Fútbol sin fútbol, campeones en pandemia

DIM nuevo campeón del futbol colombiano. Foto Zonazero.

Por Oscar Domínguez y Juan Manuel Roca

Juan Manuel Roca (en su página de Facebook) 

Ayer, en el Estadio Atanasio Girardot obtuvo el campeonato de la Copa BatPlay el equipo Deportivo Independiente Medellín, al quedar empatado con el Deportes Tolima 1 a 1.  

En el desempate desde el punto penalti, décima-catorce regla del juego, ganó el Medellín por marcador de 5 a 4.  

Los dos equipos jugaron en un estadio sin público, en algo difícil de entender. Fútbol sin público es bosque sin árboles. Si un estadio vacío es lo más parecido a una soledad con graderías, con sólo jugadores y árbitros debe parecer un Sahara de emociones. 

Esto es tener que volver el fútbol, como las peleas de perros, un deporte clandestino.  

Así como un libro sin lector es un cementerio de ideas, un partido de fútbol sin el rugido de huracán de las barras, sin los gritos que aún lejos del estadio sabemos si fueron de gol o exclamaciones de un tiro que casi entra al arco, unas gradas vacías son la negación de este ruidoso deporte. 

El fútbol está hecho de jugadas, de plasticidad y emociones, de asociaciones y vacíos, pero también de emociones compartidas.  

Un partido sin gente es una especie de homenaje a la impotencia. Y mucha veces al castigo de no poder civilizar y vigilar los desmanes. Para un futbolista debe ser lo más parecido al onanismo. Imagino un gol celebrado solamente por los compañeros de equipo como si se tratara de un delito, sin poder compartir la gloria de un hecho estético como los que se dan en un partido, y creo que puede ser un tema para la literatura de ficción pero no un juego. 

Es como la representación de una obra de teatro realizada -como en la dramaturgia del absurdo- sólo para las butacas. No tengo nada contra ellas, pero una butaca no puede sentir el pulso de una actuación, ni puede bostezar ante una mala obra, ni manifestar rabia o agrado. 

Si la primera cita olímpica realizada en Atenas en 1896 en un estadio de mármol blanco para 60 mil espectadores no hubiera tenido público, ni ese año estuviera en la historia, ni 120 mil ojos (a no ser que hubiera algún tuerto) habrían sabido de la importancia del juego como espectáculo.  

Un partido de fútbol sin espectadores es lo más parecido a una partida de naipes jugada en solitario.  

Pero bueno. Así son algunos triunfos de mi equipo, el Deportivo Independiente Medellín. Rodeados de una gloria explosiva y sin embargo salpicada de una honda melancolía.  

Afuera, entre banderas rojas y gritos más rojos, a muchos aglomerados hinchas seguramente los visite una suerte de autogol, el abrazo fantasmal de la pandemia. 

MENSAJE DE ODG A ROCA 

Juanmanuel, fútbol sin gente es como amar sin amor. Ni ganas me dan de felicitar al DIM y a sus devotos por un triunfo que ni fu ni va. Es como ser alcalde de la Ciudad de Hierro. Pero nobleza verdolaga obliga: desganadas, desteñidas, desnutridas felicitaciones. No ameritaba pico boca-boca. 

Tres mensajez más de Roca 

Juan Manuel Roca 

Óscar: 

A no ser que hablés de una Boca Junior. Se acepta la remolona felicitación que por poco pega en el palo. Se que no estás verde de envidia. Ni verde como el partido de los tibios. Ni siquiera que tu verde sea como el del poeta «de todos los colores «. 

Juan Manuel Roca 

Gracias, Esteban. Te cuento que hay una barra invidente que va a la tribuna del Dim. Así es nuestra fe en un equipo que durante años ha sido el mejor equipo del año entrante. Abrazo. 

Juan Manuel Roca 

Unos amigos me invitan a salir al ruedo electoral pero mi yo ácrata no me deja. Sin embargo, estimulado por Óscar Domínguez, empiezo a pensar en proponer mi nombre para alcalde de una Ciudad de Hierro. 

RESPUESTA DE ODG 

Juan Manuel Roca Pará, como dicen los argentinos. Que no se te ocurra arrebatarme la alcaldia de la Ciudad de Hierro, el único cargo al que soy eterno candidato de mí mismo. Mejor dicho, antes de que aspires, soy el alcalde de esa insólita ciudad. 

DIM años cin-cuenta 

Oscar Dominguez G. 

Cuando en la década del cincuenta, el Poderoso DIM campeonó dos veces (1955 y 1957), la vida transcurría con la despreocupada lentitud de una película del cine mudo. El estrés y la lúdica no se habían inventado. Tampoco existían los complejos. Electra le decían a una vecina que cocinaba rico y Edipo era el alias de un tendero que fiaba sin miseria.  

Ayer miércoles el Poderoso Independiente Medellín ganó el año al adjudicarse la Copa Águila al derrotar al Cali. Mirará la final del fútbol colombiano desde la sala de la casa porque no clasificó entre los ocho mejores para convertir patadas en puntos. 

En los cincuenta los chinches, chingas o masas, “anticristos” o muchachos teníamos la calle por cárcel perpetua. Allí jugábamos hasta restiarnos. Jugábamos en todos los puestos de la burocracia balompédica. Nosotros mismos éramos los árbitros. Y los entrenadores, claro. Las recochas terminaban a pedrada limpia. Era obvio que tuviéramos equipo de nuestras entretelas. 

Mi tío Aníbal Giraldo Jiménez, hincha del DIM, me invitaba los domingos al Atanasio Girardot desde temprano para ver fútbol en las Martes Uno y Dos. Y me compraba deliciosos esquimales (q.e.p.d.) de La Fuente. El esquimal era la felicidad muerta del frío en su encarnación de paleta. 

Secretamente, el tío rojo abrigaba la esperanza de sumar otro seguidor para el Poderoso. Como yo era la contraria del pueblo, le salí nacionalista. Aníbal admitió la disidencia y nunca me canceló las invitaciones al estadio. Es más, aparecía algunos domingos para financiarme el matinal doble en los cinemas paradiso del barrio: Laika, Berlín y Aranjuez. 

Mi general Rojas empezaba a salir por la puerta de atrás de la historia patria. Mientras se caía del todo, en diciembre nos daba regalos a los chinches a través de Sendas, que dirigía su hija María Eugenia, La Nena, esposa del yernísimo Samuel Moreno.  En unos de sus ratos de ocio en Melgar adonde viajaba en helicóptero, Gurropín ordenó importar un juguetico llamado televisión. Fernando Gómez Agudelo hizo el mandado. 

Si mucho, en mi barrio había un televisor por cuadra. A los chinches nos admitían en las casas con tv. un rato en las noches. Prohibido hablar. De pronto  distraíamos a la gente que hablaba desde el aparato. Sentados y perplejos, desde el suelo, asistíamos al milagro de la televisión que era en blanco y negro como los teléfonos que también hacían su entrada triunfal a las casas. Qué miedo – y qué lío – aprender a hablar por ese aparato tan loco que usted hablaba aquí y alguien como que escuchaba y respondía allá. 

Sabíamos los nombres de los vecinos. Todos éramos amigos de todos. El médico familiar nos conocía el nombre y las enfermedades. Como todo galeno que se respete, solía acompañar a sus pacientes hasta la tumba. El policía de la esquina era otro  amigo. Las muchachas del servicio, las dulcineas de los tombos, se contrataban “con pienso” o “sin pienso”. Si pensaban lo que íbamos a comer, facturaban más. 

La moda era ser honrados. Nadie chicaniaba con algo tan obvio. In illo tempore, padres y abuelos que no conocían el mar asumían que sacar vacaciones era perder el tiempo. Fueron los inventores del trabajar, trabajar y trabajar.   

En diciembre, Niño Dios era el Niño Dios. No mancábamos rosario todas las noches, confesábamos los mismos monótonos y solitarios pecados, el padre Barrientos presentaba cine manga en San Cayetano. De la mano del padre Hernando descubrimos que el cine es un chorro de luz que se convierte en gente al tropezar con un trapo blanco. 

Hacíamos los primeros viernes de mes y en la escuela José Eusebio Caro de Aranjuez nos enseñaban de memoria el catecismo del padre Astete. 

A medida que olvidábamos el catecismo de Astete nos íbamos volviendo ateos «gracias a Dios». Dios nos regalaba una cierta sonrisa de compasión. Los mejores alumnos izábamos bandera los sábados. 

Nacíamos liberales o conservadores, católicos o católicos. Nos gastábamos el libre albedrío escogiendo equipo de fútbol. Era en lo único que nuestros padres nos daban autonomía.  

Celebrar cumpleaños no se usaba. Nos enterábamos de la efeméride porque nuestras madres nos daban huevo entero ese día. Juntaban primeras comuniones de varios hermanos para ahorrar. Algunos “potentados” coronábamos retrato en foto- estudios Garcés, del centro de Medellín. 

La muchachada improvisaba la calle como estadio de fútbol. Sólo después de las doce años nos bajaban los pantalones. Montábamos en zancos, éramos duchos en jugar al trompo comprado en La Piñuela, fabricábamos nuestros juguetes y corríamos la vuelta a la manzana. Hacíamos mandados en semana para conseguir los centavos que nos permitirían ver películas de Tarzán o de Flash Gordon desde la aristocracia de gallinero de los teatros Berlín, Laika o Aranjuez. 

El parsimonioso tranvía que no tenía prisa por llegar a ninguna parte, era la cuota inicial del metro de hoy. En diciembre pecábamos ecológicamente robando musgo en las laderas. Los adultos se emborrachaban en los paseos tomando pipo, mezcla explosiva de gaseosa con alcohol. Los novios aprovechaban para chupar piña en la noche, de regreso a casa. 

Las muchachas llegaban al matrimonio sin haber comido de sal, o vírgenes que llaman. En cambio, muchos hombres también. Ignorábamos por donde iba el agua al molino sexual. Yo creía que el asunto era por el ombligo. Los mayores que trabajaban iban a Lovaina o a Guayaco a horizontalizarse con damas  de deliciosos cuatro en conducta y se jactaban el resto del año alegando de que se habían vuelto varones. 

Todos los males se curaban con alcohol, mentolín, babas maternas y Mejoral cuyo eslogan era: “Mejor, mejora, Mejoral”. Las madres se conservaban bellas a punta de Pomada Peña y crema S de Ponds y olían a polvo Flores de Niza. Los adultos hacían cursillos de rodolfovalentinos, alisando el pelo con Brillantina Moroline, Glostora o con hojitas de San Joaquín, hervidas en agua que ponían el pelo tieso, como mano de santo. Los muchachos de antes sí usábamos gomina. Eso sí, “no se conocía coca ni morfina”.  

Los pianos (traganíqueles) le ponían música a esa generación: tangos, boleros, músicas cubana, mexicana y española. Las tiendas, como las de mi abuelo Lubín Giraldo, eran tiendas de día y bares de noche. 

Colombia importaba jugadores argentinos a la lata. El “Charro” José Manuel Moreno era el más mentado. Los del DIM tenían nombres musicales, pero ni así me volteaba. Como la radio era a la vez televisión, los narradores Jaime Tobón de la Roche, Gabriel Muñoz López, Guillermo Hinestroza Isaza, hablaban bellezas de René Alberto Segismundo Seguini, Lorenzo “Patemula” Calonga, Pedro Roque Retamozo, Orlando Larraz, Orestes Omar Corbata, ideólogo de la pierna derecha.  

Los jugadores gauchos venían con tiquete de regreso a Buenos Aires pero el paisaje, la vida que se vive en Colombia, el clima  y las minas (mujeres) les dictaban auto de detención para siempre. Felices, los argentinos decidían ennietecer en la tierra firme colombiana. Los acogíamos amorosamente, como si fueran una metáfora de Borges, un cuento de Cortázar o de Bioy Casares, un tango de Gardel, un soneto del suicida Lugones. 

Ahora el Poderoso vuelve a la final, esta vez contra el Junior. Sin exceso de ganas, los verdes haremos fuerza por el rojo. Los apoyamos, y ganen o pierdan, volveremos a nuestra raíz, el Nacional. Voltiarepas, sí, pero por dos partidos. Ni un segundo más… 

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