Fuerzas visibles

Violencia y pobreza sin fuerza en los planes de desarrollo en Colombia. Foto colombia.com

Por Carlos Alberto Ospina M.

Los ingresos, los entornos y la generación de riqueza muestran el horizonte de desigualdad de una sociedad. La posibilidad de acceder a la educación, la atención médica, la vivienda, la alimentación y la recreación determinan el desarrollo de los niños. El lugar en donde se nace marca la diferencia y la perspectiva de una existencia sana. Lo uno por lo otro.

Reconocer esas inequidades permite entender el por qué las políticas públicas deben diseñarse desde adentro y no a la inversa. Los recursos y las inversiones en el territorio comprometen la calidad de vida y la evolución de los chiquillos. Un ambiente con oportunidades propicia el futuro productivo de los individuos.

“Hombres y mujeres de todas las razas nacen con el mismo rango de habilidades. Pero la habilidad no es solo el producto del nacimiento. La familia con la que vives y el vecindario en el que vives, la escuela a la que asistes y la pobreza o la riqueza de tu entorno estiran o debilitan la capacidad. Es el producto de un centenar de fuerzas invisibles que juegan sobre el pequeño bebé, el niño y finalmente el hombre”. (Lyndon B. Johnson, discurso de graduación de la Universidad de Howard, 1965).

Las nombradas fuerzas invisibles apuntan, también, al derecho a la vivienda segura, el aire limpio, el acueducto, el alcantarillado, el saneamiento, los parques infantiles, los espacios verdes y la dotación general de las múltiples localidades. A medida que la gente disfrute del servicio público esencial y el mejoramiento integral, la brecha se reducirá en directa proporción al progreso alcanzado y los chicos podrán crecer en un ecosistema más distributivo.

Otro aspecto fundamental que, eluden algunos planes de desarrollo y varios programas relacionados con el “presupuesto participativo”, reside en el impacto de la contaminación, el cambio climático y el efecto de las industrias tóxicas. Esta artillería venenosa destruye la esperanza de vida de millones de personas en el mundo. Por esto, los recursos sociales y económicos deben garantizar la seguridad ambiental y la salud de todos; en especial, de niños, adultos mayores y discapacitados.

Crecer en un barrio, un pueblo o un corregimiento en el cual campea la pobreza sentencia a los infantes, de mal en peor, a las drogas, la delincuencia común u organizada, el analfabetismo, el ocio y el resentimiento de clases. El abandono estatal y la apatía de los demás mortales, pone sobre la mesa las expectativas bajas y las aspiraciones poco optimistas. Penuria y desempleo, educación y utilidad, segregación e indolencia, hacen parte del paisaje cotidiano que fija los ejemplos de la primera infancia.  

Las considerables discrepancias en todo el país no son el resultado del actual gobierno, puesto que llevamos siglos, no años, ignorando que la principal transformación consiste en ofrecer una niñez saludable sin discriminación étnica o territorial. Las políticas locales, regionales y nacionales tienen un patrón de inequidad e inadecuada distribución de los bienes. Así las cosas, nacer en cualquier caserío simboliza una desventaja y un contraste desfavorable para la prosperidad de los chiquillos.

Los planes de desarrollo deben contemplar distintas políticas públicas encaminadas a identificar y prevenir las causales de disparidad. Al mismo tiempo, es necesario trabajar en la disminución de las barreras sociales, las necesidades de los niños y los esquemas de bienestar infantil como ejes del progreso.  La combinación de factores u oportunidades nos ayudarán a construir una nación más justa y equitativa. 

Enfoque crítico – pie de página. El Estado que sea capaz de prescindir de los poderes evidentes de la desigualdad obtendrá acceso a información significativa del adelanto de su población infantil. 

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