Esa ráfaga, Naomi

Naomi a los 50

Por Oscar Domínguez Giraldo

No le haré ninguna escena a la superhiperrecontramodelo británica Naomi Campbell por no haberme invitado a la celebración el viernes 22 de mayo en Londres de su 50 cumpleaños. La vieja, perdón, la londinense puede hacer conmigo lo que a bien tenga.

Esos labios con mujer que es la negra más bella del mundo cumple el día de Santa Risa de Casia, abogada de imposibles. Imposibles como ella misma, (Naomi, no Santa Rita) .

Es “tan bella que hace daño”, diria pirateando para ella el piropo de Cocteau a María Félix, Ceja de Lujo. No en vano ha sido la primera modelo negra en castigar portada en revistas tan encopetadas como Vogue y Elle.

Cuando “esa ráfaga”, Naomí, pasa frente al célebre Big Ben londinense, éste se detiene. Viendo pasar sus 177 centímetros de estatura, y sus espléndidos 86-60-87, el flemático Big Ben se atrasa una millonésima de segundo. Y eso para un reloj que pesa varias toneladas (13,8 para ser exactos) es una eternidad, tres pandemias juntas. Claro que una vez Naomi trastorna la esquina de Piccadilly Circus, el reloj se pone al día.

Siempre es domingo en las caderas de la diva. En sus cuatro letras jamás se oculta el sol. Naomi es un Harrods de sensualidad, un río Támesis de erotismo, un Buckingham de imponencia, una torre de Londres de misterio, una…. Punto aparte.

Cuando los taxis negros londinenses la ven pasar, cambian de color. Se ponen amarillos, el color de la felicidad y de la cobarde envidia.

Además de desfilar por todas las pasarelas, Naomi, una mujer con piel de viento, procura “ser siempre improbable”, siguiendo la receta de Wilde quien le habría inventado una paradoja. O una balada, yéndole mal.

Como improbable que es, ella canta, escandaliza, escribe libros para el olvido, filma películas que daría jartera ver, les casca sin piedad a sus empleados, se pone trajes que solo lucirá en una fiesta, crea empresas con sus colegas de erotismo.

O les pone los cuernos a sus fugaces novios que ella convierte en pañuelos desechables.

Bueno, digamos que estas cosas las hace cualquiera. Pero movilizar semejante multinacional del erotismo que es su cuerpo sin que se paralice la aldea global, solo lo hace esta cincuentona. En Londres, Naomi se resfría y estornuda todo el Soho, el barrio bohemio.

Dios hizo a la Campbell para demostrar que hace lo que le da la gana.
Y botó la horma para evitar clonaciones.

Una precisión: la negra grande de las islas británicas es una clonación, una fotocopia de su mamá. Gustoso me alquilaría para llevarle la maleta a alguna de las dos. O a ambas.

El fallecido modisto Versace descubrió una mina de oro en el rítmico mazamorreo de las caderas de la Campbell. Cuando murió su Cristóbal Colón, ella derramó lágrimas negras. Los guardaespaldas se turnaban para enjugárselas y de paso estar más cerca de sus 86 centímetros pectorales.

Para desestresarse, alguna vez, siendo novia del bailarín español, Joaquín Cortez, trató de suicidarse. Pero a la pelona le dio culillo llevarse al churro inglés, reculó, y la mantuvo en la pasarela vida, donde sigue tan campante como el trago escocés.

Pero más vale no chorriar la inútil baba en público por Naomi.

Jamás nos dará ni la hora de hace un año. Con ella no llegaremos a ningún Pereira sexual. Dejémosla como amor platónico que tene la edad de nuestros sueños eróticos… Japiberdi. (Esta nota pasó por el taller de latonería y pintura).

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