La próxima frontera

Tumaco, frontera sin servicios de salud para la llegada de la pandemia Foto Centro de Memoria

Por Daniel Pacheco, Diario El Espectador, Bogotá

Hace poco más de dos años hice un reportaje en Tumaco que he recordado por estos días, cuando en esa ciudad ya hay tres casos confirmados del nuevo coronavirus, uno de ellos sin trazabilidad.

San Andrés de Tumaco es una ciudad de dos islas, conectadas por puentes. Queda a menos de una hora por lancha de Ecuador, el país de Suramérica más afectado por la pandemia. Alrededor de la tierra firme de las islas de Tumaco vive la mayoría de los más de 100.000 tumaqueños en barrios palafíticos. Son casas elevadas sobre palos enterrados en el mar, casas para las que no hay que comprar tierra. Urbanizaciones sobre los barrizales grises que deja el Pacífico en sus mareas largas, conectadas por puentes de madera estrechos, inestables e improvisados. No hay acueducto, las letrinas y la basura de la gente caen al barro debajo de las casas, que eventualmente es inundado por el mar. Cuando entramos a uno de estos barrios la gente salió a decir que quería hacer una denuncia por el estado del tablado. Además de los desechos humanos, se estaba cayendo la gente al barro. Ya había muerto un niño de un año y ocho meses. Su mamá, con una foto enmarcada del niño, ni siquiera quería justicia, “solo queremos que nadie más se muera”.

Una de las cosas más fascinantes del coronavirus es que desnudó la idea de que el mundo en el que vivíamos se podía anticipar relativamente bien. Si acá nos sentimos como bobos por haber observado de lejos el avance de la epidemia en China sin hacer mucho, ni siquiera buenos controles en El Dorado, imaginen cómo se sienten en Europa o Estados Unidos donde los errores de cálculo se cuentan en miles de muertos. Por supuesto, siempre hay profetas del pasado, el lugar más cómodo para encontrar excusas.

Si queremos ir más allá de las excusas, habrá que empezar por aceptar que sabemos poco, que anticipar es difícil y que será fácil equivocarse. Pero ninguna acción para anticipar un brote descontrolado de COVID-19 en la zona fronteriza de Nariño, especialmente en Tumaco, puede generar más daño que la inmovilidad de la incertidumbre. Por mucho, si no hay brote, la gente de Tumaco tendrá más mercados que de costumbre, un hospital funcionando y, ojalá, al menos unas camas de cuidados intensivos que hoy solo existen a seis horas de carretera en Pasto.

Cuando apareció el primer caso de coronavirus, la alcaldesa de Tumaco, María Emilsen Angulo, hizo un ejercicio de anticipación algo extremo. En un video grabado en el cementerio, con bóvedas abiertas atrás, anunció: “Hoy estoy acá porque vamos a empezar de forma inmediata la construcción de 300 nuevas bóvedas en donde seguramente nos enterraremos muchos a causa del COVID-19”.

La alcaldesa hace una anticipación sin margen de error. Con coronavirus o sin él, esas bóvedas se llenarán porque nada es más anticipable que la muerte. Aunque es loable que no quiera ver a los tumaqueños botando los muertos al mar, hay mucho que hacer en el entretanto. Y no solo en Tumaco, sino en general en las zonas fronterizas. Por ejemplo, el alcalde de Cali está pidiendo un puente aéreo humanitario para devolver a migrantes venezolanos que están huyendo de Ecuador e intentando volver a Venezuela. Por otro lado, también habría que anticipar la migración masiva por las trochas desde Venezuela a Colombia cuando la epidemia explote allá.

Tal vez ya sabemos lo suficiente de este virus para anticipar que pasarán al menos dos años antes de que se vaya, que no habrá una sola curva, sino muchas a lo largo de ese tiempo, y que si bien entró por El Dorado por primera vez, serán las fronteras terrestres por donde seguirá llegando.

@danielpacheco

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