Gracias por la Singer

Al atardecer….

Por Oscar Domínguez Giraldo

Retomo una carta que le envié a doña Geno, mi amá, un año antes de su muerte. Saludos y felicitaciones en su día para las mamaes que en el mundo son. od

Mamá Geno, salud.

En otras ocasiones le he dado las gracias por prestarnos su hotel de cinco estrellas para vivir gratis durante los nueve meses que manda el manual de la gestación. No nos dolía una muela. Como no existía ese preservativo de pared llamado televisor, en casa fuimos una culecada de nueve.

Voy más atrás para agradecerle los anoréxicos y escasos telegramas que le puso a mi padre, cuando el macho alfa, su novio de entonces, se abría del parche sin dejar rastro.

Don Luis y doña Geno, el día del casorio

No creo estar calumniando a nadie si digo que gracias a estos telegramas estamos contando el cuento seis individuos de los siete mil millones de perplejos ciudadanos que contaminamos lo que queda del medio ambiente.

In illo témpore, el telegrama era la cuota inicial del correo electrónico de hoy. El eco con puntos y rayas. Las cartas escritas a mano, con letra como dibujada una por una, con paciencia benedictina, eran otro parsimonioso medio de comunicación que unía a la aldea global. El cartero era todo un personaje.

Nadie tenía prisa. Uno podía tardar media hora en morirse de repente. La vida era bella, en blanco y negro.

Telegramas, telégrafos, marconis o cartas, tardaban horas, pero llegaban como esas botellas arrojadas al  mar que se toman hasta cien años para llegar a su destino. Había fiesta cuando  de pronto, cada año por la cuaresma, llegaba un telegrama  a casa. Hoy en día internet ha acabado con colectivos como el de los carteros y telegrafistas que hacen parte de la nostalgia. Dieron su parte de misión cumplida, apagaron su propia luz y salieron de la pasarela.

Una de sus hijas que robaba fotos y desenterraba correspondencia, nos sorprendió cualquier día con las cartas que le enviaba su novio, don Luis, Domínguez,  eterno liberal oficialista de Santa Bárbara. Y nos encimó algunos telegramas que se cruzaron durante el noviazgo.

En uno de ellos usted respondía la carta que le escribió su novio trotamundos antes de esfumarse, supongo que en una mezcla de táctica y estrategia para hacerse sentir de su amada, a la que de pronto se le iba la mano en calculado y coqueto  desdén.

Esa carta paterna, escrita con encabador (=el Mont Blanc de la época), tinta negra y letra delgada como suspiro de monja, terminaba así:  “Y sin más, recibe en la humilde queja de un suspiro, mi doliente corazón”. 

Dichas esas palabras a las que solo les faltaba música de bolero, el novio se volvió noche, como dice usted. (Otra frase muy suya, mamá Geno, es la de “lavarse la paz”, luego de dar la paz en la misa. Es una preocupación aséptica suya “porque la gente puede estar untada de noche”).

Usted esperaba que se repitieran los telegramas de Luis María que la hacían subir por las paredes, pero como no llegaban recurrió a toda su capacidad de síntesis y en cinco palabras puso orden en la sala.

Rezaba ese telegrama: “Tu ausencia no opónese recordarte”. Nada más pero tampoco nada menos.

Hasta  Samuel Finley Breese Morse, el inventor de este esperanto de la síntesis que era el telégrafo en sus múltiples advocaciones, habría bailado en una sola pata de haber conocido los efectos reunificadores de ese mensaje.

Así ha sido usted, sintética a morir, a lo largo de los 92 noviembres y monedas que tiene. No ha sido amiga de la cháchara. Dos cucharadas de caldo y mano a la presa. Lo que no se diga en pocas palabras no merece decirse, ha sido uno de sus credos. Sin confirmar si lo digo: con usted nació el twitter. En una sonrisa suya o en una malacara suya, hay toneladas de información.

Cómo será que ha sabido resumir certeramente su andadura en una metáfora: “He vivido el invierno, el verano, la primavera y el otoño”.

El telegrama de cinco letras persiguió a Luis María, su esquivo romeo, lo encontró y lo devolvió al redil en menos que canta un gallo.

El lacónico texto pronto se convertiría en la epístola de San Pablo que se hicieron leer en su Montebello del alma, una madrugada de domingo, junto con otras parejas. Que no falte el riguroso traje negro para los recién matrimoniados.  El luto era la moda para los casorios. Y para los entierros. Alguna cercana similitud habrá entre ambos estados.

Después vendría la luna de miel en casa de los suegros, Carlos y Amalita Calle, en Santa Bárbara, con Aura, su hermana mayor como chaperona, enviada por la abuela Ana Rosa, para prestarle los primeros auxilios en caso de necesidad la noche de boda.

Con lo que mi padre no sabía y con lo que usted ignoraba en asuntos sexuales, esa noche empezaron a fabricarnos a los nueve hijos. No había tiempo que perder. Usted tenía 19 abriles y se estaba quedando…

Solo una cosa la preocupa a usted a estas alturas del partido de su vida: cómo nos repartiremos su herencia, una jubilada máquina Singer, jurásico regalo de su costilla.

En ese aparato, usted, convertida en la Coco Chanel de la tribu, le cosía la ropa a la culecada. Cosía siempre con “ventajita” para que la pudieran usar los hijos que venían empujando. Era su forma de aportar a la economía doméstica en una casa en la que teníamos la mayor riqueza: esa en la que nunca faltó el pan en la mesa.

La Singer, como la llamábamos como si fuera un miembro más de la familia, o la mascota, multiplicada por los seis herederos sobrevivientes, quedó perpetuada en el bello óleo que le pintó su nuera, Gloria Luz, mi señora. 

Ahora, si lo desea, se puede quedar viva toda la vida: No tenemos ningún afán en repartirnos la Singer que al principio de su recorrido fue de mano.  Una primera cirugía la volvió de pedal y cuando vinieron las vacas gordas económicas, se le incorporaron mueble y motor fuera de borda.

Para mí fue de buen agüero que usted fuera modista. Singer y escritura como que van de la mano:

La madre del periodista Bernardo Hoyos, multiplicaba los panes y los peces a partir de paños que convertía en pantalones y sacos, para su entorno y clientes que pagaban por ver. Y por vestir.

Líbano, Tolima, es el municipio colombiano que ha dado más hijos de sastre: cuatro. Dos son los hermanos Román y Henry Medina, quien ya no es de la partida.

Un tercer hijo de sastre  Fernando Barrero, exdecano de periodismo de la Universidad Los Libertadores de Bogotá y exdiplomático en euros, en Madrid. Y el cuarto es Germán Santamaría, exdirector de Diners, exembajador en Portugal, etcétera, etcétera.

El poeta nadaísta Jota Mario, tiene un dedal en su hoja debida. Es hijo de Chucho, sastre caleño. La lista es larga.

En fin, mamá Geno, tenga la seguridad de que no nos daremos en la jeta ni desguasaremos el viejo cachivache .

Creo que no le quito más tiempo. De nuevo,  mamá Geno, gracias por los telegramas. Y por la Singer, odg (Esta nota fue publicada inicialmente El Espectador)

A su muerte, le escribí este poema:

Elegía por una flor

¡Cómo te recuerdo, hortensia silenciosa!

Ni una sonrisa me regalaste cuando besé tu mejilla fría.

Comprendí entonces que la muerte es para toda la vida.

Viendo cómo te apagabas le retiré el saludo al hacedor de estrellas.

Nos reconciliamos (¿¡) cuando te llamó a su izquierda mano.

Fue un guiño coqueto a tu zurdera.

Dios no tiene presa mala. Dirías.

Discreta como un salmo

Te gastaste todo el protagonismo en tu prole.

Amabas la vida. Las arrugas te dañaban la comunión.

No rimaban con tu coquetería de todos los semestres.

Si no podías contemplar los sietecueros

Tampoco tenía gracia continuar en la pasarela.

Disfruta tu sabático eterno.

Desde allí sigue alumbrando nuestro ocaso.

Y celebrando otros amaneceres surgidos de tus entrañas.

En cada flor estarás tú, hortensia.

(Abril de 2015)

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