Indicios y provocaciones

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Por Carlos Alberto Ospina M.

Hoy, es de las jornadas que uno escribe y la nostalgia llega a la manera de hoja de cuatro filos. No se trata de dar lástima ni coleccionar patrones de ansiedad incontrolables para la química del cerebro. Tan solo el corazón añora los efímeros vientos de alegría y el cuerpo busca un lugar junto al rezago, revolcando imágenes y removiendo aromas dentro de cajones viejos.

Algunos sin consuelo y otros, tal vez, refiriéndose a calabazas ahuecadas de disputas materiales. Al fin se canta de acuerdo con la capacidad de evolución humana, la prisa que cada cual tenga y la forma de remangarse la camisa respecto de sí mismo. 

En el terreno insondable de los sentimientos no existe la desvergüenza y tampoco la exactitud. Pedazos de coherencia van y vienen con similar inestabilidad a la percepción del intervalo de dolor y de sosiego. Disponerse a aceptar o llenar de fango la esperanza plantea el propósito de la acción individual; por consiguiente, señala el presente y el destino de cualquiera.

Al paso que la desgracia exige poder de resolución, capacidad para asentir que nada de lo acontecido cambia sumergiéndose en el espectro tramposo de la imaginación y que todos, de algún modo, caminamos sobre la frágil cuerda del azar; el verbo expresará la realidad y el gerundio provocará la entereza. 

Con desfachatez unos desprecian el padecimiento ajeno a semejanza de cosa insípida. Se necesita cara de idiota y ausencia de actividad funcional de la cabeza para no identificarse con alguien que sufre; sin embargo, la falta de empatía no sustituye el amor propio ni la causa justa de seguir adelante. Somos un instrumento que emite señales dispersas en el insondable universo.

De hoy a mañana plantea el reto del instante preciso, hallar el modo de enamorar sin saciedad, explotar la sorpresa de este día e inmortalizar a quienes partieron. No tenemos más que el ahora. 

Es preferible inclinarse por la actitud de ser caradura mordiendo el pastel recién horneado del inefable tiempo; y arriesgar, en todo y por todo, tras el insolente deseo de ser feliz. 

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