Las dos ciencias

Boris de Greiff Foto elpaís.com.co

Lunes del ajedrez (Prólogo de Belisario Betancur a un libro del maestro Boris de Greiff)

Por Belisario Betancur

 En la primera frase de este libro fascinante el autor hace una confesión: “Permitió el destino, dice, que yo llegara a una edad provecta y por ello he sido testigo del acontecer de nuestro ajedrez durante cerca de 60 años”. Pues bien, el autor de este prólogo ha sido durante 55 años testigo del testigo Boris de Greiff. Para la primera afirmación, la sola lectura de Jaque al olvido es testimonio suficiente de persuasión. Si algún vacío quedare sin llenar, remito al curioso lector al libro Grandes partidas del siglo XX, del mismo autor, publicado hace poco por Planeta y comentado de manera hermosa y exhaustiva por el experto Luis H. Aristizábal en el Número 61 del Boletín Cultural y Bibliográfico de la República (Páginas 99, 100 y 101).

La segunda afirmación merece un comentario. Es el siguiente:

En un fastuoso local de la Bogotá de los años cuarenta, en la carrera séptima entre calles diez y siete y diez y ocho, costado oriental, en seguida de los populares Almacenes Tía, a la media noche de un viernes cultural, que así se les llamaba, una rara aglomeración hablaba en  susurros como si hubiera enfermo grave. Nadie tomaba licor pero se bebía agua mineral en cantidades navegables. Ires y venires de una mesa a otra donde jugaban ajedrez los campeones Miguel Cuellar Gacharná y Luis Augusto Sánchez, inmutable y misterioso el primero, de acuerpada humanidad; nervioso, fumador y enjuto el segundo, de triangulada cara cubista. Boris de Greiff  Bernal les explicaba balbucientemente a dos aficionados que seguían con avidez las jugadas y las repetían en tímido tablero silencioso.

Más de una vez, Eddy Torres, subdirector de la revista Semana, dio jaque-mate a Belisario Betancur, el jefe de redacción, y no por imposición lúdica sino por inteligencia y sagacidad. Boris nos corregía e inducía. Nos mostraba el abismo si hacíamos una jugada errónea. Abismo señalado era abismo inexorable. El que ama el peligro en él perece, pregúntenmelo a mí. Y esto era hasta la madrugada, varias noches a la semana. En la casa de los padres de Eddy en donde yo vivía y dormía en el sofá de la sala, proseguiríamos los partidos con los viejos líderes María Cano, la Flor del Trabajo, e Ignacio Torres Giraldo, expulsados ambos del PC por heterodoxos y rebeldes que era tanto como decir, por demócratas, libertarios  y puritanos. Y me espantó desde allí el comunismo de la época stalinista con sus purgas terribles y sus cárceles degradantes.

No resultó insólito, por tanto, como lo cuenta de Greiff, que cuando el Maestro Luis Augusto Sánchez, entonces campeón nacional, fue invitado al torneo de Mar del Plata, y como hubiera dificultades económicas para el viaje, el aficionado y joven periodista Betancur, interviniera ante el ministerio de educación para encontrar solución al problema.

Aquella noche Boris fue llamado. Le tocaba el turno. Jugaría una partida de campeonato. Las piernas le temblarían, como al Maestro Sánchez, en un tic incorregible que enfurecía de los nervios a los contrincantes, y a los espectadores los ponía igualmente nerviosos, entre ellos el joven político Carlos Lleras Restrepo, aficionado que enloquecía a la concurrencia con el humo de su implacable cigarrillo.

¿En qué consisten el encanto y el embrujo del ajedrez, cuya invención se pierde en la memoria de los tiempos? ¿Quizá en su condición misteriosa, en su calidad de indescifrable, en el enigma que circula en todos los tableros? ¿En la duda metódica cartesiana? ¿O bien en el hecho de que nadie tiene toda la razón pero todos pueden tener siempre esa razón? ¿En la circunstancia de que todo ser que tiene capacidad para levantar una ficha y pasarla de un sitio a otro sitio, lleva en sí la esperanza y posibilidad de un triunfo? ¿Quizá por eso Borges proponía que no hubiera vencedor ni vencido sino una a modo de tablas permanentes, pues que cada uno de los jugadores es vencedor?

En su excelente comentario antes citado, el experto Luis H. Aristizábal recuerda los sabios consejos que daba Ruy López de Segura, confesor de Felipe II, el primero de los cuales decía: “La primera regla sea que cuando se ponga a jugar, si fuera de día claro y al sol, procure que el enemigo tenga el sol en la cara, para que lo sigue…”. El comentarista se pregunta: ¿entre todas las grandes partidas de la historia del ajedrez que de Greiff reseña, cuál será la mejor partida o siquiera la mejor jugada de todos los tiempos?

Bello libro Jaque al olvido, especie de saga de los de Greiff-Otto, iniciador y estímulo de su sobrino; y León, padre y contraparte implacable de su hijo ; y a modo de discreta biografía el perfil del autor, quien aparece siempre soslayado entre los pliegues paradigmáticos del talero de ajedrez, en el cual la humildad del peón en ocasiones se transmuta en soberbia cuando bloquea la arrogancia del rey o la tierna desvenvoltura de la reina. Es decir, los poderosos humillados por la inteligencia y estrategia o treta del débil, para decirlo en el hermoso lenguaje de la poeta Piedad Bonnett.

Jaque al olvido se cierra con un apéndice pedagógico e ilustrativo de partidas inolvidables de tres maestros colombianos: Luis Augusto Sánchez, a quien el libro está dedicado, Miguel Cuellar  Gacharná y Boris de Greiff Bernal.

Dos jóvenes periodistas observan a los tres jóvenes maestro en noches inolvidables de campeonato en el palacio del ajedrez. Y tratan de seguir y aún de responder las movidas de los ya consagrados jugadores. Audacia que es continuada con pretenciosa irresponsabilidad bajo el marxismo revisado y escéptico de otros dos maestros de ciencia política – María Cano y Torres Gil- tan jactanciosa pero tan humilde como la ciencia milenaria del ajedrez. ¡Ah, aquel departamento del barrio de la Candelaria.

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