Entretelones: Qué pelea tan distinta

Imagen RCN

Por Rodrigo Pareja, Medellín

En una época cuando el boxeo no había perdido su esencia por culpa de los innovadores que lo convirtieron en boxifútbol, este deporte era protagonizado por figuras como Joe Louis, Rocky Marciano, Sonny Liston, Casius Clay, Joe Frazier, George Foreman y en el ámbito más local por Kid Pambelé y Bernardo Caraballo. 

Estos llamativos duelos que siempre eran la pelea de fondo de la jornada, se promocionaban muchas veces como “el combate del siglo”, pero terminaban en la fecha pactada, así algunos alcanzaran el límite de asaltos programados. 

Los contendientes y sus séquitos, una vez suplido el trámite eminentemente deportivo, suscribían en forma tácita una especie de pacto de no agresión y la reconciliación y el colegaje eran manifiestos, situación civilizada que como por ósmosis, se extendía también a sus miles de seguidores.

Luego de cada fajada por la corona, un acontecimiento que acaparaba por igual titulares, fotografías, críticas y alabanzas, el ambiente tornaba a la normalidad, al tiempo que comenzaban a hacerse los preparativos para otra contienda épica que de nuevo congregara todas las expectativas.    

Colombia parece haber regresado a esas épocas doradas del deporte de las narices chatas, y presencia ahora, con más tristeza y desesperanza que júbilo, un desigual combate entre dos pesos pesados de la política, para colmo en muy diferente categoría y pesaje.

“Kid” Presidente y “Baby” Alcaldesa, recién incorporados al tenebroso mundo de las cuerdas y la lona, andan enfrascados ahora en una pelea larga, sin sentido y al parecer eterna, mientras el país al uno y la  ciudad a la otra, se les deshacen en sus manos sin que alcancen a darse verdadera cuenta de lo que está pasando.

A falta de un promotor avezado, malicioso y explotador como el mechudo Don King, ventajoso organizador de los más rimbombantes espectáculos sobre el ring, estos imberbes fajadores llegaron a disputar el desigual duelo aupados por personajes poco afectos a las más elementales normas de deportividad.

Figuras que congregan y dividen por igual y cuyo objetivo no es el fajín de cualquiera de los pesos en disputa, sino el absoluto poder de un universo ya de por sí plagado de porquerías de todos los tamaños, como que en el se han desempeñado a lo largo de los últimos tiempos.

Mientras en el tinglado ambos fajadores se tambalean y aparentan muestras de debilidad, unas veces por los rectos a la mandíbula o las fintas inteligentes de una y otro, la contienda amenaza con convertirse en una sui géneris por ser la única que terminará con tres perdedores: los dos litigantes y los perplejos y defraudados espectadores que se sienten estafados con el espectáculo brindado.

Como sucede casi siempre después de un intercambio de golpes y afrentas, segundones y correveidiles acuden presurosos a mitigar las consecuencias desastrosas del enfrentamiento, mientras los únicos que parecen cobrar pírricos dividendos son los siempre bien acomodados promotores.

Lo grave en este caso es que no se sabe cuándo terminará el enfrentamiento y cuánto más tendrá que abonar la indefensa ciudadanía por el pésimo espectáculo que parece va a prolongarse más de la cuenta. 

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