Las buenas caras y las máscaras políticas

El Capitolio Nacional y las leyes de Colombia. Foto aletea.com

Por William Giraldo Ceballos

Viene ahora para los colombianos la tarea de remover la corrupción enquistada en las instituciones públicas empezando con la renovación del Congreso para que en el futuro se gobierne con limpieza.

Pero hay que empezar por las personas buenas, conocidas, con méritos personales y morales, que no deben prestar su nombre para lavar la cara de partidos y movimientos derivados de esas colectividades que ancestralmente han defraudado el tesoro nacional.

Desde el Congreso también de manera ancestral, el trámite de las leyes ha estado condicionado al apetito de los políticos por los recursos del Estado para la aprobación de los proyectos de ley de los gobiernos a cambio del favorecimiento de sus financiadores electorales en la contratación pública, la asignación a ellos de cuotas burocráticas que pisotean los méritos académicos y profesionales de colombianos preparados para ejercer cargos y empleos sin padrinos o el hundimiento de iniciativas que pretendan redimir necesidades ciudadanas cuando éstas amenazan monopolios comerciales, conglomerados empresariales o del sector financiero.

En manos del movimiento juvenil que desde 2019 protagonizó el estallido social de los colombianos sin educación, sin salud, sin oportunidades laborales y sin seguridad social está ahora la oportunidad de sumarse a la frustración de los «viejos» que inútilmente intentaron que el Congreso se renovara y se dignificara.

Es necesario pensar, analizar los alcances de nuevas versiones socio-políticas presentadas como alternativas frente a variantes ideológicas del centro y de la derecha.

El gobierno de Colombia, ejercido durante más de 200 años por liberales y conservadores con sus variantes coyunturales de movimientos con nombres reivindicatorios, les ha dejado a los colombianos una creciente desigualdad social alimentada por la corrupción.

Pero pensar que el remedio está en maquilladas tendencias de renovados partidos tradicionales o en las «izquierdas» puede ser temerario. Por eso hay que pensar que las buenas personas no sean las máscaras de la corrupción política tradicional.

La corrupción en los diferentes poderes que gobiernan el diario vivir de los colombianos, inducen a la gente a mirar el álbum de candidatos y palabreros que comienzan a mostrarse como alternativas puras y honorables o como continuadores de tradiciones políticas heredadas de familiares condenados por sus indelicadezas.

Cuando la justicia condena a un corrupto mancilla el «honor» de su familia. Eso pasa en otras latitudes. En Colombia los medios ayudan a que la condena de los políticos sea el mérito que lleve a sus familias al Congreso y a dirigir las instituciones públicas.

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