Galeotto Cey, El desencanto del Nuevo Mundo. Viaje a las Indias, 1539-1553 

Por Darío Jaramillo Agudelo


Comienzo con una cita.- Para que el lector se dé cuenta de qué clase de libro estamos hablando (y, con ello, a lo mejor, se ahorre la lectura del resto de la reseña y vaya directo al libro) comienzo con la transcripción de un párrafo de la página 33: “Un conquistador, llamado Vasco Porcallo, tenía bajo su dominio una buena cantidad de indios e indias y por administrador suyo a un español encargado de llevar doscientos indios más o menos, de vez en cuando a las minas a excavar el oro y los trataba villana y soberbiamente, como es costumbre en los hombres viles y holgazanes, dándoles más garrotazos que pan; de manera que no pudiéndolo soportar más, decidieron un día ahorcarse y provistos cada uno de una soga, se fueron cuando el administrador estaba comiendo. Una india con la que aquel truhan se restregaba, cuando volvió le dijo lo que habían ido a hacer, y viendo en ello su ruina y la de su patrón, rápidamente con gran malicia pensó el hombre en un remedio, y corriendo con el bastón que solía llevar siempre en la mano y con una cuerda, se fue tras los indios y los encontró bajo ciertos árboles preparándose al efecto, y de lejos comenzó a gritar: ‘Esperadme, también yo quiero ir con vosotros’. Los indios, asustados se quedaron admirados y le preguntaron qué quería hacer con aquella cuerda y por qué había venido tras ellos, y decían que se querían colgar en aquellos árboles para no ser más maltratados por él y que querían morir para huir de aquella fatiga. Él respondió riendo: ‘vosotros os engañáis, porque me quiero colgar también yo y he aquí la cuerda, y este garrote lo llevaré también conmigo, para hacerles cavar y buscar el oro mucho más rápido de lo que lo hago acá, así que vamos, ahorquémonos pronto’. Y supo también acomodar las palabras a los gestos que se lo creyeron y resolvieron que era mejor vivir y buscar oro, que morir para continuar haciendo lo mismo aún más, y quedaron asombrados y continuaron en su miseria servidumbre”. 
¿Quién era Cey?.- Galeotto Cey (1513-1579) nació en Florencia. Pertenecía a una conocida familia de comerciantes florentinos. Los cambios y rivalidades políticas lo exilaron de su ciudad natal. En 1528 está en Lyon, trabajando para un banco. En 1532 se establece en Sevilla adonde llega como comerciante en frutos secos. Luego de un intento fallido de regresar a su ciudad, vuelve a Sevilla. Aprovechándose de que Carlos V levanta las restricciones que existían para los no españoles, a los veintiséis años decide embarcarse para América en busca de fortuna.

Cey estuvo en la isla de República Dominicana, luego en Panamá, intentando que lo recibieran en Lima –la más próspera ciudad americana de ese momento–, fracasando en ello, luego dedicado a la pesca de perlas en el Cabo de la Vela, posteriormente en Venezuela y luego en la Nueva Granada, la actual Colombia. Es importante subrayar el momento: hace menos de cincuenta años fue el primer viaje de Colón; al visitar Bogotá (Santa Fe) y Tunja, el epicentro de la Nueva Granada, estas metrópolis tienen menos de diez años de fundadas y no más de mil habitantes, o un poco más. No hay mapas, no hay caminos y, cuando son por tierra, en los viajes va alguien adelante abriendo la trocha. Hay puntos de partida precarios y puntos de llegada ignorados por completo.

Cey regresó a Europa desde Cartagena. Iba tan pobre como había llegado quince años atrás a Santo Domingo. Se instaló en Lyon a ejercer el comercio. Un amigo le ayudaba y lo protegía, Bartolomeo Delbene. Se dice que fue Delbene quien lo indujo a que escribiera una memoria de su periplo americano. Cey finalmente pudo volver a su Florencia natal, en donde murió.

Avatares de un manuscrito.- El manuscrito de Cey quedó en manos privadas hasta que fue a parar al British Museum, donde investigadores italianos lo descubrieron y lo publicaron en 1992. El profesor venezolano José Rafael Lovera lo conoció y propició la traducción al español, debida a Marisa Vannini, que se publicó por primera vez en Caracas en 1995.

Ahora, Piélago Perpetuo, la naciente editorial bogotana, inaugura su perpetuidad con una magnífica edición que reproduce la traducción venezolana. Y añade una preciosa nota introductoria debida a Juan Esteban Constaín, quien señala con agudeza la novedad que tiene hoy este texto del siglo XVI y lo distinta que es esta crónica de las demás que se hicieron durante el primer siglo de la invención de América. Dice Constaín refiriéndose a las crónicas que “las hubo de todo tipo: épicas, realistas, fantasiosas, solemnes, abyectas, hermosas, conmovedoras. Unas de denuncia o indignación, como las del padre Las Casas, otras minuciosas y llenas de curiosidad, como las de Fernández de Oviedo; unas con un estilo elevado, como las de Bernal Díaz del Castillo, otras casi taquigráficas y judiciales, como las de Cieza de León. La de Cey, el florentino que escribe este libro, es una absoluta rareza y un verdadero prodigio. Primero, justo por eso: porque es un italiano quien la ejecuta, un testigo a la vez cercano y distante de la empresa indiana. Segundo, por el valor etnográfico y sociológico que logra su texto, desprovisto de las prevenciones y los cálculos políticos y cortesanos que de una u otra forma salpicaban las memorias y los recuerdos de todos los demás. Galeotto Cey, en cambio, no. Él no. Y eso se ve desde el principio en su libro: su desvergüenza, su agudeza, su aproximación a todo tan distinta a la de los demás”.

“Su desvergüenza, su agudeza, su aproximación a todo tan distinta…”-.Lo que cuenta Cey, sin tapujos, es la vida de un europeo en la labor de la conquista que siguió al viaje de Colón. Unos son los términos oficiales y justificativos, como decir que los europeos que llegaban a esta orilla, llenos de fe en el Jesucristo de la iglesia romana, se proponían civilizar a los nativos y salvar sus almas. Otra es la vida diaria y otras son las motivaciones de este conquistador que viene con fiereza a hacerse rico por las buenas o por las malas. Y eso es, no lo principal, sino lo único. Cey, desparpajado, lo reconoce de entrada, en la dedicatoria de su texto: “unos quieren saber la causa de mi partida, otros la de tanta demora, y la mayoría por qué he regresado pobre, como si fuese vituperio volver de allá sin un gran tesoro (…). Así los más van allá por locura y permanecen por vergüenza, y de ellos está poblada la mayor parte de Indias, aunque en su mayoría sean villanos y gente de la más baja condición (…). Pero como aquí en España se toma en cuenta solo a los pocos que regresan con fortuna, y no a los que se quedan allá, sufriendo y muriendo miserablemente, les parece extraño que yo haya regresado pobre”.

Compraventa de esclavos.- El primer negocio que tuvo Cey fue la importación de esclavos. Llevó doscientos cincuenta desde Cabo Verde hasta Santo Domingo. Cuenta con detalle cómo mezclan esclavos de tribus enemigas para que no se asocien contra los blancos que van en el barco: “después de comer se les daba de beber en un gran cazo lleno de agua, donde se inclinaban y bebían como bestias con un guardia que tenía mucho cuidado de que no bebiesen más de lo que alcanzaran a ingerir en un solo trago y si alguien se sobrepasaba, lo azotaban con un buen fuete, porque de otra manera, toda el agua que la nave llevaba se acabaría apenas en cuatro días de viaje”. Como un detalle más, cuenta que se le murieron doce en el camino. La ciudad de Santo Domingo le parece bellísima. Anota que en la isla “hay un hombre por cada diez mujeres”. “Se ocupan los habitantes de sembradíos, ganado y azúcar, pero no es que trabajen con sus propias manos; lo hacen esclavos etíopes, teniendo siempre algún cristiano como capataz”. Y sentencia: “los hombres, hablando siempre de cristianos son muy viles y se dejan gobernar y vituperar por las mujeres (…); los primeros pobladores se maridaron con putas, de modo que de tales madres no es raro que nazcan tan buenos hijos, y de todos juntos buenos ejemplos”.

Las mercancías que vienen de España pagan impuestos para sostener una burocracia corrupta, interesada sólo en enriquecerse; también pagan diezmos a obispos y sacerdotes “y éstos son, a fin de cuentas, quienes se llevan la mejor parte. Y así, si la conquista es pobre, todos permanecen pobres, aunque si ocurre así encuentran vías extraordinarias para confiscar bienes de éste o de aquél, tildando de traidor a quien no les cae en gracia, y no les falta testimonio para probarlo, entonces lo matan y de los bienes confiscados se resarcen”.

Cuenta que en la isla hay más de treinta mil esclavos: “ingenios de azúcar, siembras, labores, ganado vacuno y servicio a las personas que no lo hace nadie más que estos negros; que ningún cristiano quiere labrar la tierra, ni servir, y si estos negros fuesen todos de una nación, fácilmente arrebatarían la isla a los cristianos, pero son distintos y, como he dicho, enemigos unos de los otros”.

Cabo de la Vela, Perú, Venezuela.- De Santo Domingo, Cey fue al Cabo de la Vela y allí intentó hacerse buscador de perlas. Después se fue a Panamá a tratar de dar el salto al Perú, pero el virrey había puesto restricciones y nunca logró dar ese paso, de modo que regresó a Santo Domingo y, de allí, fue a Venezuela en donde se instaló en un pequeño poblado llamado Coro. Cuenta sin pudor que participaba en una habitual actividad de los blancos de allí, robarles el maíz a los indios y, más directamente, robar indios y esclavizarlos, aun contra las normas, que apenas son códigos escritos sin incidencia mayor en la muy brutal vida diaria. Los indios aprenden a defenderse y atacan cada noche el poblado español e intentan incendiar las casas, que tienen techo de paja, con flechas de fuego. Estando en Venezuela “encontramos que los indios apenas conocían el oro, ni estimaban, diciendo que no era bueno para comer”.

Hablando de evangelización.- “En cuanto al culto divino, teníamos un sacerdote con nosotros, que decía misa y confesaba: las más de las veces la decía seca, sin consagrar, por falta de vino o de hostia. De misa, confesiones y del salario se hizo rico, que vino sin nada y en siete años tenía más de 2000 escudos, que, del poco oro que allí se traficaba, la mujeres en misas ofrecidas, funerales y bautizos de niños, le daban lo que podían, y las confesiones producían algo y los diezmos que cobraba para pagarse 150 ducados al año, que son diez por ciento por cada uno tanto de las siembras, como del ganado. Estos diezmos eran del rey, y el rey pagaba con ello al cura y al obispo, y se vendían en subasta y el cura no quería para ellos sino oro, y no habiéndolo, los adquirían por nada, de modo que se hizo rico y excomulgaba uno por cada diez, cosa cruel e inhumana. Una vez fue al puerto a verse con el obispo y a confesarse y tardó un año en regresar, y maldita la pena que esto nos causó que nos parecía a todos tener una gran ventura, y le costó después mucho trabajo volver a encauzar la bodega y hacer que fuésemos a misa, que donde no esté la Inquisición, que obliga el fuego, no son tan católicos los españoles como parecen, y si les durase tanto un escudo como una misa, serían ricos”.

Colombia.- Cey fue uno de los pioneros en el comercio de ganado desde los llanos de Venezuela hasta Tunja y Bogotá –entonces Santa Fe–. En 1551, trece años después de fundada, Tunja “está poblada por setenta cristianos que están siempre allí con sus casas y repartimientos, después también hay muchos traficantes, de modo que siempre hay 250 o 300 cristianos, al menos”. Cey estima que en Santa Fe hay unos cuatrocientos cristianos, es decir, españoles. Cuenta que la economía de estas ciudades es mucho más agropecuaria que minera y que ya hay una industria del tejido.

También cuenta de los indios de esa región, los muiscas: “son gente fea, hombres y mujeres, más ladrones que los gitanos y grandes combatientes; tienen en muchos lugares mercados y ferias en donde van a comerciar. En Tunja tienen una cada cuatro días, que allí se reúnen cuatro o cinco mil indios; unos venden telas, hilos, otros algodón, sal, maíz. Algunos bebidas, cáñamo, cuerdas, frutas, hierba para caballos, leña, palos para labrar la tierra, flechas, argamasa, hierbas comestibles, pájaros, carne de ciervo y toda cosa, y las truecan con el otro y las venden por el oro, que se hace de él pedacitos que valen cuatro, seis o diez denarios, más o menos a beneplácito, y lo conocen con los dientes y husmeando si es bueno o falso, y de qué ley. De estas ferias tienen muchas y siempre están corriendo de aquí para allí con sus cargas encima, de feria en feria”.

Cey hizo dos viajes entre los llanos venezolanos y la cordillera oriental colombiana: “a fines de mayo de 1552 llegamos a la ciudad de Tunja en el Nuevo Reino de Granada, donde vendimos razonablemente todo (…). Luego me quedé en Tunja hasta fines del febrero siguiente, en que me fui para el puerto de mar, de donde me vine después a España”.

Corografías.- Además de contar su propia historia y soltar sus propias opiniones, El desencanto del Nuevo Mundo también dedica varios capítulos a la descripción del entorno. Y es el primer cronista en mencionar ciertas palabras. Una de ellas hace parte, en Colombia, de la cultura paisa. Sólo que Cey la menciona cuando está en la isla de Quisqueya, mucho antes de pasar por la actual Colombia. Arepa. “Hacen otra suerte de pan, a modo de tortillas, de un dedo de grueso, redondas y grandes como un plato a la francesa, o poco más o menos, y las ponen a cocer en una tortera sobre el fuego, untándola con grasa para que no se peguen, volteándolas hasta que estén cocidas por ambos lados y a esta clase [de panes] llaman ‘arepas’”. La arepa sólo volverá a mencionarse en una crónica de 1590 por Juan de Acosta.

En un primer capítulo corográfico habla “de las semillas, raíces y hierbas de los indios, con la mención de los ganados y otras cosas” y se refiere a la yuca, al maíz, a las batatas. Dice que en La Española hay quinientas mil vacas, abundancia de caballos; que hay ovejas, puercos y cabras. Manatís y tortugas, tiburones y rémoras. Regresa después al reino vegetal: caña, higos, fríjoles; se interrumpe para contar que “rosales no tienen, ni garbanzos, lentejas, guisantes, cebada ni grano”. Y continúa: “guayacán, caoba, ceiba, jobo, guayabo, anón, icaco, plátano, piña, fique, nopal…”. Más adelante, cuando ya ha recorrido tierras venezolanas y colombianas, principalmente, Cey amplía sus referencias a otras especies: el higuero, el maco, el aguacate. El ciruelo, el cacao, el paují, el guáimaro…, al llegar a las palmas anota que sus especies son incontables, se refiere a varias y se detiene en la guadua, destacando sus virtudes para la construcción de puentes y casas. Sigue con el algodón, el maní, el bijao, la verdolaga, el copey, la guama, las caraotas, el papayo, el caimito, el yarumo, la papa…, y de todos estos vegetales hace alguna referencia. Dedica también un capítulo a las especies zoológicas americanas: pecarís, tigres, leones (mejor, pumas), zorras, osos, hormigas de varias clases, colores y tamaños, comejenes, dantas, sierpes, sapos, culebras, escorpiones, perros, ciervos, ratones, martas, comadrejas, pulgas, niguas, garrapatas, cocodrilos, bagres, bobillas, doradas, codornices, águilas, milanos, halcones, chigüiros, loros, paujiles, luciérnagas, abejas…

Dedica otro capítulo para contar “de las maneras de vivir, vestir, costumbres, religión y otras particularidades de los indios”. Refiriéndose a los caquetíos del Manaure venezolano anota que “no he sabido que tengan lugares de religión, pero bendicen al diablo”. De repente, extiende esta geografía desde la provincia de Cubagua hasta Santa Marta y Cartagena. En esa región “son ordinariamente hombres y mujeres sin vergüenza (…), son todos sodomitas… usan este vicio algunos con los hombres y otros con las mujeres, y hay en muchas partes, hombres que hacen este servicio por un precio, como meretrices, pero a tales indios los tienen en desprecio (…). En la provincia de Santa Marta y de Cartagena se sirven de las mujeres y ellas dicen que la naturaleza les hizo dos agujeros para ese fin, en eso son muy deshonestos. Si quisiera castigarlos o refrenarlos, habría que quemarlos a todos”.

Con igual frescura cuenta que en cierta parte de Venezuela hay unos perros que son descendientes de una india y un perro de caza “y me mostraron la india y me lo confirmó”: le contó que ella estaba trabajando la tierra y que “un perro de caza, que estaba con ella, olfateándola le saltó encima, ella se estuvo quieta y así la cubrió aquella y otras varias veces, tanto que la preñó y parió aquellos canes, de los cuales dura aún la raza. Si es cosa de creer o no, juzgue cada quien lo que le parezca. Yo no lo sé sino de oídas, pero no penséis que ella, o los indios se avergüencen de contarlo, por lo contrario, con mucha risa remedaban al can en todos sus actos y muecas, de forma que me avergonzaban”. Conjeturo que esta vez se trata de una broma que le jugaban los indios al florentino: éste entiende como moralmente irresponsable la risa de los indios sin captar que esa risa significa que se estaban burlando de él, que le estaban tomando el pelo, que le estaban mamando gallo.

Hasta 1544 fue legal cazar indios y venderlos como esclavos. Galeotto Cey fue testigo de las cacerías que emprendían los mismísimos soldados españoles en la provincia de Cubagua. Iban a los pueblos de indios hasta doscientos cristianos, léase españoles, la mitad a caballo, la mitad a pie y tomaban como propiedad a los indios e indias jóvenes: “no había año en que no se hiciesen 5000 esclavos por el efecto ya dicho”. Por lo demás, entre los diferentes grupos de indios se daba el caso de que esclavizaran unos a otros.

A partir de 1544, “es bajo pena de la propiedad y de la vida negociarlos, pero se hace con cautela, porque si uno quiere vender a una india o un indio a otro, se llega a un acuerdo sobre el precio sin testigos, pues hay tanto castigo para quien compra que para quien vende”. Lo que hacen es presentarse ante el gobernador y contarle que la india del uno va a trabajar para el otro sin recompensa ninguna. El gobernador a veces los hace jurar, a veces no, pero la cosa queda como un favor entre amigos cuando es una forma habitual de comercio de personas.

La transcripción de un párrafo de Cey basta para mostrar el grado de estima y de respeto de los europeos por los nativos americanos. Dice: “estábamos una vez en camino tres cristianos bajo una pequeña tienda con diez indios encadenados y alrededor estaban muchas otras tiendas con otros cristianos e indios. Con todo que se pusieron centinelas a pie y a caballo, con sonajas y ruidos y grandes fuegos, vino un tigre a la tienda donde yo estaba y de un zarpazo mató a una india que estaba encadenada. Si hubiera estado sola se la hubiera llevado. Nosotros nos levantamos y con lanzas y rodeles nos defendíamos porque no volviese a la tienda. Nos dio a todos tanta guerra que, porque nos dejase y no matase a uno de nosotros o a otros indios, nos vimos forzados a sacar la india de la cadena y arrojarla fuera de la tienda, donde la agarró y se la comió, y allí cerca oíamos crujir los huesos como si fueran cañas”.

Aparte, se refiere Cey al conocimiento y la tecnología del oro que poseen en algunos grupos y también habla del cultivo y el uso de la hoja de coca. Insiste en que son poco religiosos. Esto último parecería facilitarle las cosas a los obispos y a curas y monjas en su tarea de convertirlos a la religión única y verdadera. Pero no: “estábamos allá atormentados por curas y obispos que querían que buscásemos el modo de que los indios e indias de nuestro servicio aprendiesen las oraciones de la iglesia, es decir el Ave María, el Padre Nuestro, Credo y otras cosas, e instruirlos para que creyesen en el verdadero Dios como cristianos; si no, nos querían absolver”. Y añade: “a la ciudad y puerto de Coro llegó un día un cacique que hablaba bien español a ver al obispo, el cual le preguntó cómo estaba y si era buen cristiano, respondiole que estaba bien y que era ya buenísimo cristiano. Preguntole cómo, y cómo era su vida, dijo que ya sabía robar, matar, fornicar, blasfemar, comenzando a blasfemar crudamente, y además sabía decir mentiras y otras cosas similares, lo bueno fue que mientras contaba estas cosas, con la mano señalaba hacia cierto español que era conocido por llevar una vida como esa, más que todos. Luego le dijo que había aprendido esas cosas de los cristianos”.

La cereza de este postre de lecturas es el capítulo final, en el que Cey cuenta su regreso a España desde Tunja, bajando por el Magdalena a embarcarse en el Caribe hasta llegar de nuevo a Europa. Un libro que va más allá de la sinceridad y del desparpajo y que cuenta, sin ningún sentimiento de culpa, la verdad no edulcorada, no ideologizada, de la conquista de América.
  
Diccionadario“Las palabras pueden ser una simple fachada de algo que surge por dentro”. Miguel Botero.

Tomado de Diccionadario (Pre-Textos): Managua: buzo.
Cleptopatra: reina egipcia célebre por su manía de robar.
Piología: ciencia que estudia los pollitos.
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