La intensidad total, el campeón perfecto

Bayer Munich Campeón. Foto El Tiempo

Por Jorge Barraza, Bogotá

Campeones hay muchos, inolvidables muy pocos. Este Bayern Múnich, consagrado este domingo en Lisboa nuevo rey de Europa, ya entró en las páginas de historia. Porque es el campeón perfecto, en el juego y en los números. Porque profundiza al máximo el concepto de colectivismo, donde la única individualidad es el escudo.

Si en ese proceso conjunto un engranaje destaca más que otro es simplemente por una mayor optimización de la eficiencia, no por pretender ser más que el otro. Un campeón sensacional que quizás nos está marcando el principio de una era: la de la intensidad total. Esto es arrancar y terminar a cien por hora, sin quitar el pie del acelerador en los 96 minutos que ahora dura un partido. Presión bien alta, hasta atosigar al arquero rival, y encimamiento de todos los adversarios, en cada pase, cada salto, cada carrera. Y, una vez recuperado el balón, cambiar el chip: jugarlo bien, al pie, hasta que afloren las ideas creativas. Luego, ya como un rasgo cultural alemán, atacar, atacar siempre, por aire, mar y tierra hasta demoler al contrincante.

Un campeón perfecto, también, por ser la primera vez en 65 años que un equipo gana los 11 partidos que disputa. ¡No cedió siquiera un empate…! Transitó el camino de los bárbaros, arrasó a todos los que se pusieron enfrente: 7-2 y 3-1 al Tottenham, 2-0 y 3-2 al Olympiacos, 3-0 y 6-0 al Estrella Roja, 3-0 y 4-1 al Chelsea, 8-2 al Barcelona, 3-0 al Olympique de Lyon y, finalmente, 1-0 al Paris Saint Germain. Cuarenta y tres goles a favor y ocho en contra. Una desmesura en tiempos de paridad, de equilibrio de fuerzas.

¡Qué maravilla de campeón…! Por su mentalidad de acero y su excepcional estado físico, su disciplina y la entrega total. Una máquina de precisión que empieza en el extraordinario arquero Neuer y termina en el fantástico Lewandowski, que acaba de establecer un récord que rebasa los calificativos: fue campeón y goleador absoluto en los tres torneos jugados: Bundesliga, Copa Alemana y Liga de Campeones (54 tantos entre los tres). Dos cracks en las bandas como Joshua Kimmich y Alphonso Davies; dos tractores criteriosos en el medio: Goretzka y Müller; el juego razonado y preciso de Thiago Alcántara y sendos cuchillos en los extremos: Gnabry y Coman. Los demás acompañan de fondo, con el ‘cello’.

Hansi Flick es el caballo fresco que el Bayern cambió en mitad del río. Reemplazó a Niko Kovac tras una dolorosa derrota de 5 a 1 ante el Frankfurt en la décima fecha del torneo local. No se veía juego y lo desplazaron. A partir de Flick el equipo dubitativo pasó a ser arrollador, implacable e infalible. Prácticamente aplastó a todos sus oponentes: 33 triunfos sobre 36 presentaciones. “El Bayer gana en Alemania porque no juega contra nadie”, se lee seguido en Twitter, esa gran fuente de sabiduría. Ahora llevó el dominio al plano continental y acalló necedades.

Pese a la magrura del resultado, fue una final magnífica, que mantuvo la tensión hasta el último instante. El Bayern era favorito y no defraudó. En un escenario de fuerzas parejas es más robusto como equipo, tiene más intensidad y carácter. Y lo demostró. El PSG está colectivamente un escalón abajo, aunque cuenta con dos jugadores de un nivel que los alemanes no poseen: Neymar y Mbappé. En ellos radicaba su esperanza; sin embargo, ambos naufragaron en un mar de opacidad. Muy flojo lo de Neymar, pobrísimo Mbappé. Y aunque sus luces parpadearon en cuartos de final y semifinal, no alcanzaron para iluminar la torre Eiffel. Neymar estuvo muy errático frente al arco, marcó solo 3 goles en todo el torneo, uno al Galatasaray y 2 al Borussia Dortmund; y Mbappé hizo 5, tres al Brujas, 1 al Dortmund y otro al Real Madrid. Raquítica aportación de quienes se esperaba definieran la Copa. Para eso el fondo de inversión catarí pagó más de 400 millones de euros en ellos. No los precisaban para seguir sumando títulos nacionales.

La historia le reconoce al periodista francés Gabriel Hanot, de ‘L’Equipe’, la idea —en diciembre de 1954— de crear la Copa de Europa. Tras ir perdiendo 2-0, el Wolverhampton inglés había derrotado en un amistoso al poderoso Honved de Hungría con Puskas, Kocsis y Czibor, la columna vertebral de la selección ‘magyar’ que el año anterior había deslumbrado al golear a Inglaterra en Wembley 6 a 3. Previamente, el Wolverhampton había derrotado 4-0 al Spartak de Moscú. Dos triunfos de alto mérito. Al abrir la puerta de los vestuarios al periodismo, el técnico inglés dijo a los cronistas: “Ahí están, los campeones del mundo”. Y al día siguiente, el ‘Daily Mail’ tituló con ese rótulo en su portada. Hanot, que había concurrido al encuentro, escribió en su columna: “No, campeones del mundo todavía no, han batido brillantemente al Honved, pero aquí, en su estadio y luego de que estos hicieran un largo viaje. Para saber quién es el mejor primero habrá que crear una competición europea de clubes”. Y lanzó la piedra basal. Apoyado por sus compañeros de redacción Jacques Ferran y Jacques de Ryswick, pero especialmente por el director del diario, Jacques Goddet, quien entrevió un filón comercial para vender más ejemplares, motorizaron el proyecto, convocaron a la Uefa (que primero se negó), a los clubes y hasta redactaron el reglamento. Y crearon este fenómeno mundial llamado hoy Champions League o Liga de Campeones, que ahora vale miles de millones y tiene una audiencia planetaria.

Luego, trasladados a ‘France Football’, Hanot y Ferran dieron vida en 1956 a otra joya del fútbol mundial: el Balón de Oro, ideado justamente para premiar a los mejores de dicha competencia.

De modo que han sido los franceses —y los periodistas— los ideólogos de esta maravilla que nos involucra a todos, como hinchas u observadores. No obstante, a ninguna de las potencias futbolísticas europeas se le ha negado tanto el reinado continental como a Francia. Solo una vez, en 65 ediciones, triunfó un club del país de ‘La Marsellesa’, el Olympique de Marsella (¡qué justo…!); en 1993 venció en la final 1 a 0 al Milan con un cabezazo de Basile Boli en el que sería el último partido en la carrera de Marco van Basten.

El éxito del Bayern agiganta su conquista por ser un modelo de conducción, una sociedad civil manejada por exfutbolistas que gobiernan con prudencia y apuestan a la excelencia mediante el trabajo y el sentido común. También es un equipo de chequera, todos los grandes lo son; apenas dos de los quince jugadores que entraron en la final este domingo son de la cantera: Müller y Alaba. El resto, fichajes. Pero contratados con mesura, sin dispendio.

Levantamos una cerveza en su honor: ¡Salud, campeón…!

JORGE BARRAZA

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