Llegó la navidad

Pesebre navideño Foto soycurioso.com

Por Oscar Domínguez Giraldo

En Navidad perdíamos la virginidad teológica. Esto ocurría cuando el chinche  más listo de la cuadra descubría –Cristóbal   Colón de pantalón cortico- quién era el Niño Dios. Contaba por partes el hallazgo para que le durara la dicha de saberlo antes que  los demás pobres ignorantes. Los juguetes que había traído el Niño pasaban momentáneamente al cuarto de san Alejo.  

El papá en paños menores había quedado en evidencia.  Quedaba claro que era el suplantador del Niño Dios. El secreto mejor guardado había sido develado por un Sherlock Holmes en miniatura.

El hombre de internet aligeró al Niño de la tarea de regalar. Lo dejó  para hacer milagros en santuarios como el del  20 de Julio, en el sur bogotano. Claro que la especie humana sigue regalando como nunca pero sin atribuirle la paternidad al que reparte dones.

La competencia de papá Noel es cada día más grande. A los bajitos poco les importa el quién sino lo que regalan. Pragmatismo ante todo.

Quienes oíamos hablar de la nueva identidad del Niño simplemente no lo creíamos: el Niño Dios era el Niño Dios, así como el conejo que saca el mago de un sombrero es un conejo.

Los inmortales de diciembre

El año valía la pena por la llegada de la tierra prometida de diciembre. Tenía -tiene- ese mes el encanto de una mujer fatal. Navidad nos hace sentir inmortales. En estos días vivimos como en una deliciosa patria boba sentimental en la que está prohibido aburrirse. De la que nadie quisiera salir. Nos aferramos a diciembre como el náufrago a su tabla de salvación.  

Lo que a nadie se le ocurría era inaugurar diciembre desde agosto, como se estila en estos tiempos. Eso haría perder el encanto. Pocos, ni antes ni ahora, desean pertenecer al club de Ebenezer Schrooge, el gruñón personaje de Dickens que desde junio empezaba a detestar la Navidad.

Era tan insólito anticipar diciembre como comer buñuelos en enero o febrero. Menos aún si se consume en matrimonio con la natilla. Todo buñuelo tiene su tiempo bajo el sol. La modernidad gastronómica nos ofrece buñuelos en cualquier parte, cualquier día.  

Buitrago era (es) Buitrago pero en esas fechas. En otro mes,  es disonante. Como el pavo que solo llegaba al estómago en Navidad. Si no era el pavo era el pisco, o la proletaria gallina, salvo si la madre tenía otro bebé porque el pato de la recuperación lo pagaban las aves de tacaño vuelo sin importar el mes del “acigüeñizaje”.

Las viandas se intercambiaban entre familiares y amigos: “Que mi mamá que le manda que estos buñuelos que devuelva la bandeja…”, recitábamos los mandaderos que esperábamos alguna propina a cambio.

Los reyes del colesterol

En diciembre, en las fincas había marranicidios consentidos. Todavía escuchamos  los desgarradores lamentos de los reyes del colesterol cuando les entraba la puñalada trapera. La gente, con tragos, aplaudía en esta versión criolla del circo romano. El marrano moderno muere casi que eutanásicamente, con una cierta sonrisa. No le duele una muela.

Las más sofisticadas matadas de marrano incluían defensor y acusador. Hice varias defensas en casa de mis abuelos en Santa Bárbara, Antioquia. Siempre perdía el “juicio”. Pero era el primero en entrarle a los chicharrones. Lo “abogado” no quita lo amante del colesterol.

La almohada era no solo nuestra confidente. Lo sigue siendo. Sabíamos que solo debajo de ella, aparecerían los regalos. Ahora, si el regalo era de mayor cuantía, un triciclo, por ejemplo, era obvio que el Niño, por más Dios que fuera, no lo podía acomodar debajo de la almohada. Siempre se las arreglaba. De algo tenía que servirle ser Dios. Los presentes los compran hoy entre regalador y regalado que impone las condiciones.

En  el regalo se reflejaba el estrato de la familia. Lo de estrato es un decir, porque eso de estrato es invento de yupis que a los 33 años, la máxima edad del Niño Dios, ya se las saben todas.

En el barrio – y no solo en diciembre- nos conocíamos por los nombres,  apellidos y apodos. Es una de las grandes ventajas sobre la urbe de la era del wasap que incluye entre sus costumbres ignorar al vecino.

Ricos sin plata

No éramos pobres y menos en diciembre. Éramos ricos sin plata que es todavía mejor. El general Eisenhower que fue presidente de Estados Unidos, dejó dicho para la posteridad, hablando de su infancia: “Éramos pobres pero no lo sabíamos”. 

Claro que ni el Niño Dios escapaba a los comentarios perversos de la población menuda: ¿Por qué al vecino le trajo una bicicleta o un tren que andaba con solo rastrillarlo en el suelo, y a mí solo me trajo un patín? Porque solía suceder que no alcanzara para los dos. Como la envidia nunca prescribe, persiste ese sentimiento de  comparación.

Éramos optimistas de profesión: despachado el Niño Dios quedaba una segunda opción para recibir regalos: los Reyes Magos, el 6 de enero. Por supuesto que Melchor, Gaspar y Baltazar eran personajes de carne y hueso. Poca prensa tienen hoy los que – dice cierta oposición- no eran ni tres, ni reyes, ni magos.

La ceremonia del musgo

Había que facilitarles las cosas: para eso se inventaron las puertas, para poner los zapatos detrás de ellas. Allí podían dejar los presentes. Pero los reyes como que se habían gastado las reservas en oro, incienso y mirra porque solo los que tenían televisor en blanco y negro en la cuadra, podían aspirar también al regalo del 6.

Los traídos de reyes eran otra humillación para el proletariado que si no tenía televisor en casa al menos tenía el ladrillo para treparse en él a mirar la televisión en casa del pudiente del sector.  Era permitido tener escasos recursos, pero no se perdonaba carecer de imaginación para ver los dos o tres programas desde el Everest del ladrillo. De pronto en diciembre llegaba un televisor a manera de regalo colectivo. Había matada de gallina para celebrar. En ese siglo hay un televisor, o varios, por habitante cuadrado de la casa.

Cometíamos un pecado común: se hacían antiecológicos paseos de día entero a las alturas próximas a coger musgo para el pesebre, otro ícono decembrino, creación del “mínimo y dulce Francisco de Asís” en la Edad Media. La ceremonia de ir por musgo  es un impensable en los tiempos que corren.

La ley y los ecologistas desguazarían al infractor. Pesebre sin musgo era como un ajiaco de pollo sin pollo, como amar sin amor. Los pesebres actuales parecen hechos en el laboratorio como algunas presas femeninas.  Bueno, hay verdaderas obras de arte (en pesebres, que quede claro).

Diciembre era un villancico de 31 días. En este campo, el tiempo parece congelado. Seguimos  oyendo en las novenas que se niegan a desaparecer las mismas tutaimas y zagalillos de toda la vida. Solo cambia el estado del tiempo y la violencia que se empeña en acompañarnos siempre. Ojalá viviéramos en estado de villancico perpetuo. O de buñuelo corrido: nadie con un buñuelo en la mano es capaz de disparar un arma.

Que no falte la pólvora. Nadie la prohibía. Los padres eran los primeros en introducir el desorden. Los quemados los ponía la población menuda. La policía callaba en tan pertinente asunto. Se quemaba pólvora a discreción. Las restricciones están a la orden del día en esta época en que nos deseamos feliz Navidad y un 2015 con los astros alineados a favor. (Revista Bienestar Sanitas).

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