Gilberto Rodríguez Orejuela y sus nexos con el poder

Esta semana murió uno de los principales capos del narcotráfico en Colombia: Gilberto Rodríguez Orejuela

El líder del Cartel de Cali falleció el 31 de mayo en un hospital de Carolina del Norte (Estados Unidos), después de 18 años de estar preso en ese país tras ser extraditado por el gobierno Uribe. Se fue respetando el código de honor de los mafiosos desde que llegó: el silencio. 

La historia del Ajedrecista empieza en el Barrio Obrero de Cali, donde se radicaron sus padres, que habían migrado del departamento del Tolima. Como hermano mayor, desde sus 13 años, Gilberto Rodríguez Orejuela comenzó a trabajar como mensajero en bicicleta de una droguería. En ese entorno conoció los secretos de la farmacéutica.

Años después, en uno de sus apremios ante la justicia, lo sintetizó en una frase: “La cocaína sí la conozco porque mi profesión es farmaceuta”. En esas actividades permaneció hasta finales de los años 60, cuando su ambición económica y de poder lo llevó, junto a su hermano Miguel Rodríguez, a meterse en las honduras del secuestro.

En ese momento estaba en el orden del día el auge este delito y Gilberto Rodríguez Orejuela fue parte del grupo que concretó el primer secuestro de extranjeros vinculados al servicio diplomático. Sucedió el 5 de octubre de 1969 en Cali, cuando fue secuestrado el joven de 15 años Werner José Staessle Speck, junto al secretario de la Embajada de Suiza en Bogotá, Hermann Buff.

El gobierno de Carlos Lleras, a través de su ministro de Justicia, Fernando Hinestrosa, integró un equipo de investigadores que logró la liberación de los suizos y la captura de los plagiarios. Entre ellos, cayeron los hermanos Gilberto y Miguel Rodríguez que se habían encargado de hacer inteligencia para consumar el secuestro. 

No duraron mucho en prisión y, junto a su otro socio, José Santacruz Londoño, optaron por una actividad ilegal menos riesgosa y adecuada a su especialidad: el soborno y la corrupción. Por eso escogieron el narcotráfico. Organizaron una sofisticada red de distribución de cocaína en el barrio Queens de Nueva York y, a lo largo de los años 70, desde Cali constituyeron una línea exitosa de exportación de esa droga.

Hacia 1978, cuando las autoridades de Estados Unidos lo pusieron en su radar, se había convertido en un magnate y lavaba enormes sumas de dinero en el Chasse Manhattan Bank y en el Manufacturers Hanover Trust Bank de Nueva York. Gilberto Rodríguez Orejuela fue uno de los capos del narcotráfico más importante de Colombia.
Esta fotografía fue tomada tras su captura en una caleta en un casa de Cali en junio de 1995. Foto: Archivo 
Del lado colombiano ya era un empresario reconocido. Con avión propio e inversiones legales, adquirió los laboratorios Kressfor y Blaimar, Drogas La Rebaja y Drogas La Séptima, y se convirtió en el farmaceuta número uno de Colombia. Pero al igual que en Estados Unidos, también legalizó ríos de dinero en el sistema financiero colombiano. Fue directivo del Banco de los Trabajadores y de la Corporación Financiera Boyacá (Corfiboyacá) y tuvo la franquicia de la Chrysler, propietario del Grupo Radial Colombiano. 

Además, en 1979, cuando los clubes de fútbol se estaban convirtiendo en el hipódromo de los capos de la droga, su hermano Miguel pasó a ser el dueño público del América de Cali, un equipo que con sus dineros convirtieron prácticamente en una selección suramericana.

Hasta 1984 nada parecía obnubilar el ascenso vertiginoso de Gilberto Rodríguez Orejuela, y su faceta de exitoso empresario se redondeaba con los triunfos deportivos de su equipo que acaparó los títulos de los años 80. Los problemas empezaron el 15 de noviembre de 1984 en Madrid (España), cuando fue capturado junto al narcotraficante antioqueño José Luis Ochoa Vásquez.

Tras el asesinato del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, él y Ochoa escogieron ese país europeo para eludir la persecución de las autoridades. Sin embargo, su ostentosa vida en uno de los barrios opulentos de Madrid, terminó por delatarlos. ​​​​​​​

En enero de 1988 llegó la violenta ruptura de los carteles. Por desacuerdos con otro de los capos de Cali, Élmer Herrera, este detonó un carro bomba frente al edificio Mónaco en Medellín, donde vivía la familia de Escobar. Ese fue el detonante de una guerra terrorista entre las dos organizaciones.

Entonces los Rodríguez Orejuela y sus socios del norte del Valle, además de sostener esta confrontación, optaron por ayudar al Estado a librar la guerra contra la mafia de Medellín. La caída de Gonzalo Rodríguez Gacha, en diciembre de 1989, y la misma de Escobar en diciembre de 1993, contaron con informantes y dinero suyos.

Lo que terminó probando la acción de la justicia es que, mientras que el cartel de Medellín libraba su guerra narcoterrorista contra el Estado y la sociedad colombiana, el cartel de Cali de los Rodríguez se había enquistado en las entrañas del Estado. El 9 de junio de 1995 en un apartamento en el barrio Santa Mónica, al occidente de Cali, fue capturado Gilberto Rodríguez Orejuela. Su hermano Miguel fue aprehendido dos meses después. 

En un entorno de no extradición, en los siguientes meses, se entregaron a la justicia o fueron capturados otros capos. Lo demás es historia conocida. Las presiones de Estados Unidos llevaron sucesivamente al gobierno Samper a promover una ley de extinción de dominio, a incrementar las penas del narcotráfico y, a partir de diciembre de 1997, a revivir la extradición de colombianos a Estados Unidos.

Aunque Gilberto Rodríguez Orejuela logró brevemente su libertad, finalmente fue extraditado en diciembre de 2004. Al año siguiente, corrió la misma suerte su hermano Miguel Rodríguez. La historia del cartel de Cali había concluido. La del Norte del Valle no, porque sus capos fueron los protagonistas de la nueva guerra entre Machos y Rastrojos que inauguró una nueva era del narcotráfico.
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