Elogio de los ojistas, en su día

Por Oscar Domínguez Giraldo

Ojos que no ven oftalmólogo u optómetra que sí siente. El ojo, que es el espejo y el DVD del alma, es la redonda materia primera de estos profesionales. Entre ellos no se pisan las dioptrías.

Agregan el puñado de luz que necesita el ojo para disfrutar de su entorno. O disminuyen la luz si al ojo se le va la mano en dioptrías.

No comulgan con la filosofía del pirata según la cual para lo que hay que ver con un ojo basta.

En su día clásico el 23 de marzo hay huelga de párpados caídos.

Los optómetras recién enamorados se peinan mirándose en las niñas de los ojos de su amada. También los oftalmólogos.

Ninguno reclama la paternidad sobre la feliz operación que le permitió al lobo decirle a Caperucita que tenía los ojos grandes “para verte mejor”.

Lamentan si un par de ojos no pueden disfrutar de esa metáfora de la naturaleza que es el arcoiris y lo ven de un solo color.

Con sus aparatos de nombres complicados (autorrefractómetro, keratómetro,  tonómetro), ellos ven el gusano donde sus pacientes no vemos la res.

Ese ojo del amo que engorda el ganado ha debido pasar antes por el sofá vertical del profesional que tiene que quemarse cinco años las pestañas en la Universidad para detectar miopes, hipermétropes, astigmáticos o présbitas.

Bartimeo se llama un famoso ciego del evangelio. Se pilló que Jesús pasaba por ahí y de una le mandó el sablazo: Jesús reviró: ¿Qué quieres que te haga? Y el ciego le dijo: Maestro, que recobre la vista.

Y Jesús le dijo: Vete, tu fe te ha salvado. Y en seguida recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino         

Quienes celebran su día desde tiempos de mi general Rojas Pinilla (decreto 0825, Ley de Optometría) sólo dan serenatas con estas canciones:             

Adoro niña tus ojos, Aquellos ojos verdes, No me mires a los ojos, A unos ojos, Tus ojos, Tus lindos ojos, Los ojos de mi moza, Esos ojitos negros, Potpurrí de ojos, Ojos miradme, Esos tus ojos negros, Ojos que matan.

“Ojo al parche”, es una notificación común y silvestre para estar alerta.

“Ojo”, así solito, es invitación perentoria a no dejarse meter gato por liebre.

En el sueño los ojos miran para adentro.

Las ventanas son los ojos de las casas.

No en vano las mujeres se gastan parte del sueldo en decorar este órgano. Donde la mujer miente más con el maquillaje es alrededor del ojo.

Por algo  se dice que esa mujer es una mentira con los ojos azules (o de otro color, por eso no vamos a pelear).

Las ojeras revelan que el propietario se excedió en rumba. O que anoche tuvo un Niágara de lágrimas por una tusa de amor.

Los enamorados que hablan con los ojos son una “Barraquera”. (Por Barraquer, el más ilustre optómetra -español- que ha tenido Colombia).

Un guiño – esperanto de los ojos- puede ser la primera piedra para un matrimonio perpetuo. También en la ultimita puede estar la cuota inicial de la epístola de Pablo.

En la mirada retrospectiva se observa el currículo de p’atrás.

Las gafas son muletas en los ojos.  Cuando la vanidad se sale del cuero recurre a los lentes de contacto que son ojos dentro de los ojos.

Ojos desobedientes son aquellos en los que vive un sutil  estrabismo, como en el caso de Rosa de Bolombolo, heroína de León de Greiff quien la llamó “mármol móvil en la móvil hamaca”.

Nada más sensual que un sutil estrabismo femenino: pregúntenle a Florina Lemaitre, (“verla no da sueño”), ex esposa de Sergio Cabrera quien vio lo que venía cuando “detectó” a su Remedios.

Cuando la admiración es mucha, la metáfora es óptica: “Eres la niña de mis ojos”.

Los voyeristas que no gastan un peso en estos médicos tienen por cárcel el desnudo cuerpo femenino.

El ojo voyerista toma la forma de la cadera que lo contiene. O de la cerradura a través de la cual espían, mientras la erección crece.

Veamos qué nos cuenta el poeta Ciro Mendía de un ángel de la guarda de una bella:

“Loco por ver su desnudez rosada

Mirar por la rendija solo hacía,

Y si caer las ropas él oía,

Lucía al punto un ala chamuscada”.

Por algo será que ver es el primer verbo utilizado cuando se recitan

los órganos de los sentidos. Los demás vienen por añadidura.

Borges, ciego, bendecía “la infinita ironía de Dios que me dio al mismo tiempo los libros y la noche”.

Muchas veces “blanquear el ojo” en el coito es lo mismo que salir para el primer muchachito.

Ojos hay que podrían salir a la calle sin el resto del esqueleto.

Se bastan por sí solos. Por las razones vistas, felicitaciones a los“ojistas” que en  el mundo son.

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