Juan Gustavo en el corazón

Por JOSÉ LUIS DÍAZ-GRANADOS

Recuerdo perfectamente la noche de fiesta literaria en la que María Mercedes Carranza me presentó a Juan Gustavo, durante el acto de premiación del concurso de poesía y cuento “Riopaila”, que ella presidía. Ninguno de los tres sobrepasábamos los veinte años y Cobo Borda era un niño alto, un poco rubio, de rostro grave, pero en el fondo jocundamente sonreído y mirada serísima bajo los gruesos anteojos de carey, que hablaba poco y observaba mucho a la pléyade de jóvenes poetas y narradores que iban y venían por el salón con vasos rebosantes de whisky entre sus manos.

El inolvidable maestro Eduardo Carranza, el industrial Álvaro H. Caicedo, el cronista e historiador Arturo Abella y el jovencísimo periodista Daniel Samper Pizano eran los jueces del tribunal lírico y Juan Gustavo era el escritor precoz, el consentido de las páginas literarias de “Vanguardia”, de El Siglo donde María Mercedes nos publicaba a los autores primíparos, poemas y prosas con pretensión ensayística, con su proverbial complicidad y cariño.

De izquierda a derecha: Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, José Luis Díaz-Granados, Juan Gustavo Cobo Borda, Henry Luque Muñoz, Álvaro Miranda y Augusto Pinilla (Bogotá, 1968).

En adelante, Juan Gustavo y otros poetas adolescentes nos seguiríamos encontrando con tal frecuencia que nos fuimos volviendo asiduos asistentes a las lecturas de poemas de unos y otros, en la Sala de Letras Nacionales, contertulios en cafeterías emblemáticas como La Romana, El Colonial, El Pasaje y La Piñata, hojeadores de libros en “La Lechuza”, que dirigía el promisorio narrador Luis Fayad, pero sobretodo, visitantes reiterados del precoz poeta en su legendaria casona de la calle 93 con carrera novena.

En un principio, yo pensaba que el joven bogotano era español y él, a su vez, me preguntaba si yo era de Pivijay. Entre 1967 y 1969, Juan Gustavo se fue convirtiendo en una especie de líder cultural, siendo el menor de todos en edad, a tal punto que se atrevió a romper el hielo de los inaccesibles suplementos de los principales diarios del país, al publicar nuestros poemas en cada uno de ellos, hasta que fue conformando una nueva agrupación de autores de poesía a la luz de la nación entera.

Juan Gustavo trabajaba sin descanso. Creo recordar que cursaba la carrera de Derecho en el Externado de Colombia, donde su padre, un republicano español que infundía temor reverencial, era uno de los más respetados catedráticos de la ciencia jurídica. Pero el niño precoz y algo terrible de nuestras letras, escribía, publicaba y leía ensayos y poemas, y difundía los balbuceos primigenios de sus amigos y contemporáneos.

Era lógico el enfrentamiento con los escritores del Nadaísmo, la generación anterior a la nuestra. Y por un disparate antiliterario, cosa que era muy común en Gonzalo Arango, Juan Gustavo redactó una carta de protesta contra el profeta nadaísta, la cual firmaron destacados hombres de letras, académicos, sociólogos y periodistas, junto con los desconocidos amigos de Cobo Borda, y a pesar de tener un cercano parentesco –por el Borda- con el polémico escritor e imprecatorio poeta filocomunista Jorge Zalamea, acudió a este aprendiz de mamerto para que el autor de El sueño de las escalinatas accediera a encabezar la lista de firmantes contra el iconoclasta de Sexo y saxofón.

Ya a finales de la década no existía revista de cultura, suplemento dominical o antología donde no estuvieran publicados textos del grupo de amigos de Juan Gustavo. En aquella época solía invitarnos a comer a su casa donde tenía un pequeño comedor privado. Las exquisitas cenas eran rematadas con brevas y arequipe, pues el joven poeta era abstemio en materia de licores y cigarrillos, al contrario de la mayoría de sus colegas. No obstante, cuando se presentaba alguna celebración especial, ponía a nuestra disposición un carrito de madera con los más finos licores, perteneciente al doctor Juan Fernando Cobo, su severo, pero al mismo tiempo afectuoso progenitor.

En el segundo piso de la enorme casa esquinera del Chicó, Juan Gustavo ya poseía una inmensa biblioteca, de donde extraía libros de autores, todos ellos desconocidos para quienes empezábamos a recorrer las avenidas literarias, como eran Juan Gelman, Ledo Ivo, Homero Aridjis, Marco Antonio Montes de Oca, Rosario Castellanos, y con la mayor espontaneidad nos los iba regalando con una generosidad y un desprendimiento que lo caracterizaron a lo largo de su vida.

Una tarde nos citó allí a una docena de poetas amigos. ¿El motivo? Fabio Henker Villegas, director de la revista Lámpara quería publicar una selección de textos de la novísima generación colombiana y acompañarla de una foto del grupo. 

Por variadas razones —recuerdo que María Mercedes Carranza quiso mantenerse al margen de cualquier grupo, Giovanni Quessep andaba por la Costa Caribe, Elkin Restrepo en Medellín, Miguel Méndez Camacho en Cúcuta y Jaime García Maffla en retiros espirituales—, sólo acudimos siete al jardín, hoy inmortalizado, de la casa de Juan Gustavo. Cuando llegamos allí Álvaro Miranda, Henry Luque Muñoz y yo, ya estaban Darío Jaramillo Agudelo, David Bonells Rovira, Augusto Pinilla y desde luego, el anfitrión.

El fotógrafo nos ubicó de espaldas al muro florecido del jardín, al azar, y de pronto soltó un click estelar de su cámara, uno solo, sin repetición, así de improviso, de sorpresa, sin revanchas ni posibilidades de arreglo, de manera que la después llamada Generación sin nombre, quedó estampada para siempre con un Juan Gustavo sonriente que abre sus alas protectoras sobre el grupo de muchachos, igualmente sonrientes, que apostamos la vida por la mágica opción de las palabras, que una tras otra, producirían, a lo largo de más de medio siglo, poemas, ensayos y crónicas periodísticas, llegando a conformar además la primera generación colombiana de poetas que publicó obra narrativa.

Juan Gustavo Cobo Borda se convirtió en pocos años en uno de los poetas sustanciales y fundamentales de nuestra lengua, en el más lúcido ensayista literario de Colombia en una ejemplar y permanente plenitud creadora, que siempre germinaba entre un océano infinito de palabras y de asombros.

Esta breve evocación, ya prehistórica, desde luego, la hago tan sólo para retener ese tiempo precioso en que se inició una cálida amistad sin manchas con el poeta que acaba de partir a la eternidad en la mañana de este lunes 5 de septiembre de 2022.

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