Entretelones: Acto de contrición

La bendición universal del papa Francisco. Foto Vatican News

Por Rodrigo Pareja

Desde tiempos inmemoriales el ser humano ha oído hablar de la contrición y de lo benéfico que resulta ejercerla. En países católicos como Colombia, especialmente, esa palabra está ligada en forma íntima a la formación que desde muy temprano se inculca a los jóvenes, a quienes se insta ponerla en práctica cada vez que cometen alguna falta, leve o grave.

En ese contexto puede asegurarse, sin temor a equivocación alguna, que todos los seres humanos han tenido participación, directa o indirecta, voluntaria o involuntaria, en el devenir de la humanidad, de sus países, de sus hogares, y en grado mayor o menor son responsables del resultado final o de lo que acontezca en sus vidas.

Si alguna cosa rescatable ha traído la pandemia del coronavirus Covid-19 que de manera inclemente está azotando a la humanidad, es que puso a todos los seres en igualdad de condiciones, sin distingos de edad, raza, género o condición, pues a la muerte que con el trae aparejada, le da igual cualquier ser humano.

Los creyentes del mundo que llenos de fervor vieron al Papa Francisco el pasado viernes impartiendo su bendición Urbi et Orbi, a la par que otorgaba la indulgencia plenaria por todos los pecados, quedaron convencidos que sí, que era cierto en lo que toca con lo espiritual, comenzar desde ahí una vida en ceros.

Así también el despiadado coronavirus Covid-19, carente de vocero prominente y de plazas majestuosas aunque vacías, pero real y demoledor, parece querer dejar a los seres humanos supervivientes, aunque en precarias condiciones, listos para reiniciar de cero.

No resulta exagerado afirmar entonces que la pandemia universal que parió China y sigue su periplo sin que nada ni nadie la detenga, hizo tabla rasa con lo establecido en todos los órdenes, social, político y económico, y que nada de lo anterior volverá a ser igual, en algunos aspectos para bien de la humanidad y en otros para desgracia suya.

Si con la indulgencia plenaria en lo espiritual quienes la reciben agradecidos solo se atreven a medio recordar aquellas faltas que la motivaron, en el caso material de la catástrofe que hoy aterra, su principal protagonista que es el hombre, bien valdría la pena que ejerciera también su acto de contrición.

La tragedia ha sacado a la luz toda clase de falencias, de necesidades, de culpas, de desigualdades, pero no valdría la pena en estos momentos mencionar nombres de países, personas o instituciones que en algún grado pudieran haber tenido participación en el desastre que ha quedado al descubierto.

Sería mejor que cada quien, allá en si íntima soledad cuarentenaria, sin más testigo que su propia conciencia, comenzara a interrogarse hasta qué punto con malos o cuestionables procederes cuando todo se veía mejor, contribuyó un ápice con su desidia, su avaricia, su egoísmo o su ambición, a formar ese lamentable estado de cosas que la tragedia ha puesto en escena dentro de un espantoso drama del cual apenas se está viendo el primer acto.

Tal vez ese sea el inicial y más efectivo paso para ir preparando el reingreso a un mundo que de ninguna manera va a parecerse al que quedó atrás, vivido a veces de manera deportiva y despreocupada, cuando no irresponsable, que acaba de pasar cuantiosa factura pagadera al contado sin manera de ser diferida, tal el grado de responsabilidad que a cada cual le incumbe.

TWITERCITO:  Para lo que viene, mejor que lavarse las manos, será limpiar el alma.  

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