana pagó 29, Tailandia 19, Estados Unidos 16.50 y la Unión Europea 25.50. 

¿Quién negoció a nombre de Colombia y cómo logró Moderna clavarnos el precio más alto que se ha pagado en el mundo? Difícil saberlo, porque estos trámites se cumplen en secreto casi absoluto y ni siquiera responden por la salud del cliente. He ahí la cucharada de solidaridad humana que nos deja la pandemia.

¿Disculpas?

Un lector me exige aclarar, siendo como soy colombiano y español, cuál es mi posición ante el 12 de octubre y la llegada de Colón a tierras americanas. Responderé como, según la leyenda, lo hizo el líder chino Zhou Enlai cuando el canciller gringo Henry Kissinger le preguntó en 1972 por las consecuencias de la Revolución francesa en Occidente: “Es muy pronto para saberlo”. Antes de decidir si, en mi calidad de español, debo ofrecerme disculpas como colombiano por el descubrimiento y la conquista, prefiero esperar otras liquidaciones. Me pronunciaré cuando en Colombia los panches hayan ofrecido disculpas a los sutagaos y los chibchas; los chichimecas a los guachichiles en México y los latinos a los celtíberos en España. De todos modos, mi cariño por el castellano constituye una buena pista sobre lo orgulloso y cómodo que me siento de mis antecedentes españoles… 

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