La U Católica de Pereira expulsa profesores por ejercer la libertad de expresión

Universidad Católica de Pereira. Foto portalnews.com

Las directivas están silenciando las voces de los docentes que expusieron sus puntos de vista críticos sobre la situación interna del claustro y la realidad nacional, según denuncia en su carta de renuncia uno de sus maestros.

CARTA ABIERTA A LA COMUNIDAD UNIVERSITARIA Universidad Católica de Pereira

Noviembre 30 de 2019

Hace un par semanas participé como experto invitado, enviado por el Colegio Colombiano de Psicólogos, en el comité técnico científico de exclusiones y recomendaciones del Ministerio de Salud y Protección Social, que estudia los procedimientos y tecnologías a incorporar en el sistema nacional de salud. Desde la Universidad me pidieron que hiciera una columna de opinión explicando, para un público general, el significado de esta participación. Estaba trabajando en ello, resaltando la importancia de comprometerse en los mecanismos de participación que ofrece el Estado, resaltando la idea de que la democracia se construye a través de estos espacios y que, a pesar del desconocimiento de muchos, van más allá de salir a votar en los procesos electorales.

En el fondo mi propósito era resaltar la importancia de la palabra, de abrir espacios para dialogar, de poder expresar las opiniones, de la importancia del lenguaje. Pretendía escribir sobre cómo hablar es una forma de construir la realidad, de transformarla. El lenguaje es lo que nos separa de los animales, nos permite relacionarnos de una forma diferente con el mundo. El lenguaje es el que ha permitido al ser humano crear, escribir poesía, cambiar la naturaleza, llegar a la Luna, incluso enviar naves a Marte. Hablar nos hace humanos.

El lenguaje también es nuestra condena. El lenguaje convierte a la tristeza en depresión y al miedo en fobia; el lenguaje hace que las voces de nuestra conciencia se conviertan en alienígenas invasores y las convierte en delirios. Los psicoterapeutas entendemos muy bien esto, pero también sabemos usar el lenguaje para revertirlo. Hablar puede ser un acto de sanación.

Los gobiernos también entienden su importancia; tan bien, que juegan con él para construir naciones. Lo saben también las tiranías, y en su proceso de consolidación lo primero que hacen es quitarle la voz al pueblo. Hablar también es una forma de rebeldía.

En la Universidad Nacional, mi alma mater, experimenté como nunca lo había hecho el poder político de las palabras. Escuché los discursos más diversos, los más radicales y los más conciliadores. Llegué a entender la lucha por la palabra, la pugna por buscar ser escuchado. Pude ver cómo las paredes hablaban cuando se tapaban las bocas de los estudiantes. Antanas Mockus fue mi Rector, y también me enseñó que hablamos con nuestros actos tanto como con nuestras palabras, y cómo la sociedad puede ser trasformada por lo que decimos. Hablar es un acto político.

Es por todo esto que resulta tan significativo lo que está sucediendo en la Universidad Católica en los últimos meses, y en particular en los últimos días. Se ha despedido a varios docentes, no a los mal evaluados, no a los que tienen más quejas o procesos en su contra. Se ha despedido a los que tenían la voz de los profesores, a los representantes docentes, a los que expresaban la opinión de sus compañeros, a los que no temían quedarse callados. Han despedido a los que hablaban, porque callar las voces también es un acto político.

Lo que está sucediendo es muy significativo porque están tratando de quitarnos la palabra y cuando nos quitan la palabra nos están quitando la humanidad.

Dirijo este mensaje a la comunidad universitaria en general. No a las directivas. Porque ellos ya han demostrado que no van a escuchar. Hablar adquiere sentido cuando somos escuchados. Por eso escribo a quienes sí están en disposición de escuchar, a los que sí pueden entender. Y escribo invitándolos a no perder su derecho a hablar, a que no se dejen quitar la humanidad que se construye con las palabras. Una academia muda ante la realidad es una academia que no tiene sentido. En el momento en que la academia deje de hablar es cuando podrá ser reemplazada por las máquinas, habrá perdido su humanidad.

Me voy de la universidad triste por lo que está sucediendo con una Institución que llevo en mi corazón. Dejo estas palabras como un acto político, como un acto de sanación, como un acto de rebeldía, como un acto de humanidad. Me voy triste pero satisfecho de no haberme quedado en silencio, y de que sea reconocido, aunque sea con mi despido, el peso que puede tener mi palabra. Prefiero perder mi trabajo que perder mi derecho a hablar.

Pedro Pablo Ochoa

Psicólogo, Universidad Nacional de Colombia.
Máster en Análisis del Comportamiento, Universidad de Almería.

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3 comentarios

  1. Es paradójico que una Universidad cuyo lema es: «formamos gente de bien…» en un acto por parte de sus directivos pretenda callar a sus docentes por el hecho de atreverse a expresar su opinión, me pregunto: qué clase de Gente quieren formar en sus estudiantes? «Profesionalmente capaces…» de quedarse callados???

  2. Nada raro de la católica, soy egresada y realmente no es de mis afectos. Profesan lo humano, cuando ni ellos mismos lo practican, como estudiante lo viví. Y ahora, lamento leer esto, que un gran docente como Pedro Pablo y su gran trabajo hayan sido desechados sin más, sólo por ejercer el derecho a hablar, a manifestarse, y más que ello, a respetar la diferencia. En cuanto a los estudiantes, me alegra que no estén dejando pasar las situaciones como si nada, es hora de ha erse sentir

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