Llegó la hora de la indagatoria: ¿qué dirá la historia sobre Álvaro Uribe?

Uribe, un caudillo de origen regional y rasgos autoritarios, es el fenómeno político más notable de los últimos tiempos. Pero su indagatoria podría definir cómo será recordado por las nuevas generaciones.

Por Andrés Dávila* (razonpublica.com)

Se acerca la indagatoria

A escasas horas de cumplirse la citación a indagatoria de Álvaro Uribe Vélez ante la Corte Suprema de Justicia, es pertinente volver sobre el significado y el alcance de este hecho.

En un artículo reciente advertí que muy probablemente este martes 8 de octubre no va a pasar o no vamos a saber absolutamente nada. Pero vale la pena detenerse en el significado político de la indagatoria, a partir de

  • Lo que Uribe significa como figura política en Colombia, y
  • El impacto de ese significado sobre el sistema político y las instituciones colombianas.

Un caudillo fuera de lugar

Son varios los rasgos que hacen del hoy senador Uribe un líder político diferente del resto de la élite política colombiana.

Lo primero y principal es el hecho de que Uribe sea un caudillo en una tierra donde “no hay césares, ni caudillos”, como señaló el historiador Eduardo Posada Carbó. Esto marca de entrada una gran diferencia con los demás políticos, y explica también su angustiosa e inapropiada manera de ser protagonista en la arena política colombiana.

Como caudillo, Uribe tiene esa particular forma de sintonizarse con sus seguidores que los sociólogos llaman dominación “carismática”. Aunque con una rara forma del carisma, Uribe logra empatía y arrastre incondicional entre quienes le apoyan. Y, como un paterfamilias, consigue que quienes los respaldan se sintonicen más desde la emoción y la pasión que desde la razón.

En una sociedad que extrañaba el sectarismo entre liberales y conservadores, Uribe ha logrado restablecer ese nexo afectivo, donde unos seguidores obedecen ciegamente las instrucciones de su líder, profeta y mesías. Por eso, en la discusión sobre Uribe no caben razones, solo caben convicciones.

En la discusión sobre Uribe no caben razones, solo caben convicciones.

No obstante, esa dominación carismática (compartida por cierto de manera muy paradójica con Hugo Chávez) tiene unos límites:

  • No es heredable, ni endosable, como se hizo evidente con Óscar Iván Zuluaga e Iván Duque;
  • Produce enemigos y desafectos que odian también desde las emociones;
  • Entra en tensión con el aparato administrativo, con las reglas de juego establecidas y con los bastiones de la dominación tradicional.

Al igual que los otros caudillos o “proto-caudillos” de la historia de Colombia, Uribe chocará con su época. Igual que Bolívar, Rafael Núñez, Gaitán y Rojas Pinilla, Uribe sentirá a menudo que está fuera de lugar, “en el lugar equivocado”.

Por eso mismo, coincidirá con esos antecesores en plantear una ruptura con las élites dominantes y con el bipartidismo tradicional. En el lenguaje técnico de la ciencia política de hoy, eso lo hará un “tránsfuga”: el mayor de los tránsfugas, pues no cabe en el formato partidista.

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Trayectoria común, desenlace distinto

Álvaro Uribe ha tenido la misma trayectoria que cualquier líder político de origen regional que no esté plenamente incluido en las redes oligárquicas.

Como muchos otros, tuvo que seguir los pasos, las maneras y las fórmulas que le dieran cabida dentro de las facciones regionales, mientras lograba el salto al ámbito nacional. Dentro del liberalismo en Antioquia, y a la sombra del cacique Bernardo Guerra Serna, Uribe logró llegar al Senado, de donde se recuerdan logros paradójicos: por ejemplo, el indulto al M-19 y la aprobación de la Ley 100 de 1990.

Luego, volvió al entorno regional como gobernador, cargo donde dejó entrever su obsesión por los problemas de seguridad. Allí tomó varias decisiones que rompieron con los consensos políticos de entonces, como detener a los esposos Mauss o promover sin pausa las Cooperativas de vigilancia CONVIVIR.

Foto:  Facebook: Álvaro Uribe Vélez
Un caudillo fuera de lugar.

A la presidencia llegó por una coyuntura particular: la sociedad estaba hastiada de los excesos de la guerrilla. En enero de 2002, Uribe no pasaba del tres o el cinco por ciento en las encuestas, pero mantenía un discurso en contra del proceso de paz, invariable desde que fue gobernador. En pocos meses, y pese a las acusaciones de ser paramilitar (de boca de Noemí Sanín) y de un falso atentado, logró el respaldo popular que lo llevó a ganar en primera vuelta.

Como presidente, Uribe mostró rasgos de semejanza con otro joven líder regional que se catapultó a lo nacional: César Gaviria. Ambos combinaban rasgos de estadistas y de clientelistas. Por su formación, capacidad de estudio y discurso, tenían una propuesta de fondo para el país. Pero también sabían “cuidar los voticos” y hacerlos rendir para ganar elecciones. A su vez, ambos contrastan con políticos como Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos y Ernesto Samper, que son bogotanos desconectados de las realidades regionales.

La llegada de Uribe a la presidencia marcó rupturas y continuidades. Socialmente, Uribe es un advenedizo en las élites del poder nacional. Es verdad que existen referentes previos en ese sentido: Marco Fidel Suárez, Gaitán, Rojas Pinilla, Turbay Ayala y Belisario Betancur también fueron advenedizos en la política nacional. Pero ellos trataron de emular a otros, acomodarse y hacerse socialmente aceptables, y Uribe no.

En las formas y en el fondo, Uribe trajo a Bogotá a las élites regionales en ascenso, tanto legales como ilegales. Y las amparó con su impresionante popularidad en las encuestas. Mientras tanto, les hizo saber a las élites bogotanas que las consideraba perezosas, ladinas, arribistas, engreídas y, en general, poco dignas de confianza.

Sin embargo, hizo una concesión que cobró con sangre: la vicepresidencia del leal Francisco Santos. Y, en medio de todo, se benefició de la tecnocracia bogotana forjada en las alcaldías de Peñalosa y de Mockus, y de algunos académicos que acompañaban a Noemí Sanín.

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El embrujo autoritario

El liderazgo de Uribe en la presidencia tuvo tres rasgos:

  1. El trabajo sin descanso, con los consejos comunitarios, y con la presencia omnímoda en todo tipo de eventos y circunstancias;
  2. La negociación permanente con congresistas, empresarios y representantes de distintos intereses para imponer sus políticas y decisiones;
  3. La inevitable ruptura de reglas, instituciones y formas.

Estos rasgos configuraron un modo de obrar muy eficaz en el primer cuatrienio, pero que se desgastó enormemente en el segundo. Y estas características también crearon una difícil relación con las instituciones, en particular con el poder judicial.

Gracias a su influencia sobre las demás ramas del poder, el hoy senador construyó lo que los pocos opositores de entonces llamaron el “embrujo autoritario”: en lugar de imponer, negoció e intentó tener mayorías de su entera confianza. Y en esto, a veces ganó y a veces perdió. Y, pese a ser un mal perdedor, acató las decisiones. Así se puede constatar en relación con dos decisiones de la Corte Constitucional que lo afectaron: la del referendo pregunta a pregunta, en 2003, y la que declaró la inexequibilidad de su segunda reelección, en 2010.

Pero precisamente porque a Uribe le incomodaban las formas y los procedimientos, sus asesores y subalternos intentaron cumplir sus deseos más allá de lo permitido. Así sucedió con el trámite de la reelección en el Congreso, que dio origen a la Yidispolítica, donde sus seguidores terminaron actuando más allá de lo legal.

Al igual que los otros caudillos o “proto-caudillos” de la historia de Colombia, Uribe chocará con su época. 

Así, también, Uribe acabó inmerso en una disputa con la Corte Suprema de Justicia que se salió de todo cauce.

En ese escenario, Uribe es distinto de todos sus antecesores, excepto por ese otro advenedizo para las élites bogotanas: Simón Bolívar. Sin duda, Uribe no es el primer presidente que tiene conflictos con otros poderes y tensiones que suscitan choques de trenes entre las instituciones. Pero sí es el primero que lo resuelve con “chuzadas” a los magistrados.

Uribe tampoco es el primer presidente que se enfrenta a procesos e investigaciones judiciales. Pero sí es el primero en negarse a obrar simplemente como expresidente y dentro de las reglas informales largamente construidas para ello.

Foto:  Wikipedia
Uribe llegó a la presidencia en 2002 debido al cansancio de la sociedad colombiana frente a los excesos de la guerrilla.

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¿Qué dirá la historia?

En ese punto, su figura atrae adeptos en las élites regionales y en algunos sectores populares que lo apoyan sin desmayo. Pero también suma personas en su contra. En ese entramado de circunstancias —y siguiendo tal vez sus reflejos innecesariamente paranoicos— Uribe acusó penalmente a un opositor, Iván Cepeda, y la torpeza de la acción lo convirtió en indagado. Hoy, esa indagatoria sacude la arena política, por ahora de maneras inciertas.

Sin duda, Uribe será recordado como el caudillo del siglo XXI en Colombia. Su figura resaltará aún más dentro de un sistema político poco fértil para tales personajes. Un caudillo de derecha, notorio incluso en un sistema de centro derecha, que este mes enfrentará dos desafíos políticos: la indagatoria y las elecciones regionales.

Pronto sabremos cómo será el retiro de Uribe del mundo político: si será un retiro medianamente tranquilo, que permita a sus seguidores admirar sus logros; o una aparatosa y convulsa salida, parecida al viaje de Bolívar, que apenas llegó a Santa Marta.

* Politólogo de la Universidad de los Andes, maestro y doctor en Ciencias Sociales de la FLACSO, México, profesor asociado y director del Departamento de Ciencia Política de la Facultad de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Javeriana.

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