Hombres que miman su carro

El jeep o Yipao montañero. Foto Montañeros Viajeros

Por Oscar Domínguez Giraldo

“Yo soy yo  y mi cachivache”, proclaman. Aceptan un mundo sin mujeres, sin celular, sin trago, sin democracia, sin viento, sin dudas. Pero no conciben la vida sin su carro que convirtieron en prótesis. En su otro yo, o alter ego que llaman.

Detestan los días sin carro. Ese día quedan sin norte, sur, oriente, ni occidente. 

Le dan al vehículo tratamiento de mujer fatal. O de amante.  Lo miran como si fuera la primera novia. O la última. O la mujer del prójimo. O  su prójimo. O todas las anteriores.

Los hay que aman tanto su carro que gustosos lo invitarían a almorzar. O a un motel. Solo les falta morderle la oreja a su  “particular”. O llevarlo a azotar baldosa (bailar).

Lo limpian de vez en cuando a toda hora. Si no están con él, sueñan con él. Si no lo sueñan, lo sospechan todo el tiempo.

Muchos le tienen babero (carpa) para preservarlo de la lluvia, del sol. De la noche, del día.  De las miradas ajenas. Y obscenas. De los ladrones. De aquella gente que “primero se enriquece y después se honradece”. Sufre un rayoncito, algún pájaro viajero se extrovierte fisiológicamente sobre el capó y quedan de cardiólogo. Llaman a la policía.

Dan gracias cuando se dispara la  alarma del vehiculo en la madrugada. Lo interpretan como un feliz pretexto para recordar que no están solos entre los 7.550  millones de terrícolas. No, tienen carro. No importa que se despierte el vecindario con la alarma que suena y suena.

En la mañana, cuando se le acercan por primera vez, lo miran con curiosidad de paleontólogo. Entonces dan gracias a Dios por existir. Si son ateos, les agradecen a todos los dioses.

Observan si las cuatro llantas con las que lo dejaron anoche, antes de quedar en brazos de Morfeo,  están en el lugar adecuado. De paso le echan una mirada al kilometraje. Sospechan que de pronto su carro les puso  cuernos de noche y se fugó con algún Ferrari o con un Jaguar de mejor familia. 

Ojalá no tuvieran que usar nunca el cacharro, mantenerlo virgen de caminos. Le dan tratamiento de osito, de mascota.

Miran su carro de cerca. Y como aprendieron que una obra de arte se aprecia mejor de lejos, toman distancia para admirar su posesión. Como si fuera la Mona Lisa.

Odian los aguaceros que estropean la lavada más reciente. Invierten semestres de su vida en mimarlo. Mientras lo polichan, que no falte el radio sintonizado ruidosamente en el FM de sus afectos.

Muchos consiguieron novia, mujer, hijos, nietos, gracias a su armatoste. 

Si agarran  un hueco le mientan la madre a los últimos 20 alcaldes.

Quedan extasiados ante cada pieza que van embelleciendo: las puertas, el timón, el cigüeñal, el “pienso luego exosto”, el parabrisas. Encuentran erótico mirar su carro por debajo, con ojos golosos de Don Abundio. 

Les preocupa que el aparato sume kilómetros. Asumen que es una lánguida forma de envejecer que no aceptan.

Cuando lo llevan al taller, llaman cada diez minutos al mecánico residente para preguntar por él. Si el aparato tiene que pernoctar en guardería (garaje) ajena, sobornan al celador para que les suministre partes tranquilizadores a lo largo la noche.

No le niegan nada: un cambio de aceite, una “liposucción” vehicular,  líquido para frenos. Un trasplante de motor. Si las pestañas (parabrisas) empiezan a titubear, las cambian, así sea en la informalidad del semáforo. ¿Que son robados los parabrisas? Doctores tiene la santa madre iglesia…

Sacan revólver, mínimo, cruceta, si alguien le pita en la nuca a su vehículo. 

Por poco mandan su carro al jardín infantil. Les gustaría que los enterraran con él. Sus mujeres se contentarían con la millonésima parte de tantos arrumacos.   

LOS JEEP WILLYS Y LOS VOLKSWAGEN (42ª)

Se dice que los automóviles más útiles que se hayan construido han sido el Volkswagen (carro del pueblo) y el Jeep Willys por su rendimiento y economía.

El Jeep americano y el Kubelwagen alemán, los “livianos” de la II Guerra Mundial

El “YIP GÜILIS” o simplemente “EL GÜILIS como los llaman en las galerías de Manizales, Chinchiná, Santa Rosa, Pereira, Dosquebradas, Armenia, Calarcá, Filandia, Salento, Circasia, pueblos y veredas circunvecinos, es tan útil que “dizque sirve hasta pa remedio” Originalmente fue construido por la compañía Willys Overland de Toledo, Ohio.  Su nombre de JEEP, cuentan por ahí, que se debe a su forma de carro pequeño y manejable como el ladrido de un perrito pequeño (jeep en Inglés y su equivalente en español YIP).

El invento militar americano: Jeep-Willys

Fue construido en la Segunda Guerra Mundial para servicio de las tropas Norteamericanas como automóvil Multi-usos. (Se le adelantó varias décadas  a los S.U.V. actuales = Several Utilities Vehicle o sea VEHICULO DE VARIOS USOS: Taxi, camioneta, camión pequeño, carro de lujo o de trabajo pesado)

Al otro lado del atlántico los Alemanes concibieron sus VOLKSWAGEN con la característica de no tener que refrigerar el motor por medio del agua para las campañas en el desierto del norte de África del Mariscal Erwin Rommel.  Todos los carros alemanes eran enfriados por medio de ventiladores exactamente como los Volkswagen.  Ingeniosos ¿no?

Terminada la Segunda Guerra mundial y recuperada económicamente Alemania gracias al Plan Marshall, los  Güilis gringos y las Pulgas Volkswagen  alemanas entraron de lleno al mercado internacional a codearse con los automóviles de las fábricas de Fiat en Italia, Porsche en Alemania, Peugeot y Renault en Francia, Pegaso en España, Volvo en Checoeslovaquia y tantas más. Luego de unos años de haber sido probados en múltiples circunstancias los Güilis  Americanos y las Pulgas Alemanas se quedaron y ahí están todavía.

“Yipao” de fiesta y con trasteo.

Cada una de estas marcas agarró su público: el Volkswagen Pulga como automóvil familiar y aunque un poco incómodo, tipo sedán (de dos puertas) pues simplemente el papá y la mamá ocupaban los puestos de adelante y “embutían” los cuatro o cinco muchachitos como “repollos”  en el asiento trasero.  Y como la bodega del carro era pequeña y se hallaba en la parte de adelante, junto con la llanta de repuesto, pues se tenían que inventar el sistema de “parrilla” atornillada a la capota y sobre la cual colocaban maletas y envoltorios envueltos en plástico y todo amarrado finalmente con lazos o cabuyas.  ¡Y eche para adelante que el cacharro ese no se recalentaba por largo que fuera el viaje!

A propósito del portamaletas en la parte de adelante de los Volkswagen, existe un chiste sobre una señora a quien se le varó su Volkswagen en una carretera cercana a la ciudad.  Abrió la tapa trasera del motor y como no tenía ni idea del daño empezó a pensar la forma de llamar un mecánico automotriz, cuando se detuvo una de sus amigas quien también conducía otro Volkswagen igualito al suyo:

–       Quihubo querida… ¿qué le pasó a tu carro?

–       Pues parece que es un daño en el motor, Dioselina…  Ayudame a buscar un mecánico…

–       ¡Ah, No Rebeca!  Dejate de pendejadas.  Traete una llave inglesa y entre las dos despegamos un motor de repuesto que tengo en la parte de atrás de mi Pulga… ¡Y asunto concluído!

Como que a la señora esa nunca se le había ocurrido mirar el motor de su carro, ni sabía dónde estaba localizado, porque los Volkswagen fueron de los primeros automóviles que fueron construidos con el motor en la parte de atrás.  A lo mejor les sonó la flauta.

Los Willys fueron las estrellas del transporte rápido en los diferentes teatros de guerra llevando soldados rasos y generales, así como también armamento liviano.  Fueron famosos como vehículos de hostigamiento a las tropas enemigas, estaban equipados  con ametralladoras y morteros que les hicieron bastante daño a los alemanes en Europa y en el Norte de África, lo mismo que a los japoneses en Birmania, en el Pacífico Sur y en las selvas de Borneo.

Pasó el tiempo, se acabó la guerra, llegó la relativa paz que hemos disfrutado y los Willys dejaron su servicio militar  y empezaron a servir en el transporte civil.  ¡Qué no se ha transportado en estos carritos!  Desde campesinos hacinados como bultos de papas hasta trasteos de una casa o una finca.

Esos carritos son hechos de “cemento armado, de ferroconcreto” porque poco exigen para su mantenimiento.  Lo máximo que les suministran sus dueños y eso que de vez en cuando, son la gasolina y el agua, especialmente el agua porque es gratis y los Güilis ni siquiera gasolina consumen y es muy raro que un Yip se vea varado y  muy común verlo trabajando, con pasajeros “aferrados” haciendo precario equilibrio hasta en la tapa del motor, encima de la carpa, en los estribos y hasta dos o tres parroquianos sentados en la rueda lateral de repuesto.   Y no estoy exagerando porque cualquiera puede comprobarlo.

Y casi todos estos carritos tienen su nombre que orgullosamente le colocan sus dueños con pintura y brocha gorda: MAMACITA LINDA – LA QUE SE FUE – EL AMASAO – BIEN… ¿Y VOS? – SI NOS DEJAN – PA’ QUE SUFRAN – EL BERRACO E GUACAS – EL PUTAS DE AGUADAS y tantos más.  

¡Y corren los benditos carros esos!  No es raro que usted vaya en su flamante último modelo solo o con un acompañante a unos 80 kilómetros por hora, cuando de repente pasa a su lado a 120 k.ph. un YIPAO con veinticinco montañeros apretujados como en sardina, unas diez gallinas amarradas de las patas y colgadas de los lados y un marrano encima de todo eso chillando y listo para la navidad con el consiguiente bulto de helecho. 

Estos “Record Guinnes” de nuestros Güilis se rompen cada día.  Se quiebran todos los registros en cuanto a capacidad, velocidad, volumen de carga y habilidad para sortear “voladeros”, “chambas”, huecos y derrumbes.  Claro que cuando se revientan los frenos y un aparato de esos se va por un precipicio, no hay menos de 5 o 6 muertos y unos 20 heridos graves.  Por lo regular el chofer sale ileso.

Estos profesionales del volante no se marean con cualquier daño en el vehículo.  Cualquier falla mecánica la solucionan con cincuenta centímetros de alambre o medio metro de cabuya.  Y si se llega a caer el motor o quede “chilinguiando” de un tornillo, pues lo aseguran con un pedazo de guadua atravesado por debajo del chasis y…. “¡Que sigan  subiendo montañeros que lo que necesitamos es plata,  mi hermano!”

Por último debo decir que tienen una fe ciega en la Santísima Virgen del Carmen de quien siempre llevan el escapulario, la estampa encima del vidrio delantero y una estatuita de esta milagrosa imagen encima del tablero, que los protege de todas sus chambonadas y atrevimientos.

¡ VIRGEN SANTÍSIMA… FAVORÉCENOS DE TODO MAL Y PELIGRO!

Nos vimos.

Sobre Revista Corrientes 3748 Artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*