Gracias, Trump

Donald Trump. Foto EFE

Por: Humberto de la Calle

Contra la opinión común, creo que el pasado miércoles fue un día positivo para la democracia en Estados Unidos y en el mundo. Por un lado, la ratificación en el Congreso del triunfo de Biden. Y, por el otro, la afortunada reacción de Trump, quien haciendo gala de sus delirios paranoides —su insistencia en que ganó abrumadoramente— y su incitación a las hordas de supremacistas blancos no sólo generó una fisura importante en el Partido Republicano, sino que advirtió de manera patética los riesgos de lo que se cocina en Estados Unidos. Utilizo la inflexión presente porque creo que, aunque derrotado electoralmente, Trump y sobre todos sus más de 70 millones de votantes seguirán siendo un pesado fardo en la preservación del relato liberal. Más eficaces que las letanías generalizadas de quienes se oponen a su visión populista serán las fotos del abordaje simiesco del Capitolio, el tarzán colgando de una enorme puerta en el hemiciclo, el monigote presidiendo y el sietemachos con las patas puestas en el escritorio de Pelosi. Es la mejor muestra, en tiempos de redes enloquecidas, de que se cocinaba —y sigue, aunque ahora con la estufa en bajo— un ataque certero a la democracia entendida como tolerancia, convivencia, separación de poderes y respeto al Estado de derecho.

¡Gracias, Trump! Tu verba alucinada y violenta, tu inacción frente a la manada supremacista, tu tardío e hipócrita llamado a la calma dieron argumentos para continuar con la tarea de desmontar lo que dejaste. No es para dar por terminado ese oficio. Nada de sacar pecho. Esto sigue. Y sigue duro. Por lo pronto, también gracias, Trump, por haberle puesto un serio palo a la rueda de tu candidatura a la reelección.

El efecto será mundial. Es un respiro, pero no el fin de la confrontación. Acá, en estos andurriales, servirá para entender mejor lo que venía —o viene— pierna arriba. Es un freno a la franja lunática porque muestra que bajo supuestas banderas patrioteras hay una inspiración antidemocrática. La exacerbación de las pasiones, la creación de fantasmas para infundir miedo, la manipulación de la verdad, la disolución del equilibrio de poderes, el Estado de opinión para desnaturalizar la democracia directa a fin de inventarse referendos para echarle tierra a la otra media verdad, pasar de agache frente al quantum de víctimas del statu quo, dejar quieta la recuperación de tierras despojadas, poner primero los negocios que la protección del medio ambiente, estigmatizar al que piensa o siente diferente, manipular las religiones para convertirlas en algo tan poco trascendente como simple vehículo para conseguir votos. En fin. La desaparición del relato liberal, aquel que ha iluminado por siglos el destino de una humanidad genuinamente democrática.

En este país también se requiere una respuesta centrista, equilibrada, respetuosa. Toca construir los propósitos compartidos. Y después, solo después, hablar de personas y mecanismos. Pero el mensaje común es urgente. Todos aquellos que aspiran a ganar desde el centro tienen que alzar ya su voz. Construir un centro audaz. Una plataforma genuinamente democrática debe contener en mayúsculas el signo del cambio. Ante el silencio, el centro se puede diluir.

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