Gente de radio: El Chupo Plata

El libro de Armando Plata Camacho

Por Oscar Domínguez Giraldo

Hombre de radio hasta el tuétano, el Chupo, alias Armando Plata Camacho, ha vivido las catorce vidas de dos gatos. Para demostrarlo, hace años escribió 542 páginas del libro “Ser alguien”. Amenazó (¿¡) con una segunda parte que seguramente recogerá el período gringo de su travesía vital. Por lo pronto se ha quedado en el amague. Me acordé de su libro a propósito del día de la radio, el 13 de febrero.

“Llegué a Miami en 1990 contratado para dirigir la programación de Telemiami Canal 40 y Radio Klaridad, dos exitosos proyectos de Hernando Díaz Cobo dirigidos a la comunidad colombiana residente en el sur de la Florida”, me comentó hace poco.

La extensión y el precio del libro (50 mil pesitos), fueron, en principio, los principales enemigos íntimos de la obra que nunca apareció en los primeros lugares de ventas. Pero no fue escrito para agotar existencias. “A su manera”, como en la canción de Sinatra, decidió cómo  agotar la edición: la compró toda para regalarla. 

Con dejar constancia de que no vino a hacer turismo en esta encarnación, el autor, locutor de voz orgásmica en la que nunca se oculta el sol, se da por bien servido.

A quienes empezamos a leerlo un tanto escépticos, el libro no nos hizo perder el tiempo.

Donde este bogotano de Chocontá que ha tenido el mundo por hábitat ha puesto el pie, ha sido para exprimir la vida hasta el tuétano. Parece el inventor del “carpe diem”. Pasar de incógnito no ha sido su fuerte.

Si me acosan, guardadas las proporciones de los géneros en que han sido escritos, “Ser alguien” es la versión en crónica periodística de “La pelota de letras”, de Andrés López. El paralelo no ofende a ninguna de las partes.

A quienes tenemos la nostalgia por cárcel, “Ser alguien” tiene cierto tufillo autobiográfico. Escribiendo sobre su vida y milagros, nos ha biografiado a sus contemporáneos. Amén de que está escrito en clave de humor. O de su pariente rico, el mamagallismo, una de las formas remotas de la seriedad.

Dicho en plata blanca, Plata Camacho, el Chupo, – el alias que desplazó el nombre de pila bautismal- se impuso la tarea de retratar una época y su oficio de locutor que reivindica hasta cuando estornuda o atraviesa un paso cebra. O mejor, los oficios que ha realizado este todero. Incluido el cine, una de sus debilidades.

Ha escrito su propia versión de “ Vivir para contarla”, con el léxico adecuado. En sus páginas, los buceadores de palabras en uso de buen retiro, amenazadas de olvido, encontrarán material para alimentar futuras ediciones. Y resucitar voquibles que esperan una mano que los salve del olvidato.

Fue uno de los hallazgos que encontré en su obra, escrita para obedecerle a doña Rosa Helena, su fallecida mamá, que lo instaba a “ser alguien en la vida”.

“El 6 de enero de 1990 a las 8 de la mañana en el aeropuerto El Dorado, mi madre me volvió a dar tres mil bendiciones al igual que en 1965 cuando ingresé a la Escuela Militar. Myriam, Juanita, Christian y Catalina se quedaron en Bogotá. Cuando despegó el avión de Avianca rumbo a Miami, me toqué la cabeza e imaginariamente cambié el casete de mi vida: No voy a pensar en lo que hice, ni en lo que fui, solo me concentraré en lo que voy a hacer: SER ALGUIEN” (Libro “Ser Alguien” pág. 542).

La portada del libro del “Chupo” Plata

Con generosidad que lo hace quedar bien, el Chupo le da todos los créditos a quien fue su asesor periodístico y literario a la hora de amasar su “ópera prima”: Ignacio Ramírez Pinzón, el periodista y escritor creador de la agencia cultural-virtual Cronopios que ya no nos acompaña el Nacho. Usó la literatura como eutanasia: se atragantó de bellas metáforas y partió.

Una memoria de una manada de elefantes enriquece el libro del Chupo Plata que puede leerse a la manera de un libro de autoayuda: cuenta cómo lo ha hecho, cuántas veces y cómo ha fracasado estrepitosa, creativamente en prensa, radio, televisión. De esta forma, quienes vienen empujando podrán ahorrarse equivocaciones. O aprovecharlas. “Un tropezón cualquiera da en la vida”, dice el tango de Bayón Herrera. Mejor si los tropezones son muchos.

Ha fracasado tanto  que ha convertido los reveses en obra de arte. En el Chupo se ha hecho realidad la doctrina que le adjudican a Maturana pero que él tomó de la tradición china: perder es ganar.  Y echar pa’delante.

Plata, como le decían en la escuela, no se presenta como un triunfador hecho en el laboratorio, sino como la persona nacida para la fatiga. Más que llegar triunfal a Ítaca,  se ha divertido haciendo el camino.

Su parto periodístico, tiene mucho de mea culpa. Varias veces se arrepiente de haber invertido prioridades, poniendo su trabajo por encima de su familia, por ejemplo. Un error-horror que nos hermana por lo bajo a miles de bípedos en muchos oficios.

No le da pena admitir que habría preferido cambiar más pañales, preparado más teteros a sus hijos Juanita, Marián Catalina y Christian Armando. O mimado y mirado más los ojos de sus mujeres. Pero la engañera fama, el ego, lo tentaba desde la sombra y cayó en el juego.

Describe con pelos y señales los golpes recibidos de  “amigos” y colegas. Pero no pasa cuentas de cobro. Lo narra a manera de constancia, como una catarsis. Perdona y casi olvida. El del Chupo es un libro en busca de lectores. (Nota sometida a latonería y pintura).

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