En la plaza cabemos todos

César Rincón, bogotano torero y triunfador Foto El Tiempo

Por Luis Noé Ochoa, Bogotá

Yo sé que me van a decir viejo…, y unos adjetivos. No me molesta, aunque yo aún bailo carranga y rock and roll. “Or the Colombian, merecumbé, you like baby… very, very, vey well”. Pero, al toro por lo cuernos: esta semana, el Concejo de Bogotá, de esta ciudad llena de problemas y urgencias, embistió contra los taurinos.

Aprobaron un proyecto de acuerdo, liderado por la concejal animalista Andrea Padilla, para desestimular las corridas de toros en la plaza de Santamaría. Al final, contra novilleros, toreros, ganaderos, el turismo y toda la cadena de empleos que se desprenden del toreo, hoy cuando más se necesita crear y sostener empresa.
A quienes nos quitamos el sombrero al oír un pasodoble: El gato montés, Manolete, En er mundo, Tercio de quites, España cañí, nos pusieron a sonar ‘Concejo cañó’. Yo, que me ponía el traje de luces para ir a comprar un kilo de carne, respeto profundamente a los antitaurinos, porque es un derecho sagrado ser o no ser, pero pido lo mismo.

Me desilusionó el Concejo, pues se extralimitaron, quisieron matar el toro en el caballo. No les corresponde a ellos legislar sobre la tradición o sobre el reglamento taurino, que son ley de la República y están autorizados por la Corte Constitucional, que catalogó este arte como una actividad con arraigo cultural. Hacerlo es como si de golpe a un concejal no le gusta el fútbol y arma un proyecto de acuerdo que diga que solo se pueden jugar dos fechas al mes en El Campín y quedan prohibidos los penaltis porque ‘fusilan’ al arquero.

«Y se podría, queridos concejales, pensar en utilizar mejor la bella plaza de toros. Este es un patrimonio arquitectónico mal usado, y allí cabemos todos, sin asfixiarnos unos a otros.»

No, estimados concejales. Detrás del toreo hay una tradición y unos derechos: a la profesión, al trabajo, a la libre empresa, al entretenimiento. Tal vez un día se transforme la fiesta o se acabe, pero así, bajo el odioso prohibicionismo, no es.

En Bogotá, más después de esta pandemia, que nos tiene oliendo más a alcohol que a loción, y dejará tantas angustias, los invitó a hacer proyectos de acuerdo, por ejemplo, sobre los habitantes de la calle, que viven todos los días, sin muleta torera, haciéndoles el quite a miles de agresiones. Son unos 10.000, según el censo. Les pegan, les queman sus cambuches y zorras –legislen que no se pueden quemar zorras–, los están estigmatizando porque los intolerantes dicen que propagan el coronavirus, cuando, si unos pocos lo tienen, su mayor contagio es de ‘abandonavirus’ social.

En ese mundo triste y miserable hay enfermedad mental, vicio y mafias que los explotan por esa condición. Y hay personas que tocan no pasodobles, sino fondo, por abandono y violencia intrafamiliar, por las consecuencias de la droga y muchas causas más. Pero son seres humanos, a los que no podemos ponerles la rodilla en la nuca. Cifras de Medicina Legal decían que en 10 años, 2007 a 2017, habían asesinado a más de 3.500.

Hay que pensar en ellos antes que en reducir corridas. Corridas que producen dinero para lo social. Cada temporada le deja al Distrito unos mil millones de pesos, que van para parques y recreación, pero se podrían dirigir para que Integración Social atienda más habitantes de la calle. Integración tiene hoy a 1.200 en sus 11 unidades. Una bella labor que merece oreja. Carne de los toros de lidia, después de cada tarde, podría servir para darles de comer a los que estiran la mano toreando el hambre todos los días en las calles.

Y se podría, queridos concejales, pensar en utilizar mejor la bella plaza de toros. ¿Qué se está haciendo con ella el resto de los domingos, excepto seis u ocho corridas? Allí puede haber exposiciones culturales, puede ser escenario para labores sociales, pues antes que recortar, hoy se necesita producir fondos. La plaza es un patrimonio arquitectónico mal usado, y allí cabemos todos, sin asfixiarnos unos a otros. ¡Y olé!

Luis Noé Ochoa
luioch@eltiempo.com

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