GL # 163: “Ser uno con todo lo que vive”

Apuntes, Dario Jaramillo Agudelo  Rüdiger SafranskiHölderlin o el fuego divino de la poesía (Tusquets).-
Safranski.- Soy admirador de Rüdiger Safranski (Rottweil, Alemania, 1945). Su libro Romanticismo. Una odisea del espíritu alemán es ya un clásico, y las biografías que ha publicado, en su conjunto, son un gran fresco de la historia del pensamiento alemán de los últimos cuatro siglos y, cada una, de por sí, individualmente, es una proeza de comprensión humana y de génesis y evolución del pensamiento de cada biografiado. La de Goethe –ver Gozar Leyendo#42 aquí– y la de Nietzsche son simplemente notables. Y, mi favorita, la de Schopenhauer. Ahora, acaba de aparecer la de Hölderlin.
Hölderlin.- Friedrich Hölderlin (Lauffen, Alemania, 1770-1843) es el más notable poeta alemán de su época, época que no alcanzó a reconocerlo como poeta. Pertenecía a una familia de burócratas que tenían el estatus de “notables”, estatus que su madre viuda quería conservar a toda costa, forzando a su hijo a que se educara para párroco. A los catorce años lo lleva al convento de Denkendorf y allí “firma un documento en el que (…) se compromete a no dedicarse a otra profesión que no sea la teología”. Dice Safranski que la madre de Hölderlin “no tenía acceso al mundo de la poesía y tampoco entendía la pasión poética de su hijo. Más tarde se convenció de que en definitiva había sido la poesía lo que había destrozado a su hijo. Su deseo era que Hölderlin llegara a ser párroco, y empujaba al hijo en esa dirección. Quería que su hijo tuviera mujer y niños en una casa parroquial, y que allí hubiera sitio para ella en la vejez, con ese fin conservaba el dinero heredado”.

El futuro párroco.- A los dieciocho años y hasta los veintitrés, siguiendo el camino trazado por su madre, Hölderlin estuvo en el seminario de Tubinga. Allí fue compañero y amigo cercano de Hegel (el mejor estudiante del seminario, que la impresión que producía “en sus compañeros de estudios era la de un buen compañero, la de un hombre apenas vanidoso, circunspecto, reposado y un poco lento”) y de Schelling. Ya desde entonces, aún desde antes, desde los catorce, Hölderlin sentía una profunda vocación de poeta y la sentía como si fuera una vocación religiosa, y de una religión muy distinta al protestantismo pietista de su familia.

La religión griega.- Desde siempre le apasionaron, mejor, le obsesionaron asuntos muy serios: “él componía poesías a los grandes temas: libertad, inmortalidad, armonía del mundo e inmortalidad”. Y vivía en carne propia, siempre obsesivamente, “la contradicción entre la tradicional fe cristiana, en la que había crecido, y el mundo de la cultura antigua, que para él adquirió una creciente significación religiosa. Este tomar en serio la importancia de la religión de la Antigüedad distinguirá cada vez más a Hölderlin de los coetáneos, para los que la Antigüedad era una simple vivencia en el proceso de formación. En cambio para Hölderlin se convirtió en una religión”. Y todo esto es una fuente de conflictos, el primero, su enfrentamiento con los demás poetas. “En un momento de audacia se pregunta si su misión es conseguir el retorno de los dioses con la ayuda de su poesía contra los ‘poetas hipócritas’: ‘vosotros fríos poetas, no habléis de los dioses, vosotros tenéis entendimiento, vosotros no creéis en helios, ni en el trueno, ni en el dios del mar…’”.

Entre 1793 y 1802.- Y hay otro conflicto, mucho mayor, porque condiciona su propia vida. A los veintitrés años, graduado para párroco, hipotecado a su madre dominante, está obligado social (y también legalmente, según lo que firmó) a trabajar en una parroquia. Para él, no es sólo un asunto de oficio para ganarse la vida –y esto es bastante– sino la fuente de un conflicto de creencias, por un lado las suyas propias y por otro, muy distinto, la fe protestante que le enseñaron a enseñar en Tubinga. Hölderlin no sabe qué hacer. En cierto momento –1791– le escribe a su hermana que desea “poder llegar a escribir libros sin pasar hambre”. Al fin, entre 1793 y 1802, halla una solución más bien transaccional y, para él, probadamente inestable, como preceptor de los hijos de personas ricas, por lo que llega a vivir en diferentes ciudades durante ese periodo. También, en ese período, emprendió la escritura de Hiperión.

Cuenta Safranski que durante la segunda mitad del siglo XVIII “se duplicó el número de los que sabían leer. A finales del siglo apenas una cuarta parte de la población pertenecía al público potencial de lectores. Y se produjo también un cambio en el comportamiento lectivo: en lugar de leer un libro varias veces, se leían muchos libros una sola vez”. Informa que en los últimos diez años del siglo XVIII “aparecieron dos mil quinientas novelas, tantas exactamente como en el conjunto de los noventa años anteriores”. Por esos mismos días sucedía la guerra de los griegos por librarse del dominio otomano, que provocó en Europa toda una ola de simpatía por la causa griega. 

Safranski junta estos dos hechos –el auge de la novela y la simpatía por los griegos– para explicar por qué Hölderlin eligió esa forma y ese contenido para Hiperión, pues “quería llegar a un público más amplio. Hasta ese momento muchas poesías estaban todavía sin publicar, y las otras habían aparecido en pequeñas revistas y en almanaques de las musas con pequeña difusión. Y de momento las cosas no iban a cambiar. La fama le llegaría tarde a Hölderlin: esto formaría parte de su tragedia”.

Una digresión.- Este párrafo es una digresión y se refiere a aquella época en que “creció el consumo de velas” por la fiebre lectora y la moda de las novelas. Dice Safranski que “los críticos literarios andaban desesperados ante el diluvio de novelas”. Algo muy parecido sucede en estos tiempos; Friedrich Schlegel se quejaba en 1797: “entre las numerosas novelas que con cada feria llenan nuestros catálogos de libros, la mayoría de ellas acaban muy rápidamente el círculo de su existencia insignificante para relegarse luego en el olvido y en la suciedad de los libros antiguos en las bibliotecas públicas. La cosa va tan rápida, que el crítico de arte ha de seguirles los talones sin tardanza si no quiere tener el disgusto de juzgar sobre un libro que en realidad ya no existe”. Fin de la digresión, que no queja de lector.

Continúo.- Durante ese período 1793-1802, además de ejercer su oficio de preceptor y seguir desarrollando su obra, se interesa muy particularmente por la filosofía de Fichte y la de Kant, que complementa su muy juvenil entusiasmo por Spinoza: “sé que sólo la necesidad nos impulsa a dar a la naturaleza un parentesco con lo inmortal en nosotros y a creer que hay un espíritu en la materia, pero sé también que esta necesidad nos legitima para ello. Sé que, allí donde las bellas formas de la naturaleza nos anuncian la divinidad presente, somos nosotros los que animamos el mundo con nuestra alma; pero, ¿qué sería tal como es sin nuestra mediación?”, escribe el propio Hölderlin. Y también dice: “¿qué es propiamente lo que nos falta, aquello a lo que aspiramos, aquello que nos sale al paso en los instantes llenos y que podemos llamar ‘lo divino’?”. Ah, la época misma está inquieta por ese sentimiento; dijo Goethe: “yo vuelvo a mí mismo y encuentro un mundo”. En todo caso para Hölderlin, “el filósofo ha de tener tanta fuerza estética como el poeta. Los hombres sin sentido estético son nuestros filósofos de manual. La filosofía del espíritu es una filosofía estética”.

Hiperión no fue el súper ventas que Hölderlin pudo llegar a imaginarse. “Para el gusto popular –explica Safranski– abundaba demasiado en pensamientos, se excedía en contenido filosófico”. Y aclara que la búsqueda de Hiperión implica tres cosas para lograr “la unión extática con el ser”. Ellas son “la fusión panteísta con la naturaleza, la inmersión en el mundo de la Antigüedad y el amor”. En palabras de Hölderlin: “ser uno con todo lo que vive, volver en el todo de la naturaleza con el feliz olvido de sí”.

El principio del (largo) final.- Estamos en mitad de 1801. Hölderlin está sin trabajo. “Vuelven las antiguas preocupaciones. Mientras estuviera sin colocación, el Consistorio puede recurrir a él y enviarlo a una parroquia. Sus medios económicos estaban agotados”. El 2 de junio le escribe a Schiller. Le dice: “he pensado que no debería resultarle desagradable ver cómo la presión de las circunstancias no me ha vencido por completo” y luego –relata Safranski– le “confiesa que ha fracasado en el intento de vivir como escritor libre y, por eso, tuvo que asumir la tarea de ‘educador’ con tal de no ser enviado a ‘predicar como vicario’. Pero, añade, la posición subordinada como preceptor no le ha probado bien”. Concluye Safranski que “esta carta era una llamada de auxilio, ya que ponía de manifiesto que su vida estaba a punto de derrumbarse”.

“Su aspecto era horrible”.- Junio de 1802. Stuttgart. Allí se encuentra con un amigo: Matthisson, quien cuenta después que “estaba tranquilamente sentado en el cuarto cuando de pronto se abrió la puerta y entró un hombre al que al principio no reconoció. Su aspecto era horrible. ‘Estaba pálido como un cadáver, con ojos huecos y salvajes, pelo largo y barba, vestido como un mendigo’. La figura está como petrificada y en silencio. Ante la pregunta miedosa de quién es, el extraño se agarra a la mesa con sus ‘uñas feas y sin cortar’, se inclina y murmura ‘con voz sorda y espectral’: Hölderlin”. Lo que sigue es el testimonio unánime de que se le notaban “signos manifiestos de una perturbación mental”.

Poco después llegó a su casa y, en un ataque de furia, echó a su madre “y a todos los que vivían en ella”. Luego se fue calmando. “Le resultaba especialmente beneficioso un joven de talento recomendado a la familia, que le leía fragmentos de Homero. Eso ‘mitigó’ su agitación de manera sumamente ‘prodigiosa’”.

En 1803 se encuentra con Schelling que deja un testimonio sombrío: “el reencuentro fue triste, pues pronto comprendí que este instrumento con cuerdas bien templadas estaba destruido para siempre. Cuando yo tocaba un pensamiento que antes le había interesado, la primera respuesta siempre era correcta y adecuada, pero con la siguiente palabra se había perdido el hilo. (…) Durante las 36 horas que pasó entre nosotros no hizo ni dijo nada impropio, nada que contradijera su esencia noble y de buenos modales”. Y en una carta, Hegel le cuenta que “su aspecto era para mí espantoso: descuida su exterior hasta lo repugnante y, puesto que sus palabras apenas indican un trastorno, digamos que ha adoptado por entero la conducta exterior de los perturbados”. Todos coinciden en que por aquellos tiempos “no supone ninguna carga, pues es silencioso y está ensimismado”. En apariencia también trabajaba traduciendo a Sófocles y a Píndaro. Sin embargo, en 1804 alguien examinó lo que había hecho con Sófocles y comentó que esa traducción era “una expresión de su degenerado estado mental”.

En 1805 un médico escribió: “¡Y cómo me asusté cuando encontré descompuesto al pobre hombre!, no se podía hablar con él ninguna palabra razonable, y se hallaba en un incesante movimiento violento. Y ahora las cosas han ido tan lejos, que su demencia se ha convertido en un delirio, hasta tal punto que ya no se entiende su lenguaje, que suena a medio alemán, medio griego, medio latín”.

El “11 de septiembre de 1806 (…) Hölderlin fue introducido a la fuerza en un coche por unos enfermeros y trasportado a una clínica de Tubinga (…) Durante su traslado intentó varias veces saltar del coche, pegó a sus acompañantes e incluso los arañó hasta hacerlos sangrar. Los acompañantes estuvieron a punto de dar media vuelta, pero al fin Hölderlin se tranquilizó (…). El paciente fue ingresado el 15 de septiembre de 1806 y lo retuvieron allí hasta el 6 de mayo de 1807, exactamente 231 días”.

Zimmer.- Ernst Zimmer era un ebanista “que había leído el Hiperión –que le ‘gustó muchísimo’, y de pronto leyó que su estimado poeta había sido ingresado en la clínica”. Treinta años más tarde, Zimmer hacía la siguiente descripción: “Visité a Hölderlin en la clínica y lamenté mucho que un espíritu tan bello y grandioso hubiese de hundirse. Puesto que en la clínica no se podía hacer nada más por Hölderlin, el canciller Autenrieth me propuso que acogiera a Hölderlin en mi casa, pues no conocía un lugar más adecuado. Hölderlin era y es todavía un gran admirador de la naturaleza y desde su habitación puede ver todo el valle del Neckar y el de Steinlach. Yo acepté la propuesta y lo acogí, y ahora hace treinta años que está en mi casa”.

En realidad fueron treinta y seis años, entre 1807 y 1843, mucho más de la mitad de la vida de Hölderlin. Al principio, “con mucha frecuencia se producían ataques de ira y delirio, después de los cuales el enfermo por lo general quedaba debilitado y abatido durante algunos días. Una vez, en 1812, se encontraba tan mal, que se pensó que moriría pronto, pero superó la crisis y se recuperó contra toda esperanza. Desde entonces gozó de salud física (…). Por lo demás en la casa era muy apreciado y tratado con cariño. Los ataques de delirio se hicieron cada vez más raros y casi desaparecieron por completo”. Existe un testimonio de 1829 del doctor Uhland, médico oficial, donde reconoce que Hölderlin es “todavía un enfermo mental”, lo cual facilita que se siga pagando la subvención solicitada por la madre en 1806.

¿Un cambio de vida?- Durante los treinta y seis años que vivió en casa de Zimmer sólo una vez “manifestó el deseo de cambiar de vida. Un buen día de la década de 1820 se apoderó de él un imperioso deseo de ir a Frankfurt. Y durante ese tiempo se aferró a esa idea con tanto frenesí, que le quitaron las botas. Enfurecido, se quedó en la cama durante varios días. Por supuesto, Frankfurt equivalía a Diotima. En general se evitaba ese tema, los visitantes eran suficiente discretos para no mencionarlo. Pero uno lo mencionó y recibió una respuesta sorprendente: ‘¡Ay, mi Diotima! No me hable de mi Diotima: ella me ha dado a luz siete hijos: el uno es papa, el otro es un sultán, el tercero es emperador de Rusia, etc.’. Mientras decía esto iba contando con los dedos. Luego dijo con arrebato en lengua suaba: ‘¿Y sabe usted cómo fue la cosa? Tomó un rumbo loco, loco, loco, loco’”.
Diccionadario“Cuando se escribe con facilidad siempre se cree contar con más talento del que se tiene”. Joubert.

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos):Pavorito: miedo preferido.
Capacabana: emasculatorio.
Mentirrosa: flor falsa.
Sobre Revista Corrientes 6871 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa (Q.E.P.D.) y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo: [email protected]