Está bien llorar las pequeñas pérdidas del año perdido

Brian Edwards y su esposa, Ginger,en su casa en Topeka. Foto Barrett Emke paraa The New York Times


Por Tara Parker-Pope

Cuando pregunto a la gente qué perdieron en el último año de vida pandémica, la respuesta suele empezar siempre igual.

“No puedo quejarme”.

“Soy uno de los afortunados”.

“Sé que debo ser agradecida”.

Lo que hacen, por supuesto, es comparar su pérdida con los 2,6 millones de muertes registradas en todo el mundo durante esta pandemia, lo que hace más difícil hablar de esas pérdidas menores. Muchas personas han perdido tiempo precioso con familia y amigos, o se han visto obligadas a cancelar planes de viaje y perderse acontecimientos importantes como graduaciones y bodas.

En la jerarquía del sufrimiento humano durante la pandemia, la cancelación de un baile de graduación, la pérdida de unas vacaciones o la pérdida de ver los primeros pasos de un niño tal vez no parezcan gran cosa, pero los expertos en salud mental dicen que todas las pérdidas deben reconocerse y llorarse.

“La gente siente que no tiene derecho a estar en duelo”, comentó Lisa S. Zoll, trabajadora social clínica certificada en Lemoyne, Pensilvania, especializada en asesoramiento sobre el duelo. “Al cabo de un año, las pérdidas se acumulan. Acabo de tener una conversación en mi oficina en la que alguien dijo: ‘No puedo quejarme de mi dolor, porque hay gente que la está pasando peor’. Pero tenemos que corregir esa mentalidad. Tu dolor es tu dolor. No puedes compararlo con el de otras personas”.

Para RaeAnn Schulte, de St. Paul, Minnesota, la pérdida de muchas de las pequeñas cosas de la vida cotidiana durante la pandemia supuso un golpe considerable.
Para RaeAnn Schulte, de St. Paul, Minnesota, la pérdida de muchas de las pequeñas cosas de la vida cotidiana durante la pandemia supuso un golpe considerable. Foto Nina Robinson para The New York Times

Hace un año, Georgiana Lotfy se vio obligada a cancelar la boda de sus sueños en Joshua Tree, California. Ella y su pareja, Stephen Schullo, habían encontrado de nuevo el amor a los 72 años, y querían celebrarlo con 55 amigos y familiares. En vez de eso, se casaron en su patio trasero de Rancho Mirage el 21 de marzo, con un oficiante que estaba a dos metros de distancia. Los invitados lo vieron a través de Facebook Live. Las flores de la boda, que ya habían pagado, las enviaron a residencias de ancianos, y el encargado del banquete entregó la cena de la boda a un refugio local para personas sin hogar.

“He llorado por eso”, dijo Lotfy, que es psicoterapeuta licenciada. “Cuando empezamos a pensar en cómo vamos a celebrar nuestro aniversario, de nuevo caí en cuenta de la tristeza de la pérdida de esa hermosa boda. No hay ningún ritual para ese duelo. No es como perder a una persona, pero es una tristeza”.

Hay un nombre para la aflicción que no se reconoce habitualmente: el duelo privado de derechos, también llamado duelo sin derechos. El término fue acuñado en la década de 1980 por Kenneth J. Doka, un experto en duelo que comenzó a estudiar el duelo no reconocido cuando daba clases a estudiantes de posgrado en el College of New Rochelle. Cuando el debate en clase se centró en la muerte de un cónyuge, una estudiante mayor habló de la falta de apoyo social cuando murió su exmarido. La nueva esposa de él era la viuda. Sus hijos habían perdido a su padre. Pero ella sentía que no tenía derecho a llorar la muerte de un hombre con el que había ido al baile de graduación de la preparatoria y compartido 25 años de su vida.

La conversación llevó a Doka a empezar a estudiar el duelo que no es reconocido ni apoyado por los rituales sociales. Puede ocurrir cuando no tenemos un vínculo legal con la persona que perdemos, como es el caso de un amorío o después de un divorcio. Cuando la pérdida incomoda a los demás —como en el caso de un aborto espontáneo o un suicidio— también podríamos carecer de apoyo para sobrellevar el dolor. Sin embargo, a menudo, el duelo sin derechos se produce en torno a pérdidas menores que no implican fallecimientos humanos, como la pérdida de un trabajo, una oportunidad profesional desaprovechada, la muerte de una mascota o el tiempo perdido con las personas que queremos.

“Una frase constante es: ‘No tengo derecho a llorar’”, dijo Doka.

Cuando los campus universitarios cerraron hace un año, los estudiantes se vieron obligados a empacar, despedirse rápidamente de sus amigos y terminar el semestre en casa. Antes del cierre, Victoria Marie Addo-Ashong, que creció en Falls Church, Virginia, tenía grandes sueños para su temporada de atletismo en la Universidad Pomona. Después de establecer un récord de triple salto en su escuela y obtener el quinto lugar en los Campeonatos de Atletismo al Aire Libre de la División III de la NCAA 2019, su meta era conseguir un título nacional.

Victoria Marie Addo-Ashong ha ganado muchos premios tanto en atletismo como en voleibol, pero perdió la oportunidad de ganar un título nacional a causa de la pandemia.
Victoria Marie Addo-Ashong ha ganado muchos premios tanto en atletismo como en voleibol, pero perdió la oportunidad de ganar un título nacional a causa de la pandemia. Foto Michelle Groskopf para The New York Times

No obstante, comenzó la pandemia de COVID-19, y la temporada de atletismo de 2020 se acabó antes de empezar. “Solo tuvimos tres encuentros antes de que se cancelara nuestra temporada”, explicó Addo-Ashong. “La falta de control y la sorpresa total fueron bastante descorazonadoras. Fue muy surrealista. Sentí que era imposible que pasara esto”.

Addo-Ashong, de 22 años, sabe que otras personas han perdido mucho más en el último año, lo que le ha dificultado vivir el duelo por su propia pérdida. Su último año iba a ser la primera vez que sus padres la vieran competir en un encuentro universitario. También llora por sus compañeros de equipo y sus entrenadores, que invirtieron tanto tiempo y energía en su entrenamiento.

“Teníamos grandes metas juntos. Fue una gran decepción no poder terminar como deseábamos”, dijo Addo-Ashong, que ahora trabaja en el sector de la consultoría económica en Los Ángeles. “He perdido una temporada de atletismo, mientras que la gente ha perdido vidas. Pero era una parte muy importante de quién era y sigo siendo. Es difícil porque no pude hacer nada al respecto. No había una forma concreta de llorar el final de una temporada de atletismo perdida. Incluso esa frase suena estúpida ahora. Si ganaba no me importaba realmente. Quería tener la oportunidad de intentarlo, de competir una vez más”.

Hace un año, la vida de Ginger Nickel en Eugene, Oregón, era plena. Esta profesora jubilada de 74 años trabajaba como voluntaria tres o cuatro días a la semana en un hospital local, a menudo acompañada por su labradoodle blanco, Gryffindor, un perro de terapia entrenado. Como parte del programa “Nadie muere solo”, se sentaba junto a los pacientes moribundos, algunos de los cuales eran indigentes y no tenían familia a su lado. Su trabajo favorito era hacer turnos de tres horas como cuddler, una ocupación que implica cargar y abrazar a los bebés en la unidad de cuidados intensivos neonatales.

Pero en marzo, todos los voluntarios del hospital fueron enviados a casa: no había suficiente equipo de protección disponible y la rápida propagación de la COVID-19 hacía demasiado arriesgado permitir que los voluntarios fueran y vinieran del hospital.

“Fue muy brusco. No era algo para lo que pudiera prepararme”, dijo Nickel. “Recuerdo que tuve la misma sensación que cuando murió mi mejor amigo. Es como si tu día fuera normal, y recibes esta noticia y todo cambia. Te quedas parado como, bueno, ¿qué debo hacer ahora? Fue una sensación realmente inquietante. Era casi como si alguien hubiera muerto y no lo volviera a ver”.

Nickel dijo que redirigió su energía a coser mascarillas. Las donó al hospital y a las personas sin hogar de la zona, e incluso las colgó en los tendederos de su jardín para que la gente se las llevara. A menudo encontraba notas de agradecimiento enganchadas en el tendedero donde había estado la mascarilla.

Pero echa de menos a las enfermeras y al personal que veía semanalmente durante los últimos 13 años. Y aún no tiene claro cuándo o si el hospital volverá a contar con trabajadores voluntarios.

“Sé que lo que estoy pasando no se parece en nada a lo que han pasado las familias de 500.000 personas”, dijo Nickel. “Pero estoy de duelo. He perdido algo. Ha pasado un año y no he visto a ninguno de ellos. Sé que los bebés aún necesitan que los abracen”.

Brian Edwards, de 69 años, médico jubilado de Topeka, Kansas, se define como un “tipo que ve el vaso medio lleno” al que no le gusta quejarse. Él y su esposa, Ginger, se perdieron de muchas cosas el año pasado. Tuvieron dos nietos nuevos que no han podido ver. Su hija se casó. Tenían planeados cinco cruceros en 2020 antes de que llegara la COVID-19.

Brian Edwards y su esposa, Ginger,en su casa en Topeka.
Brian Edwards y su esposa, Ginger,en su casa en Topeka. Foto Barrett Emke paraa The New York Times
A Edwards se le diagnosticó la enfermedad de Alzheimer en 2017 y se perdió un año de viajes y visitas a los nietos
A Edwards se le diagnosticó la enfermedad de Alzheimer en 2017 y se perdió un año de viajes y visitas a los nietos. Foto Barrett Emke para The New York Times

Edwards también tiene alzhéimer, y el tiempo es muy valioso para él. Sus médicos le han aconsejado que “se divierta” mientras esté sano, algo que las restricciones de la pandemia han vuelto más difícil.

“Sé que mi tiempo es limitado”, dijo. “Pero siento que nuestra pérdida no es nada comparada con la de gente que ha perdido a sus seres queridos. ¿Alguna vez me he sentido triste? Sí, pero esa no es mi forma de ser, obsesionarme con las cosas malas. Intento pensar de manera positiva. Todos tenemos muchas pérdidas en muchos sentidos. Algunas pérdidas son más relevantes que otras. Lo importante es que, si tienes una pérdida, debes permitirte estar triste. Nadie puede decirte que tus sentimientos están equivocados”.

Los confinamientos tuvieron un efecto financiero inmediato en Annabelle Gurwitch, una escritora de Los Ángeles que perdió proyectos y conferencias programadas. La promoción de You’re Leaving When?: Adventures in Downward Mobility, su nuevo libro, se convirtió en un suceso virtual. Pero fue cuando la graduación de su hije en Bard College se trasladó a internet que se encontró llorando en el patio de su casa. Había trabajado arduamente e incluso había creado un club de sobriedad en el campus.

“Estaba muy orgullosa de que se hubiera graduado de la universidad en cuatro años”, dijo. “David Byrne iba a ser el orador. Hay tanto sufrimiento, y me sentí terrible por no poder ir a la graduación de mi hije y ver a David Byrne. Eso no es mucho en el nivel de sufrimiento. Pero, caray, le dimos apoyo los cuatro años. Dejó de beber durante la universidad. ¿Se me permite decir que estamos decepcionados?”.

Casi al mismo tiempo que la graduación, a Gurwitch le dio tos. Se hizo una prueba de coronavirus y una radiografía de tórax, lo que finalmente condujo a un diagnóstico de cáncer de pulmón en fase 4. Tras el diagnóstico de cáncer, Gurwitch empezó a notar que sus amigas empezaban a restar importancia a sus propias luchas y a su dolor. A una amiga le diagnosticaron cáncer de mama y se sometió a una doble mastectomía, pero no quiso decírselo porque consideraba que el cáncer de mama no era tan grave como el de pulmón.

“Mi cáncer le habíaa ganado al suyo”, comentó Gurwitch. “Es terrible sentir que tu sufrimiento no tiene cabida”.

Erin, de 38 años, que pidió que no se utilizara su nombre completo para proteger su privacidad, dijo que había perdido otro año de fertilidad durante los cierres de la pandemia. Después de sufrir un aborto espontáneo hace unos años, había estado intentando concebir, pero su marido no consideraba prudente iniciar un embarazo durante una pandemia. “Llegó el Día de la Madre, y yo estaba a punto de cumplir 38 años, y quedó claro que no me queda mucho tiempo”, dijo. “Ese reloj biológico: el tictac es muy fuerte, y es algo muy real”.

Erin dijo que su matrimonio comenzó a desmoronarse, y se dio cuenta de que si quería ser madre, probablemente tendría que buscarlo por su cuenta. Ahora ella y su marido se están divorciando, y está tomando medidas para congelar sus óvulos y estudia la posibilidad de adoptar y ser madre de acogida. Dice que el dolor de la infertilidad y el aborto involuntario solo se ha visto amplificado por la vida pandémica, ya que puede echar un vistazo a la vida familiar de la gente a través de las videollamadas.

“Una compañera de trabajo, cada vez que hablamos, habla de las clases de Lamaze”, dijo refiriéndose a las sesiones de preparación para el parto. “Eso está muy bien para ellos, pero no es un espacio adecuado para que yo diga que estoy teniendo dificultades con esto. He perdido un hijo. He perdido mis años fértiles. Es un área en la que realmente estoy sufriendo. No es algo de lo que, como sociedad, hablemos abiertamente”.

Uno de los mayores retos del duelo privaado de derechos es lograr que la persona que sufre reconozca la legitimidad de su propio duelo. Una vez que acepte que su duelo es real, hay pasos que puede dar para ayudarse a afrontarlo.

Addo-Ashong con uno de sus muchos premios de atletismo. 
Addo-Ashong con uno de sus muchos premios de atletismo. Foto Michelle Groskopf para The New York Times
  • Valida la pérdida. Identifica lo que has perdido este año. “He recibido varias cartas de personas que han leído mi libro y me han dicho: ‘Has puesto nombre a mi dolor’”, relató Doka. “Ponerles nombre a las cosas tiene su poder. Es una pérdida legítima”.
  • Busca apoyo. Uno de los retos del duelo sin derechos es que a menudo sufrimos en silencio. Acudir a un grupo de apoyo o a un terapeuta, o acercarse a los amigos para hablar del duelo es un paso importante para afrontarlo. “Creo que compartir nos ayuda, porque la gente siente muchas veces que, con el duelo, especialmente el duelo sin derechos, se sienten solos y aislados”, explicó Zoll. “Piensan que nadie más está experimentando lo que ellos. Alguien tiene que ser lo suficientemente valiente como para sacar el tema a colación. Al hablar de ello, la gente dirá: ‘Yo también lo he vivido’”.
  • Crea un ritual. Los funerales, los servicios conmemorativos y los obituarios son rituales en torno a la muerte que nos ayudan a procesar nuestra pérdida. Considera la posibilidad de crear un ritual que honre tu pérdida. Considera plantar un árbol, por ejemplo, o encontrar un objeto que represente tu pérdida, como boletos de avión cancelados o una invitación de boda, y entiérralo. Organiza un baile de graduación o una ceremonia de graduación ficticia. Algunas personas quizá quieran hacerse un tatuaje para conmemorar la pérdida. “Lo que nos cuesta es encontrarle sentido a la pérdida”, dijo Zoll. “El dolor y la pérdida no tienen sentido. Los rituales forman parte de la búsqueda de significado”.
  • Ayuda a otra persona. Zoll dijo que los pequeños actos de bondad la han ayudado a sobrellevar sus propias pérdidas durante la pandemia. Escuchó decir a una mujer en una tienda de comestibles cuya madre había fallecido que iba a preparar la comida favorita de su madre como una manera de honrarla. “Esperamos a que llegara a la caja y pagamos su comida”, dijo Zoll. “Quería que su relato de duelo incluyera algo bonito que ocurrió. Cuando hable de recordar a su madre, también recordará que alguien le pagó la compra”.
  • Encuentra pequeños momentos de gozo. No te obligues a estar contento, pero intenta encontrar cosas que disfrutar. “La alegría es un objetivo sublime”, dijo Zoll. “A veces, lo mejor que podemos hacer es hallar momentos de deleite que sean un escape suficiente para tener un respiro”.

Para afrontar el duelo, es importante que no clasifiques tu pérdida como mejor o peor que la de otra persona. RaeAnn Schulte, de 29 años, de Saint Paul, Minnesota, dijo que su primera reacción es siempre decir que no ha perdido nada durante la pandemia. “Pienso que he tenido suerte. No he perdido seres queridos; no he perdido una boda o una graduación o un trabajo; no he perdido la salud”, dijo. “Entonces, ¿por qué me siento tan mal?”.

Schulte repasa su agenda de 2020, haciendo un recuento de los eventos y vacaciones cancelados.
Schulte repasa su agenda de 2020, haciendo un recuento de los eventos y vacaciones cancelados. Foto Nina Robinson para The New York Times
“Creo que ha sido una colección de pequeñas pérdidas”, dice Schulte sobre el año de la pandemia.
“Creo que ha sido una colección de pequeñas pérdidas”, dice Schulte sobre el año de la pandemia. Foto Nina Robinson para The New York Times

Schulte dijo que empezó a pensar en todas las pequeñas pérdidas de este año, como el tiempo que no pudo compartir con su familia, especialmente con sus sobrinos pequeños que cambian todos los días. Echa de menos a sus compañeros de trabajo, visitar las librerías e ir a clase de yoga.

“He perdido vacaciones, conciertos, partidos de hockey y festivales”, relató Schulte. “Y puede que por sí mismas ninguna de esas cosas importe tanto. En efecto, ante tanto dolor y pérdida, me doy cuenta de lo afortunada que soy. Pero, ¿qué es la vida sino un cúmulo de pequeñas alegrías? En conjunto, quizá mi pérdida no sea tan pequeña después de todo”.

Tara Parker-Pope es la editora fundadora de Well, el galardonado sitio de salud para el consumidor de The New York Times. Ganó un Emmy en 2013 por la serie de videos Life, Interrupted y es la autora de For Better: The Science of a Good Marriage. @taraparkerpope

Sobre Revista Corrientes 4774 artículos
Directores Orlando Cadavid Correa y William Giraldo Ceballos. Exprese sus opiniones o comentarios a través del correo rcorrientes@revistacorrientes.com

Sé el primero en comentar

Dejar una contestacion

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.


*