Los Danieles. Algo va de Juan a Iván

Enrique Santos Calderón

Enrique Santos Calderón

El nombramiento del jurista Iván Velásquez Gómez como ministro de Defensa es la decisión más delicada y audaz  anunciada hasta el momento por el presidente electo.

Delicada porque toca fibras muy sensibles dentro de las Fuerzas Militares con las que el abogado Velásquez ha tenido no pocas fricciones. No deben de estar nada contentas con esta designación.

Audaz porque coloca a la cabeza del sector defensa a un incondicional aliado de los derechos humanos que denunció repetidamente los excesos militares en la lucha antisubversiva. Como magistrado auxiliar de la Corte Suprema, Velásquez lideró investigaciones sobre la “parapolítica” que condujeron a la condena de más de cincuenta congresistas y a agrios enfrentamientos directos con Álvaro Uribe, que en más de una ocasión lo tildó de amigo de la guerrilla.
 
No ha sido pues un nombramiento puramente diplomático, como el de Gilberto Murillo en la Embajada de USA (muy bien recibido en Washington por lo demás), o el simbólico y singular de tres líderes indígenas en Naciones Unidas y en la dirección de las Unidades de Víctimas y de Restitución de Tierras. Emociona ver a miembros de la Colombia olvidada en cargos de tanto significado.

Pero una figura como Iván Velásquez en Defensa va más allá. Es un nombramiento con explícito mensaje y contenido, cuyo impacto está por verse. Cabe esperar que el futuro ministro, un hombre estructurado y serio, logre conectar con la cúpula militar venidera para facilitar cambios en una institución castrense que necesita dejar atrás doctrinas de seguridad nacional basadas en el concepto del “enemigo interno” y la risible amenaza “castrochavista”.

¿Y qué pensarán generales y coroneles? No es factible que les haya gustado aunque ninguno en servicio activo dirá una palabra. Los oficiales retirados de Acore sí han hecho saber que el nombre de Iván Velásquez les resulta desconcertante y los llena de inquietud, pero que las Fuerzas Armadas acatan las órdenes del ministro que sea, pues los militares deben obedecer a los civiles por Constitución.  No es de extrañar la preocupación del influyente gremio de oficiales retirados, pues hace muchos años está manejado por recalcitrantes enemigos de todos los procesos de paz. Reconforta en todo caso que reafirmen una lealtad constitucional que han mantenido desde hace setenta años.

Con este nombramiento Petro “se dio una pela”. Aprovechó que está en pleno auge político y popular para jugarse una carta que más adelante le podría resultar más complicada. Y si le funciona, si se logra que el compromiso de un jurista como Velásquez Gómez con los derechos humanos impregne a toda la institución armada, pues habrá sido una decisión providencial.

Hay quienes piensan que una personalidad así resultaba más útil —o menos desafiante— en el Ministerio de Justicia u otra rama del vasto aparato judicial colombiano, tan inflado como carente de funcionarios con comparable trayectoria. Pero el presidente electo se jugó esta carta y pronto veremos si fue la correcta.

Es de prever que habrá cambios en la cúpula de las Fuerzas Armadas, pero no burdos intentos de politización o purga como los que ensayó este gobierno, a instancias del uribismo, con los militares que respetaron el proceso de paz, que era en fin de cuentas una política de Estado.

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En su discurso de despedida Iván Duque hizo énfasis en que su gobierno respaldó “con decisión” a la Jep y a la Comisión de la Verdad, lo que suscitó las más ruidosas protestas durante su abucheada alocución del 20 de julio. Debo decir que no había visto una instalación de Congreso tan despelotada y caótica (y he visto muchas). Destacables la diversidad de fuerzas étnicas y sociales, el colorido, la renovación generacional y  la presencia femenina y alternativa, pero menos el  zafarrancho que le armaron a Duque. Me hizo pensar en el que le tocó en 1970 al presidente Carlos Lleras Restrepo, cuando su discurso fue saboteado por la Anapo de Rojas Pinilla, le llovieron insultos de grueso calibre y la Policía ingresó al Congreso para llevarse a los anapistas más energúmenos.

Podría pensarse que hasta cierto punto Duque se la buscó, con un discurso veintejuliero lleno de inexactitudes y de vainazos innecesarios al gobierno entrante. Pero será la historia la que juzgue con más tiempo y perspectiva el mandato de quien llegó al poder en nombre del Centro Democrático y con el patrocinio del “presidente eterno”. Como se recordará, hace cuatro años este (Uribe) trinó contra el presidente saliente durante toda la instalación del Congreso y todo su discurso de despedida.

La diferencia es que el mandatario anterior salió entre aplausos mientras el actual lo hizo en medio de rechiflas.  “Mucho va de Pedro a Pedro”, como dice el refrán en el Quijote. O, en este caso, de Juan a Iván.

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