Los Danieles: A Dios rogando y contratos dando

Daniel Samper Pizano

Por Daniel Samper Pizano

La mano de Dios se ha metido de lleno en el Estado colombiano, y no propiamente para bendecir a los ciudadanos sino para otorgar beneficios económicos. Cuando uno ve el desparpajo con que la pareja de Andrés Mayorquín y Karen Vaquiro —él desde la presidencia de la República y ella desde una empresa fabricada a propósito— logra contratos multimillonarios con entidades públicas, se pregunta si son acaso excelentes profesionales que han vencido en juego limpio. La respuesta es: no. El mensaje al alcalde de Cartagena en que Mayorquín recomendaba a su esposa para la adjudicación de un contrato contiene catorce faltas de ortografía o gramática en solo 68 palabras. Una profesora de Español a quien mostré el mensaje afirma que “un niño de doce años habría perdido la materia si presenta esto como examen”. Sus hojas de vida tampoco impresionan: en este país a nadie se le niega un diploma.

¿Cómo logró un personaje con tan precaria preparación convertirse en alto funcionario de la presidencia? La respuesta llega de lo Alto. Mayorquín y señora son producto de una red de empleados públicos que proceden del poder político de Iglesias cristianas y sostenemos los laicos con nuestros impuestos. En el caso de Mayorquín, entró a trabajar al Congreso bajo el ala de un senador que reunía la doble condición de líder uribista y pastor de la Misión Carismática Internacional, empresa teológica de la familia Castellanos. De allí saltó a la Misión de las Naciones, cuyo profeta es el caleño John Milton Rodríguez. Apoyado en la fe en Dios y, sobre todo en las palancas de Rodríguez, el devoto cristiano pasó a la Casa de Nariño como asesor de María Paula Correa, la que mangonea en esos predios. 

No es, por supuesto, el primer monaguillo que ingresa a la burocracia. Ya un gobernador del Valle había acomodado una fuerte cuota religiosa en su gabinete y el gobierno de Uribe, tan beato en tantos credos, tuvo como embajadora en el Brasil a la avispada obispa Claudia de Castellanos. Su pésima gestión hizo historia. Duró menos de un año y se dedicó a menesteres pastorales. 

Al igual que en otras naciones de América Latina, las Iglesias cristianas revelan constante avance en Colombia. Eran una manotada en 1950 y hoy están inscritas 6.000, algunas de ellas con sede en garajes y peluquerías. Según estudio de William Mauricio Beltrán, en 1973 oraban 120.000 protestantes; hoy son más de seis millones. Su poder político progresa a ritmo menor que su expansión entre el pueblo, pero cada vez cuentan más para coaliciones. En el Congreso que se elegirá este año aspiran a tener entre nueve y doce senadores. Además, han penetrado hondamente en el mundo del deporte; numerosos futbolistas y atletas realizan ostentosos gestos de veneración religiosa y, aleccionados, agradecen al Señor por sus triunfos. (No he logrado saber ante qué deidad debe quejarse el que pierde). La televisión y la simpatía popular de los deportistas ensamblan una maquinaria publicitaria divina que ayuda a llegar al cielo… y al poder terrenal en forma de puestos, contratos, ayudas económicas y curules.

Durante casi dos siglos Colombia padeció el yugo del Partido Conservador y la Iglesia católica. Pagamos con décadas de atraso social la prepotencia de estas dos fuerzas regresivas. Sin embargo, y salvo las promesas de gozar del Más Allá, el auge de otros credos no ha representado una mejoría para los pobres y oprimidos. Los agrupa, pero no los redime. Sostiene el analista político Ariel Ávila: “Los pastores decían que combatirían la corrupción o la política tradicional, pero en la realidad hacían exactamente lo mismo”. 

Desde hace cerca de 50 años, a medida que decae la influencia del Dios de los católicos ganan vigor las iglesias protestantes. En 1973, su presencia en el panorama religioso era mínima y en el político simplemente no existía. Ahora negocian con ellos desde Uribe y Duque hasta Gustavo Petro, cuyas fotografías con el protropastor costeño Alfredo Saade y su Movimiento Evangélico Progresista indican que el Pacto Histórico ya incluye hasta la historia sagrada.

La Constitución del 91 consagró a Colombia como Estado laico y predica el derecho de cada quien a profesar libremente sus convicciones religiosas. Dicho en forma brusca, lo que pretende, en aras de la igualdad de los asociados, es expulsar a Dios de los códigos y las actividades estatales. Lamentablemente, esto no se ha entendido como una medida para cerrar las puertas a cualquier teología oficial, sino como una barra libre para que entren todas. Por eso tenemos en pleno ejercicio político, con sus habituales corruptelas y clientelismos, a dómines católicos y protestantes que manejan cuotas de poder y exhiben altares y símbolos píos como los que entronizó en la Procuraduría el nefasto y medieval doctor Alejandro Ordoñez. Con el mismo derecho pueden aspirar a vivir del erario ayudados por manos celestiales los judíos, musulmanes, brahmanes, hindúes, budistas y, con mejores títulos, los dioses indígenas criollos: Chibchacún, Serankua, Viracocha y compañía.

La única solución a este asalto es cerrar el paso a las palancas religiosas como vía para ganar puestos y contratos. Y eso se logra más con indignación cívica y protestas que con decretos.

Esquirlas. 1. Elza. Acaba de morir la más popular cantante brasileña, Elza Soares. En mi reciente libro Locos lindos encontrarán la fascinante historia de amor, dolor, fútbol y música de ella y Garrincha. 2. Tú solo tú. Muy desnaturalizado ha de estar el español en nuestro país, antiguo espejo de corrección lingüística, para que, en la solemnidad de una audiencia pública de juzgado, el fiscal tutee al reo y el juez no lo reprenda: “Tú mataste a tu mamá, tú le clavaste el cuchillo a tu hermano”.

Sobre Revista Corrientes 5484 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo williamgiraldo@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*