Garzón vive, ¡carajo!

Por Oscar Domínguez Giraldo

El 13 de agosto de 1999 Colombia se convirtió en una carcajada de 38 millones de personas.

Lo insólito e irónico del asunto es que la carcajada era por una persona que acababan de asesinar.

Despedíamos a carcajada ventiada  a Jaime Garzón, el irreverente humorista bogotano que no alcanzó a llegar hasta sus oficinas de Radionet.

Todos los días madrugaba a su emisora a decir verdades de a puño con una cierta sonrisa.

El día en que fue sacrificado, el  país estupefacto y adolorido, reía con el corazón en la mano para lamentar su partida y declararlo su intérprete.

Garzón convirtió el humor en  herramienta para decirle al pan-pan.

Por eso los violentos hicieron pum pum sobre su frágil anatomía.

Si el Papa se hubiera muerto ese viernes, los colombianos no habríamos quedado tan achicopalados, achilados, desolados y otros ados como emputados.

Hacía tanto tiempo no se producía un dolor tan generalizado por un muerto, en este país de muertos diarios.

Sólo tenía 39 años cuando murió esa flor que no la primavera, dicho sea con un verso prestado.

Tal vez ni él mismo imaginó que había penetrado tan hondo en el sentimiento de sus paisanos.

Se convirtió en una especie de Lady Di en el sentido de que de todas partes de  Bogotá la gente se desplazó al sitio donde fue sacrificado para depositar una asustada flor.

O una enfurecida plegaria.

Quienes más desfilaron por el Capitolio Nacional, donde fue velado, fueron los ninguneados  de la fortuna.

También los niños madrugaron a llamar a Radionet para leer hermosos poemas de despedida.

Hasta los del gajo de arriba cuyas vergüenzas sacó al sol, marcaron tarjeta.

¿Quién mató a Garzón? Paracos y guerrillos se atropellaron para negarlo.

Todos los dedos apuntaron al fallecido Carlos Castaño, jefe de las Auc.

Para no perder la costumbre, parece que al sol de hoy no hay detenidos por el crimen.

Garzón fue humorista, politólogo, master en mamagallismo, actor de radio y televisión, alcalde del Sumpaz, periodista, lustrabotas hechizo, hombre de teatro, poeta, cocinero, escritor, rumbero, columnista, guachimán, loco, gastrónomo, enólogo, anfitrión espléndido, salvador del mundo, irreverente buscador de paz.

Todos estos oficios perdieron con la muerte de Garzón.

El hombre  cabía en el cuero.

Se tenía que salir de él a través de alguna nueva audacia.

No se repetía.

Era su clave para un éxito que le importaba un comino.

El día que lo mataron tenía planeado viajar a una cita por la paz.

Descansá en tu eterna paz, hombre Garzón. Ahora, si se te ocurre reencarnar, dejate venir no más. Te esperamos. Es más, te necesitamos.

Una lágrima virtual por un colombiano fuera de serie.

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