Las huellas del desplazamiento forzado y la migración económica en las trabajadoras domésticas colombianas

Foto del Concurso Latinoamerano de Fotografía Documental, los trabajos y los días, Alejandro Ariel Silva Zamora -La vida en la Cueva del Jaguar - 03

Por Agencia de Información Laboral

En el marco del 9 de abril, día de Nacional de  la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas, presentamos los testimonios de algunas trabajadoras domésticas en Colombia sobre su migración económica y la violencia que sufrieron.   Estos fueron extractados de la investigación “Historias tras las cortinas. El trabajo doméstico en Colombia: Entre transacciones, incertidumbres y resistencias.” 

La violencia y la discriminación en el mundo del trabajo, tal y como la experimentan las mujeres trabajadoras domésticas, no aparece como un fenómeno aislado en sus vidas, sino que se conecta con múltiples formas de violencia en su infancia, en su vida familiar, en el marco del conflicto armado para muchas de ellas, y, por supuesto, con todas las situaciones que propician la violencia estructural, el trabajo precario y el desconocimiento de derechos humanos y laborales en la práctica.

Los conflictos armados exacerban las diversas formas de violencias de género que históricamente han afectado a las mujeres, e incluso han reproducido y creado nuevas formas de violencia, dando cuenta de un continuum de violencia que afecta a las mujeres, tanto en tiempos de paz como en tiempos de guerra (Barraza, 2009). En efecto, las mujeres víctimas de los actores del conflicto armado, de manera simultánea o a lo largo de sus vidas y en todas las esferas, han sido víctimas de múltiples formas de control y violencias.

El desplazamiento forzado fue la razón más comúnmente señalada por las mujeres trabajadoras domésticas en la investigación.  En Urabá (70 %) y en Cartagena (22 %) cuando se les preguntó por qué habitan su respectiva ciudad en la actualidad. También la migración económica, es decir, migrar a la ciudad en búsqueda de distintas y mejores oportunidades laborales, resultó ser otra de las respuestas más relevantes, la cual ascendió al 38 % y 36 % en Urabá y Cartagena, respectivamente. 

Se ha documentado que las mujeres en el conflicto colombiano están más expuestas a ser víctimas de diversas formas de violencia física, psicológica y sexual, y estas formas se concretan principalmente en abuso sexual, el reclutamiento forzado, la prostitución forzada y los embarazos tempranos (CIDH,2006). Las mujeres afrocolombianas han sido reconocidas como un grupo particularmente vulnerable a la violencia y las consecuencias que produce el conflicto en la población civil, tales como el desplazamiento forzado (ONU, 2005 y Corte Constitucional, 2008).

En efecto, la recuperación de las voces no escuchadas sobre la violencia en nuestro país, ha dado luces sobre el hecho de que omitir estos testimonios ha sido una de las muchas formas de crueldad en la guerra. Con esta realidad expuesta vale la pena presentar aquí cómo han vivido los horrores de la guerra algunas de las mujeres que participaron en la investigación.

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Los testimonios sobre la migración económica y la violencia

El 8 de enero de 2001 un grupo de paramilitares de las AUC llegó al corregimiento de Zipacoa en Villanueva, Bolívar, y obligó a todos sus habitantes a reunirse en la plaza, frente a la iglesia, para amenazarlos, mató a cuatro de sus jóvenes, y generó el desplazamiento de sus pobladores (Verdad abierta, 2014). Jacinta* vivió la toma de Zipacoa. Dice que cuando llega el acto violento, no se está nunca preparado. Para el caso de Zipacoa, “ellos” (a quienes da miedo nombrar) llegaron en la madrugada:

El miedo te aturde, te congela es un miedo de la muerte porque [a ellos] no les tiembla la mano para quitarle la vida a otra persona. Vinieron buscando por nombres. El terror te absorbe cuando piensas si tú nombre o el de alguien de tu familia está en la lista. Sacaron a cuatro hombres de nuestro pueblo. Vecinos nuestros; gente con la que has vivido toda la vida, entre ellos un muchacho empezando a vivir. Se lo llevaron, (eso no se me olvidará)… Cuando le dieron la espalda al pueblo y ya no regresaron vivos. Antes de esto, desde el 2008, ya el miedo rondaba, ya nuestros hombres no iban al monte a trabajar, ya no iban a cultivar, tenían miedo también. La mayoría de las mujeres de aquí éramos amas de casa o trabajamos desde la casa; pero todo cambió. Los esposos o los papás ya no podían salir a trabajar. Entonces nos tocó a nosotras salir, muchas a trabajar en el servicio doméstico.

No sabíamos hacer otras cosas. Las mujeres de mi edad no habíamos estudiado lo suficiente en nuestras infancias. Eso no era importante. Yo le quiero decir una cosa: el trabajo doméstico aquí es como una tradición, como una costumbre… no sé si puedo llamarlo así, pero usted revisa a cualquiera en su historia aparece su propia mamá como doméstica; pero también la abuela, la tía…es una cosa de esas que usted le toca repetir porque le toca… porque no hay más nada para usted en estos pueblos. (Jacinta*, Zipacoa, 26 de junio de 2016)

En la historia del desplazamiento de Zipacoa, la huida del territorio se cuenta como un hito que marca su historia, “el cual supera en miles”, dice Jacinta, “la madrugada del terror”. Cuando la violencia llega,

“corres, corres y corres… a veces sin mirar hacia atrás. Eso es terrible, porque no mirar hacia atrás es obligarnos a dar la espalda a lo que somos, a lo que teníamos, a nuestra tierra. Desaparecemos como comunidad. Uno en esos momentos quisiera ser un pulpo, tener muchos brazos para poder agarrar a mucha más gente, a más familia, te da terror dejar a alguien atrás. (Jacinta,  Zipacoa, 26 de julio de 2016)

En otras historias de mujeres y de otros lugares se unieron las voces al son de los recuerdos y de la barbarie de la guerra en Colombia. Entre las historias entretejidas aparece el departamento del Chocó como uno de principales expulsores de población a causa del conflicto armado. Así lo testimonian con crudeza: Felicia, Argemira y Kenia.  La constante es la edad en la que empiezan a recordar el conflicto, entre los 12 y los 13 años. Con ellas se pudieron identificar los instrumentos utilizados en la guerra. Aparece de este modo la amenaza a través de los “papeles”:

Debajo de la puerta, recuerdo yo, cuando estaba aún pequeña, aparecían una hojas en donde decían que nos teníamos que ir. Esos papeles son como una sentencia de muerte, usted solo piensa en la vida, sobre todo la de sus hijos, yo cuando me tiraron ese papel, yo salí corriendo con mi hijo.

Casi nunca uno sabe por qué le tiran esos papeles. Yo era en mi casa, trabajando en el campo, cuidando las gallinas… ellos se metían y se robaban mis gallinas. Es como si uno no tuviera derecho en sus propias cosas; con esas gallinas yo mantenía a mi hijo, pero eso a nadie le importa, nadie te defiende.(Argemira, 52, Zipacoa, 26 de junio de 2016)

Así como la amenaza, la violencia sexual hacia las niñas y las mujeres también se expresa con mucha insistencia. Las historias de Felicia, de la misma Argemira y de Kenia, son muestra de ello. Argemira tuvo que huir para salvar a su hija de que la violaran. Su desplazamiento hacia Cartagena era en el fondo la necesidad de proteger a su hija. Se sentía asechada y  constantemente perseguida. 

Felicia, por su parte, compartió un relato que es la muestra de cómo han padecido el conflicto armado las mujeres de aquellas comunidades que han huido con una historia de terror a cuestas:

“No quisiera recordar, ni contar”, dice Felicia al iniciar su relato. Después de un rato, dijo:

Creo que es la hora de que se sepa mi historia, que para mal de nosotras no es la única; porque al igual que yo les sucedió a dos de mis primas, quienes no pudieron superar el dolor y se enloquecieron.

Esta historia es para aquellos que creen que el horror de la guerra en Colombia es puro cuento o exageración de las mujeres, porque las mujeres nos ha tocado vivir el conflicto armado a costas de huellas imborrables tatuadas en nuestros propios cuerpos. Sí; aunque uno quisiera olvidar, pensar que nunca pasó, o perdonar. Pero a veces no es posible. Se aprende a sobrevivir con eso, pero nada más. 

Pasó en Riosucio, Chocó. Esos hombres llegaron a las casas con las caras tapadas. Yo apenas tenía 13 años, ahora tengo 36. Esos malvados llegaron a la casa de mi abuela; les rogamos que no le hicieran nada. La dejaron viva. Pero a todas las niñas nos llevaron, nos secuestraron. Esos malvados nos tuvieron secuestradas como cinco días. A todas nos violaron. Fueron cinco hombres. Yo era flaquita, y resistí que cinco criminales me violaran. Después de la violación me tiraron a un matorral. Allá me salvaron la vida unos pescadores, unos amigos pescadores. Me recogieron y me curaron con hierbas. Me llevaron donde mis abuelos, y después de cinco meses me di cuenta que estaba embarazada, a los 13 años.

Una noche se volvieron a meter esos criminales. Arrasaron con todo lo de mis abuelos y tuve que presenciar la muerte de mi tío. Nos tocó huir de ahí. Corrimos a Turbo… allí las cosas no eran distintas. Llegamos a donde una tía. Allí encerrada día y noche tuve mi hija. Era como otro secuestro, porque en Turbo tampoco se podía salir… era que el miedo no nos dejaba salir.

Yo no soy la misma después de todo lo que me pasó siendo una niña; fue demasiado duro. El horror de la guerra todavía me habla en la noche, me habla al oído. Las voces de terror me persiguen. Así que necesito seguir sanando esto, pero nunca seré la misma. Yo sé que necesito ayuda. (Felicia, 47, Cartagena, 9 de mayo de 2016) 

Entre 2012 y 2016 se reportaron 656 delitos sexuales en el marco del conflicto armado en el departamento de Bolívar (Unidad para las Víctimas, 2016). Esta cifra puede ser todavía mayor si se considera el subregistro que por lo general presenta  este fenómeno, ya sea por el desconocimiento de las víctimas de las instituciones y los procedimientos, o simplemente por el miedo que provoca a muchas mujeres guardar silencio. Como dijo Yirley, una de las víctimas de este fenómeno en una entrevista para un medio nacional: “son más las mujeres que hemos callado las violaciones por miedo, y que las que logran hablar, porque ‘a veces no hay nadie a quién contarle’”. Esta mujer también deja ver un problema de fondo para quienes denuncian, cuando dice textualmente:

Hace una semana vengo viviendo amenazas y lo puedo decir personalmente: fui a la Fiscalía del Carmen de Bolívara denunciar, y el señor que me atiende me dice: “lo que pasa es que ese que te está amenazando está enamorado de ti”. Entonces es algo peor. Me fui para El Salado y agaché mi cabeza. (Caracol radio, 2016) pág 166

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Cómo han vivido el conflicto las trabajadoras domésticas en Urabá

Antioquia es el departamento que presenta los mayores índices de desplazamiento forzado, un fenómeno que afecta no solo a las personas que han tenido que movilizarse forzadamente sino también a los territorios, pues la totalidad de los municipios antioqueños se han convertido en lugares de expulsión, de recepción o de una combinación de ambos procesos (Gobernación de Antioquia, 2006). La mayor parte de estos municipios pertenece a Urabá y el oriente antioqueño; siendo Urabá una de las regiones del país en donde los procesos de desplazamiento forzado han sido más intensos y continuos desde 1985, cuando se produjo el primer ciclo de desplazamiento en el norte de esa región hasta hoy (Jaramillo, 2007).

Entre las Farc y el gobierno, son las Autodefensas Gaitanistas de Colombia o Clan del Golfo, catalogadas como neoparamilitares, el grupo armado que pasó a ejercer el control territorial en la región, ocupando los vacíos que dejó la guerrilla; pero, sobre todo, controlando la cadena de narcotráfico. Se estima que a este grupo, denominado de autodefensas, se encuentran vinculados alrededor de 1.300 combatientes armados en la zona rural y un número similar en las zonas urbanas (Semana, 2017).

En este contexto, la CIDH  ha referido la vulnerabilidad todavía más acentuada de las mujeres afrocolombianas en el Pacífico, región a la que corresponde el estudio de caso de Urabá: 

La situación de las mujeres afrocolombianas que habitan en la zona de la costa pacífica es especialmente precaria y preocupante. Tanto las autoridades estatales como las fuentes no estatales confirmaron que la población afrocolombiana padece una historia de discriminación, exclusión, invisibilización y desventaja social, tanto económica como geográfica. El conflicto armado ha agravado esta situación ya que los actores armados aprovechan estas desventajas en su lucha por controlar territorios y recursos. En el caso particular de las mujeres afrocolombianas, su condición de mujeres añade a su vida otro factor de discriminación y vulnerabilidad y las expone a mayores abusos por parte de los actores del conflicto. (CIDH, 2006) 

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Yolanda es originaria de Urabá y tiene actualmente 33 años. Es hoy una de las lideresas más importantes en el país por la reivindicación de los derechos de las mujeres víctimas de violencia sexual en el marco del conflicto armado. A la edad de 11 años fue víctima de abuso sexual por parte de un grupo armado y sufrió el desplazamiento forzado junto con sus hermanos, con quien huyó después del asesinato de su madre, vinculándose de esta forma al servicio doméstico. Esta es su historia: 

Soy la mayor de mis cinco hermanos y nos tocó salir porque yo fui víctima de abuso sexual por la guerrilla, y el asesinato de mi mamá cuando fue a reclamar lo que me habían hecho a mí. Entonces nos tocó a los que quedamos salir de la finca desplazados, toda la zona de Río Sucio, Chocó, luego llegué a Apartadó donde mi tía. En el campo era la niña consentida, por lo cual salir de allá y encontrarme ya sola en otro espacio, donde tenía que trabajar y responder por mis hermanos, era algo duro, preocupante y que no tuve tiempo de dedicarme a mi niñez, o sea seguir estudiando ni nada de eso. En Apartadó fue muy duro para mí, porque de ver que en mi casa mi abuelito siempre decía: “ustedes coman todo lo que quieran a la horaque quieran, para cuando no haya o no tengan, pues. Ustedes recuerdan de todo lo bueno que han pasado y así se ayudan pues, a sobrellevar ese mal momento.” Y entonces entré a trabajar en una casa de familia. Yo no sabía que estaba embarazada y empecé a trabajar. La señora me dijo: “haga un almuerzo”. Había unos plátanos en una olla. Me dijo, “bótelos porque va a hacer almuerzo y organiza toda la casa”. Y yo vine, hice almuerzo, organicé la casa y me fui para atrás a lavarle la ropa. Cuando yo vine porque supuestamente me iba a dar almuerzo, no me dio almuerzo y yo estaba embarazada. Entonces me mareé, y empecé a vomitar del hambre que tenía, me tocó ir a la basura, sacar los plátanos que ella me había dicho que botara, lavarlos y comérmelos, mientras llegaba a mi casa. Mientras que en mi casa yo tenía comida, y es que, como me había traído y me dijo que allá me daba todo, que no tenía que llevar nada. Entonces eso para mí fue algo muy doloroso, muy impactante. (Yolanda, Encuentro Nacional de Trabajadoras Domésticas, Cartagena, 22 de octubre de 2016)

La necesidad de asumir abruptamente el rol de proveedora ha sido documentada como una de las múltiples formas de impacto del conflicto armado en las mujeres (Corte Constitucional, 2008). Imelda  es una trabajadora doméstica de más de 50 años que salió de Urabá para Medellín. Relata su historia y expresa cómo en la experiencia del desplazamiento forzado y tras el asesinato de su esposo, debió asumir de manera abrupta el rol de única proveedora, por lo cual se vio obligada trabajar en el servicio doméstico como única alternativa disponible para su seguridad económica y la de sus hijos.

[Cuando me casé] nos fuimos a vivir a una invasión que se llama Pan de Azúcar, en Medellín, una invasión fuerte. Ahí hubo mucha violencia cuando empezó la invasión, porque eso fue un desplazamiento que mucha gente se tuvo que ir porque los paramilitares comenzaron a tomarse esa zona. Entonces, como era una invasión, eso fue un conflicto todo maluco. Ahí sí me tocó desplazarme a mí con el hijo mayor mío, que estaba pequeño y con mi compañero. De ahí nos fuimos a vivir donde mi mamá. Luego ya después nos fuimos a vivir a Aranjuez; ya de ahí nos desplazamos hacía Bello.

Cuando estábamos viviendo en Bello lo mataron a él. Lo económico sí cambio porque ya no era la ayuda de él sino que era yo solita con mis hijos, entonces ya me tocó sola y me metí como trabajadora doméstica. Ya, a mí me tocó sola con los niños, con mis hijos. Ya crecieron, ya luché por ellos. (Imelda, Encuentro Nacional de Trabajadoras Domésticas, Cartagena, 22 de octubre de 2016)Pág 169 – 170

Como lo plantea Natalia Quiroga, “Estas mujeres sufren distintas violencias en el transcurrir de su vida laboral, las cuales se enmarcan en contextos de racismo y exclusión social. Sin embargo, se inventan formas organizativas emancipatorias para enunciar la producción de un valor muy especial mediante el desarrollo de un trabajo que sostiene la vida misma.” 

*Estos testimonios fueron tomados del libro “Historias tras las cortinas. El trabajo doméstico en Colombia: Entre transacciones, incertidumbres y resistencias.”  La investigación fue realizada por Viviana Osorio Pérez y Carmenza Jiménez Torrado y publicada en 2019 por la Escuela Nacional Sindical, Utrasd y la Universidad de Cartagena. 

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