Los Danieles. Aires de reina

Daniel Samper Pizano

Daniel Samper Pizano

Espero que ya haya sido sepultada Isabel II de Inglaterra, que reinó durante cerca de 26.000 días, buena parte de ellos desde su real féretro. Qué agotador el espectáculo sentimentaloide, reaccionario, hipócrita, discriminatorio y derrochador que invadió al mundo al fallecer esta dama; lamenté que la divinización de quien cumplió con su deber en condiciones de privilegio nos devolviera a épocas ya superadas.

Encontré, como muchas veces me ocurre, que quien mejor interpretaba mi punto de vista era un gran humorista: Mark Twain (1835-1910), escritor y periodista gringo, autor, entre otros libros fundamentales, de las aventuras de Tom Sawyer y de Huckleberry Finn. Samuel Langhorne Clemens, su verdadero nombre, se definía a sí mismo como antiimperialista, republicano, demócrata, revolucionario, masón y radical. No habría llorado en el sepelio.
¿Cuántos siglos nos ha hecho retroceder el pomposo funeral de Isabel II en la formación de una conciencia colectiva basada en la igualdad y la sencillez? ¿Qué silenciosa apología de la aristocracia de cuna y las aberraciones a ella debidas? Muchos olvidan que a todos, desde las reinas hasta los mendigos, nos obligan la solidaridad y la hermandad igualitaria. Al final, átomo por átomo somos el mismo barro.

Un incidente ocurrido en 1601, bajo el reinado de Isabel I de Inglaterra (1553-1603) y recogido en breve libro, demuestra nuestra humana condición. Se titula en inglés Conversación en torno al fuego en tiempo de los Tudor. Explicación necesaria: Isabel II no desciende de Isabel I (que, de hecho, murió virgen y sin dientes, lo que quizás explica su castidad); son parientas lejanas, pues pertenecen a dos familias distintas (Tudor y Windsor) unidas por diversas maromas genealógicas. El impreso, tan procaz como gracioso, relata una ilustre velada presidida por Isabel I en su castillo. Acuden a ella, entre otros personajes coetáneos, el escritor William Shakespeare, el noble corsario Sir Walter Raleigh, el filósofo Francis Bacon, el dramaturgo Ben Johnson y Lady Margery, dama de compañía de la reina. Época: la misma de Cervantes, Quevedo y Lope de Vega en España y el sanguinario Doctor Sande en la Nueva Granada.

Relata el libro en su inglés antiguo que, estando en plena reunión, “escapósele a alguien un gas potente y de repulsivo olor que provocó la risueña sorpresa de todos”. Dijo Su Majestad: “En mis sesenta y ocho años no había escuchado nunca un cuesco de este porte… Ruego al autor que reconozca su fruto”.

Uno a uno los asistentes se pusieron en confesión.

Lord Bacon: Mis entrañas no habrían podido expeler este prodigio, ni aunque placiera a Su Gracia.

Shakespeare: Me pongo en manos de Dios y proclamo mi inocencia.

Lady Margery: Si en mis ya viejos intestinos cupiera tan tonante viento, no podría yo descargarlo y seguir con vida.

Cada interlocutor negaba ser origen de la infame ventosidad; el círculo se cerraba y todo acusaba a la reina, que era, en realidad, la artífice del pavoroso pedo. Solo faltaba por hablar Sir Walter Raleigh el noble predilecto de Isabel, que entendió cuál era su dura misión: mentir para salvar el prestigio de la soberana, 

Sir Walter: Me avergüenza confesar que he cometido esta horrible falta en su augusta presencia.

El relato de aquella noche “toda llena de perfumes, de murmullos y de música de alas”, se conoció en 1880, al publicarse el libro en microedición de cuatro ejemplares. Durante largo tiempo permaneció prohibido y mantuvo riguroso anonimato. La biblioteca de la Universidad de Harvard tenía uno, y en 1980 aún era preciso cumplir severos requisitos para acceder al censurado volumen. En 1978 se imprimió una edición de 2.000. Pero todo cambia. Hoy es posible hallar el relato en internet y comprarlo por US$ 21.99.

Se sabe ya, por documentos del autor, que es una falsa obra del siglo XVII. Fue escrita en 1876 por Mark Twain (¿quién sino él?) para tomarle el pelo a la realeza.

Agobiados por el ditirambo fúnebre, es hora de repetir lo que la anécdota ficticia proclama: que Isabel I, Isabel II y todos los reyes y aristócratas del mundo no poseen mejor sangre ni sistema digestivo a prueba de escapes. Tienen lo mismo que el resto de los mortales y están expuestos a los mismos percances. No somos nada. Somos polvo. Somos agua. Somos aire. Como cualquier Isabel.

Discurso pétreo

Previsible recepción la del discurso de Gustavo Petro en la ONU. Mientras algunos de sus áulicos la consideran la más trascendental presentación internacional de un presidente colombiano, la oposición embiste al orador y sus palabras. En un país tan polarizado como el nuestro es posible adivinar con el 97 por ciento lo que dirán los políticos. En el colmo de la incoherencia, Pacho Santos lo llamó incoherente. En el colmo de la arrogancia, Enrique Peñalosa lo llamó arrogante. Y Andrés Pastrana, muy recordado por sus vergonzosas amistades internacionales, dijo que el discurso era “una vergüenza”. 

Apartes gramática y modestia, pienso sobre el discurso de Petro: 1) Que fue más importante de lo que en general lo ha considerado la prensa no colombiana. 2) Que no dijo nada nuevo, pero que lo dijo de otra manera: directo, en tono de confrontación y con el peligro de enredar el lenguaje lírico con el formal. 3) Que expuso verdades innegables ya advertidas por la ciencia, como la inexorable marcha de la humanidad hacia su extinción y el veneno ambiental que representan los combustibles fósiles.4) Que denunció en forma más aguerrida lo que otros líderes del Tercer Mundo han dicho: que las sociedades disfuncionales se refugian en la droga y solo la legalización expulsará de su comercio el afán de ganancias. 5) Que la acumulación golosa de riqueza y el consumo desmadrado envilecen y dividen. 6) Que existe una subordinación menesterosa de nuestros países hacia los intereses de las economías desarrolladas.

A ver quién se atreve a negar estas verdades, duras como piedras.

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