Infanticidas

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Por el sacerdote Mario García Isaza  cm.

La Conferencia Episcopal acaba de publicar un comunicado, relacionado con la muerte del bebé nonato de siete meses, asesinado en el vientre de su madre en Popayán; nuestros Pastores se manifiestan tristes, consternados y solidarios ante semejante crimen, y nos piden, a quienes vemos que se han rebasado todos los límites de la lógica y del derecho, que nos pronunciemos públicamente en defensa de la vida, especialmente de los más débiles. Lo he hecho muchas veces, pero siento el deber de atender este llamado pastoral y, además, de dar salida a mi sentimiento de dolor y de rabia ante la insania criminal con que se actúa.

Me estremecí, viendo y escuchando un noticiero de televisión, ante un contraste sobrecogedor de dos rostros: el de Juan Pablo, el papá del niño, crispado de dolor, mientras con voz entrecortada decía: mataron a mi hijo, y el de la señora directora de la agencia de muerte que llaman Profamilia, la señora Marta Royo, que con una especie de rictus de ironía y endiosamiento, casi con una sonrisa que trataba de evitar, afirmaba que, simplemente, obraban según lo establecido por la ley. En otro espacio, escuché las declaraciones del dizque asesor jurídico del mismo organismo, Luis Carlos Arias, que, contestando a una pregunta del periodista decía, sin que le temblara la voz, que Profamilia había matado, en el año 2019, a 22.000 niños no nacidos, y que, luego, cuando le preguntaron si abortar a un bebé de siete meses no era un verdadero asesinato, eludió cobardemente la respuesta obvia a ineludible,  y se contentó con decir: a nosotros lo que nos corresponde es el plano jurídico, no tomamos en cuenta otros aspectos.

Huelga recordar la esplendente doctrina con que, desde siempre, la Iglesia ha enseñado y defendido la sacralidad de la vida y la gravedad de todo homicidio. Doctrina magníficamente resumida en el Catecismo. “El que mata, y quienes colaboran voluntariamente con él, cometen un pecado que clama venganza al cielo… El infanticidio, el fratricidio, el parricidio, el homicidio del cónyuge, son crímenes especialmente graves… El derecho inalienable de todo individuo humano inocente a la vida constituye un elemento constitutivo de la sociedad civil y de su legislación” (CEC, 2268-2273).  Nuestro Santo Padre, el Papa Francisco, ayer apenas, en su mensaje para la jornada mundial del enfermo, acaba de reafirmar, por enésima vez y en forma categórica: “La vida es sagrada y pertenece a Dios; por lo tanto es inviolable y no se puede disponer de ella. Debe ser acogida, tutelada, respetada y servida desde que surge hasta que termina. Lo requieren tanto la razón como la fe en Dios, autor de la vida”.  A quienes tomaron parte en el asesinato del hijito de don Juan Pablo, y a todos los que, en las execrables salas de muerte de Profamilia, o en cualesquiera otras, y desde tribunales y cortes que se arrogan el derecho de disponer de vidas que solo a Dios pertenecen, les espera un juicio inexorable y riguroso del Dios de la vida. “Foris homicidae!”: ¡fuera los homicidas!, dice el Apocalipsis (21,8).  

¿Y a nosotros?… ¿No será hora de que, en nombre de la vida del pequeñín recién segada, y de todas las inocentes víctimas de las políticas abortistas, oficiales y privadas, alcemos la voz de manera multitudinaria y sin más reticencias y cobardías, para gritar: no, mil veces no, bajo ninguna circunstancia y con ningún pretexto, al aborto? ¿Quién nos convocará, finalmente, a hacerlo?…

Mario García Isaza  cm.

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