Iván Duque: un líder prefabricado, un presidente inventado

En su primer año, Duque ha mostrado ser un político débil, incoherente, sin carisma y sin capacidades de liderazgo.

Por Javier Duque Daza* (razonpublica.com)

Fuera del mapa

En la Colombia de las últimas décadas ha habido, al menos, tres tipos de líderes políticos:

  1. Los jefes naturales, que en la democracia cerrada y oligárquica de los años ochenta contaban con ascendencia, prestigio y capacidad de convocatoria, como los liberales Alberto Lleras, Carlos Lleras, Alfonso López Michelsen, Julio César Turbay y los conservadores Misael Pastrana, Álvaro Gómez, o en menor medida Belisario Betancur y J. Emilio Valderrama.
  2. Los políticos con trayectoria, formados en la competencia electoral y con aspiraciones presidenciales, que remplazaron a los jefes naturales. Algunos de ellos llegaron a la presidencia —como César Gaviria, Ernesto Samper, Andrés Pastrana, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe— y otros no fueron presidentes —como los liberales Alberto Santofimio, Luis Carlos Galán, Jaime Castro, Carlos Holmes Trujillo, Humberto de la Calle, Horacio Serpa o los conservadores como Noemí Sanín y Juan Camilo Restrepo—.
  3. Y, por último, los políticos de izquierda o alternativos, que han logrado relevancia nacional después de la desestructuración del viejo bipartidismo. En este grupo figuran Antonio Navarro, Gustavo Petro, Jorge Robledo, Carlos Gaviria, Antanas Mockus, Sergio Fajardo, Luis Eduardo Garzón y Clara López.

En este mapa de políticos con trayectorias, reconocidos y con proyección nacional no aparece Iván Duque Márquez, como tampoco, antes de él, Andrés Felipe Arias u Óscar Iván Zuluaga, todos opacos y opacados por la sombra de Álvaro Uribe. Todos ellos son intentos fallidos de producción artificial de liderazgos. Aunque uno de ellos llegó a la Presidencia.

Un político prefabricado

Como para titular una novela de John Le Carré: Iván Duque es el político que surgió de la nada.

Fue primero un burócrata internacional, gracias al respaldo de Juan Manuel Santos. Después accedió al Senado como parte de la lista cerrada del Centro Democrático diseñada por Uribe, su segundo padrino.

Foto: Facebook: Centro Democrático
Iván Duque y el presidente Uribe.

Ese fue el comienzo de una carrera política atípica en Colombia: sin trayectoria, sin votos, sin nombre, sin atributos de líder, sin haber trasegado por las lides electorales. Duque salió de la nada y llegó al Senado por un partido nuevo, producto de la agregación de políticos de diversa procedencia aglutinados en torno a Uribe.

Inicialmente fue un outsider partidista, ajeno, extraño, anónimo. Producto del marketing, de millones de dólares pagados a asesores, de un estilista que lo encaneció, de la capacidad de influencia de su jefe político y en medio de la precariedad de los liderazgos en los demás partidos, Duque se lanzó a la presidencia.

La estrategia electoral de Duque fue similar a la de Uribe en 2002: agregar electores de donde fuera y ganar a todo costo. Para el uribismo era impensable y peligroso estar otros cuatro años fuera del poder.

Ahora el uribismo no se enfrentaba apenas a un decaído y noqueado Partido Liberal. Competía con rivales fortalecidos de centro izquierda y de izquierda. Por eso recurrió a la agregación de todas las derechas: la del Centro Democrático, la de un sector del Partido Conservador, la de las numerosas y fortalecidas iglesias cristianas, la de la exfiscal Viviane Morales, la del destituido exprocurador Ordóñez.

Ningún político en Colombia había llegado a la presidencia sin haber tenido una trayectoria importante.

Igual que antes, se sumaron familiares y allegados de decenas de condenados por parapolítica y los “herederos” de Valencia Cossio, Alfredo Ramos, Ciro Ramírez, Vicente Blel, entre otros. También el hijo de Fabio Echeverry Correa y, por supuesto, Sarmiento Angulo, la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán), la Asociación Nacional de Empresarios de Colombia (Andi). En suma, los poderosos.

Tres lustros después, quienes respaldaron a Uribe apoyaban ahora a su hijo putativo. En segunda vuelta siguieron agregando votos: sumaron los restos del famélico liberal-gavirismo, del disminuido Partido de la U, del otro pedazo del conservatismo y lo que quedó de la campaña de Germán Vargas. Pese a todo, llegaron a dudar de la victoria del (casi) todos contra Petro.

Finalmente, Duque ganó, o mejor, ganaron otros por él y para él. Como se lo recuerda con cierta frecuencia Fernando Londoño: “…el presidente Uribe, de quien [Duque] es deudor hasta el último céntimo, de su aparente patrimonio político”.

Ningún político en Colombia había llegado a la presidencia sin haber tenido una trayectoria importante como congresista, o ministro, y sin “patrimonio político”. Incluso Andrés Pastrana, el de más pobre trayectoria política (y de ideas), fue primero concejal, alcalde de Bogotá y senador. Y César Gaviria, a quien le cayó la candidatura del cielo en un cementerio, había sido congresista y ministro.

En fin, Duque es un presidente inventado, producto la acción de un mago de pueblo.

Le recomendamos: Iván Duque o el costoso ensayo de ser presidente.

¡Enderece! …más a la derecha

Confuso entre ordenes cruzadas de su jefe y de su partido, con el lastre de promesas de campaña y ante las expectativas de los votantes, el líder prefabricado y presidente inventado da tumbos, no encuentra el sendero ni encuentra banderas para arroparse. Además, descuida el guion uribista que se comprometió a ejecutar, duda, balbucea, dice incoherencias. No tiene rumbo.

Desconcertado, el jefe-patrón ordena: “esperemos que Duque enderece, si no lo hace nos va muy mal”. Y Duque enderezó, obedeció para complacer a Uribe y a sectores radicalizados del Centro Democrático:

  • Recuperó el lenguaje de Uribe, y revivió el fantasma del “castrochavismo”. Duque encabezó una cruzada con las derechas del subcontinente, con Jair Bolsonaro, Sebastián Piñera, Mauricio Macri, Martín Vizcarra y Mario Abdo Benítez, y pretendió tumbar al “castrochavismo” con un concierto. Hace más de seis meses, Duque vaticinó que a Maduro le quedaban pocas horas en el poder.
  • Obedeció el imperativo llamado de Uribe y objetó por inconveniencia política seis artículos de la Ley Estatutaria de la JEP, cuando la Corte Constitucional ya la había declarado exequible. Casi una legislatura completa desgastada y con las mayorías en contra.
  • Igual que Uribe, insistió en varias ocasiones en la penalización del consumo de drogas y de la dosis personal. Duque expidió el Decreto 1844 de 2018 como una supuesta fórmula para combatir el microtráfico de drogas en espacios públicos. Una guerra perdida, una política intrascendente: perseguir marihuaneros en los parques.
  • Entretanto, el llamado de Londoño y Uribe de hacer trizas el Acuerdo de paz caló. La “paz de Santos” había que enderezarla, pero más a la derecha. Y mientras tanto se multiplicaron los actores armados: bandas, grupos criminales, deserciones de las FARC, carteles, etc.
  • Y, en respuesta a Trump y sus desplantes, Duque está a punto de volver a la fumigación con glifosato: la reedición de los fracasos anteriores en la guerra contra las drogas.
Foto: Facebook: Iván Duque
¿Presidente desconocido, anónimo y obediente?

Lea en Razón Pública: El desgobierno de Duque…¿o del Centro Democrático?

Fracasos, pago de favores y nepotismo

En lugar de ser un político renovador, conciliador y tecnócrata, Duque ha acumulado constantes fracasos:

  • Aunque el presidente se comprometió con quienes lideraron la consulta anticorrupción, que logró más de 11.600.000 votos, todos los proyectos se hundieron en el Congreso sin que el Gobierno y su partido los respaldaran.
  • Su liderazgo y el de los ministros ha sido fallido: no ha logrado congregar mayorías en el Congreso; se desgastó en una reforma tributaria contraria a su promesa de campaña; fracasó en su intento de objeción a la Ley Estatutaria de la JEP; se la ha jugado en contra del régimen chavista, pero Maduro sigue ahí; y la reforma política naufragó.
  • La economía va mal, el desempleo en ascenso, el país inundado de coca, centenares de líderes sociales asesinados, decenas de muertes de excombatientes de las FARC. Todo es explicado por la “herencia maldita” de Santos.
  • En contravía de su discurso de “cero mermelada”, ha distribuido incentivos y puestos a cambio de apoyo: nombró a Ana Milena Muñoz de Gaviria en la embajada de Egipto en pago por el apoyo de César Gaviria; entregó la embajada de Francia a Viviane Morales en retribución por su apoyo político; nombró a Alejandro Ordoñez embajador en la Organización de Estados Americanos (OEA) por el apoyo de un pequeño sector ; le dejó a Angelino Garzón la embajada de Costa Rica; y al exgobernador del Valle, Ubeimar Delgado, le dio la embajada de Suecia. La lista sigue.
  • Como todos sus antecesores, ha reeditado el nepotismo: la esposa del cuestionado ministro de Hacienda es la Alta Consejera presidencial para la Competitividad y el Sector Privado, y su cuñado fue nombrado subgerente de Estructuración del Fondo de Adaptación; el nuevo Superintendente de Sociedades es yerno del Canciller Carlos Holmes Trujillo; la hija de Alicia Arango Olmos, exsecretaria privada de Álvaro Uribe y ministra de Trabajo, fue nombrada subdirectora del Departamento Administrativo de la Subdirección General para la Superación de la Pobreza en el DPS. También nombró al hermano de la senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia, cónsul de Colombia en Miami; el hermano del senador del Centro Democrático Fernando Nicolás Araujo fue nombrado ministro consejero de la embajada de Estados Unidos.

Atrapado, ausente e impopular

El primer mandatario está atrapado: es presionado y criticado por su partido, asediado por la oposición y los independientes, criticado por los medios, e impopular entre los ciudadanos.

En contravía de su discurso de “cero mermelada”, ha distribuido incentivos y puestos.

Su respuesta ha sido desaparecerse: ha hecho dieciocho viajes internacionales —uno y medio por mes, en promedio—, y lo más importante, no aparece como conductor político y como líder.

Con una benevolencia excesiva, la Revista Semana tituló el balance del primer año de Duque como un “Año de aprendizaje”. El titular también pudo ser “un aprendiz en la presidencia” o “un presidente fallido”. En la campaña se vendió como un candidato fresco y joven, pero resultó ser un amateur a prueba.

Además, contraviene el credo de su “presidente eterno” y de la derecha política que lo respaldó:

  • Es un presidente impopular. Ese es un gran pecado para los defensores del “Estado de opinión”, que consideran que lo que dice y quiere la mayoría es más importante que el Estado de derecho. Si en su momento se acudió a esta tesis para legitimar las aspiraciones de Uribe de permanecer en el poder de forma indefinida, ¿la baja aprobación del desempeño de Duque no debería conducir a su renuncia? El Gráfico 1 muestra cómo ha bajado la popularidad del presidente.
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Fuente: Gallup-poll.

  • El de Duque es un Gobierno que no sabe qué hacer frente a la inseguridad. En palabras de Fernando Londoño, “la seguridad es un desastre, como lo sienten los colombianos y lo repiten en cada encuesta que se les hace. Y la columna dorsal de la seguridad, la lucha contra el narcotráfico, una calamidad”. Y así opinan los colombianos. Los niveles de aprobación del manejo de la inseguridad por parte del Gobierno son en promedio inferior al doce por ciento. El Gráfico 2 muestra que la mayoría de los ciudadanos desaprueba la gestión de la seguridad del Gobierno Duque.
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Fuente: Gallup-poll.

Sin futuro

Para desgracia del presidente, el carisma, el liderazgo y la capacidad de conducción política no se transfieren, no se insuflan.

Puede leer: Duque es Duque

Es probable que el fracaso del primer año conduzca a grandes replanteamientos. Ayudaría que el “presidente eterno” dejara de eclipsarlo, que su partido suspendiera el fuego amigo, que la oposición fuera constructiva, que el Congreso legislara para el país y no para sí mismo, que las Fuerzas Armadas se sanearan, que los empresarios superaran su mezquindad histórica…Y un largo etcétera.

* Politólogo, Ph.D., profesor de la Universidad del Valle.

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