Lambonería

Fotocomposición comutricolor.com

Seguirá dándose en un mundo en el que el trabajo serio no sea suficiente propaganda.

Por Ricardo Silva Romero

Hay que aceptar que la lambonería es patrimonio nacional. Si uno da con el Diccionario abreviado de galicismos, provincialismos y correcciones de lenguaje, el minucioso estudio de 1887 del general Uribe Uribe, tropieza con esta definición de ‘lambón’: “Adulador, meloso, lisonjeador, soplón”. Si uno escarba en la edición de 1907 de las Apuntaciones críticas sobre el lenguaje bogotano, el manual clínico de Cuervo, nota que aquella palabreja pronto hizo parte de nuestra cultura: “Adulador bajo, soplón”, se dice ahí. Si uno abre las páginas de Colombianismos, el glosario humorístico del padre Tobón, puede leer este desahogo solemne: “Aquí sí cabe decir con Marroquín que uno nunca queda tan satisfecho diciendo otra palabra equivalente como cuando pronuncia con toda la boca la palabra ‘lambón’”.

Hay que ser muy lambón para endosarle a la Vicepresidenta los créditos por la medalla de oro que la selección femenina de fútbol de Colombia se ganó a pesar de Colombia. Hay que ser muy lambón para llamar al expresidente Uribe “nuestro presidente eterno”, pero hay que ser todos los sinónimos que se encuentre uno a la mano, un ‘cepillero’, un ‘alzafuelles’, un ‘zalamero’, un ‘chupamedias’ de siete suelas, un ‘halagador’ servil y con sevicia, para mandarle a hacer una placa mal redactada e instalársela en una de las paredes del Congreso. Hay que ser muy lambón para darle a un premio científico el nombre de una primera dama que no ha pedido nada, pero hay que ser lacayo y hay que reptar para inventarle al centro comercial Hacienda Santa Bárbara una zona en honor a la tal economía naranja.

Dios santo: nadie en estos doscientos años tan raros, ni el general Uribe Uribe, ni el lexicógrafo Cuervo ni el franciscano Tobón, habría podido imaginarse el triste destino de aquellos potreros tan lejos de Bogotá.

Hay que ser muy lambón para endosarle a la Vicepresidenta los créditos por la medalla de oro que la selección femenina de fútbol de Colombia se ganó a pesar de Colombia

Es cierto que también está cumpliendo dos siglos esta sociedad jerarquizada hasta los tuétanos a la que tanto le ha costado comprender el concepto de ‘inclusión’. Es cierto que en esta tierra escriturada a unos cuantos –de poquísimas oportunidades y de demasiados contratiempos– no ha sido fácil para nadie abrirse paso por sus propios méritos. Y que de cierto modo la lambonería ha sido una forma de supervivencia que ha engendrado cortesanos y sapos y lagartos que cumplen órdenes que nadie les ha dado. ¿Pero sigue siendo igual a estas alturas de Colombia? ¿Se ven obligados los colombianos de hoy, que suelen levantarse en la madrugada, a lamer suelas con premeditación para que les sea concedido lo que ya se han ganado a puro pulso? ¿Todavía hay que fingir sumisión para no ser marginado, ninguneado?

¿Fue una cultura paternalista de halagos de vida o muerte la que se le salió por la boca al exarquero Mondragón, semejante gloria curada en espantos, cuando le dijo a la Vicepresidenta que “esa medalla que ganaron las niñas es suya” enfrente de un auditorio francamente sorprendido?

¿De verdad gana uno puntos con el expresidente Uribe –uripuntos– cuando crea un hashtag para el día de su cumpleaños o promete incendiar el país si la Corte Suprema sigue molestándolo o cuelga un retrato kitsch de él en la sala de la casa o le manda a hacer una placa con aires de lápida?

No existe, al cierre de esta edición, nada que reivindique tanto lo humano como un elogio de verdad: un elogio de verdad no busca nada a cambio aparte de dejar constancia de un pequeño milagro enfrente de su autor.

Hay que aceptar, mejor dicho, que la lambonería no solo es lo contrario de la generosidad, sino un modo de resignarse a la doblez.

Y que seguirá dándose en un mundo en el que el trabajo serio no sea suficiente propaganda, pero tiene su gracia eso de llegar a donde uno deba llegar sin practicarla.

www.ricardosilvaromero.com

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